lunes, 25 de mayo de 2026

BAD ROMANCE TRÍPTICO.

 


BAD ROMANCE

TRÍPTICO

 

Por Benjamin Gavarre

 

 


 

BAD ROMANCE: TRÍPTICO

 

Cuando el poder se disfraza de seducción, empatía o supervivencia, el espejo se rompe para mostrar las astillas de nuestra propia realidad.

Bad romance: Tríptico de obras sobre las relaciones de poder no es una colección de historias de amor fallidas; es una radiografía cruda sobre cómo el deseo se convierte en la moneda de cambio más peligrosa de nuestro tiempo. A través de tres geografías urbanas tan cercanas como asfixiantes de la Ciudad de México, estas piezas cortas exploran los sutiles (y no tan sutiles) mecanismos de la manipulación.

 


 

Tres espacios, tres batallas

·        El Cuarto de Servicio: El clasismo más arraigado se disfraza de misticismo "progre" en una azotea de la colonia Del Valle. Una lección brutal de cómo los privilegios restablecen su distancia en cuanto el deseo queda saciado.

·    Recursos Humanos (La cazadora cazada): La frialdad de los corporativos de Santa Fe sirve de escenario para un juego de espejos cínico, donde las herramientas de la corrección política y los Recursos Humanos se usan como armas de extorsión mutua.

·        Perímetro de Seguridad (La jaula de cristal): El encierro claustrofóbico de una camioneta blindada en Las Lomas, donde la identidad, el género y la masculinidad se confrontan en una tensa tregua bajo la lluvia.

 


 

En este tríptico, los personajes no son simplemente buenos o malos; son depredadores y presas atrapados en una coreografía donde el estatus social, el dinero y la vulnerabilidad dictan las reglas del juego.

 


 


 

Bad romance

Tríptico de obras sobre las relaciones de poder




 

 


 


 

 

I

El Cuarto de Servicio



Sinopsis: Mayo en la Ciudad de México. En la azotea de una residencia de la colonia Del Valle, el calor es sofocante. Santiago, el hijo de los patrones, sube las escaleras de caracol con un vaso de mezcal en la mano para "visitar" a Sasha, la joven empleada doméstica. Utilizando un discurso de falsa empatía social y misticismo urbano, derriba los muros de la jerarquía para conseguir lo que quiere. Un retrato crudo sobre el abuso de poder, el clasismo y la facilidad con la que los privilegios restablecen su distancia tan pronto como el deseo queda saciado.


 



El Cuarto de Servicio

 


 

Personajes: 

  • Santiago (24 años): El "junior" de la casa. Viste ropa de marca informal, descalzo o en sandalias caras. Lleva un vaso de cristal cortado con mezcal. Su actitud es una mezcla de condescendencia "progre", falsa empatía y un absoluto sentido de propiedad sobre las cosas y las personas.
  • Sasha (20 años): Empleada doméstica originaria del estado de Veracruz. Viste una pijama de algodón gastada. Su postura es de encogimiento constante, con los ojos fijos en el suelo, entrenada para no incomodar con su presencia.

 


 


 

(La azotea de una casa vieja y pretenciosa en la colonia Del Valle, CDMX. Mayo. El calor es una presencia física que sofoca. En el centro del escenario, un cubo de concreto que simula el cuarto de servicio. Dentro hay una cama individual, un póster viejo de Timbiriche y un ventilador de pedestal de excelente calidad que gira en un silencio fantasmal. Fuera del cuarto se escucha el zumbido de los tinacos y, a lo lejos, el eco de la ciudad: el camión del fierro viejo, cláxones y ladridos. Santiago sube las escaleras imaginarias tambaleándose levemente. Toca la puerta con un ritmo juguetón pero imperativo).

 

Santiago: —Sasha... Ya sé que estás ahí adentro. Abre, que me estoy asando aquí afuera.

(Silencio. La puerta se abre apenas. Sasha lo mira con cautela a través de la rendija).

Sasha: —¿Joven Santiago? ¿Qué pasó? ¿Se puso mala la señora?

Santiago: (Entra empujando la puerta suavemente, sin esperar invitación) —No, mi jefa está roncando. Se tomó triples pastillas para dormir, ya sabes cómo es. Oye... no sé cómo no te derrites aquí arriba, Sasha. Lo bueno es que tienes el ventilador que te bajó mi papá de su oficina... Se nota que le caes bien al viejo. Allá abajo el aire acondicionado se descompuso y me acordé de ti. Pensé: "Pobre Sasha, allá arriba debe estar en el puro infierno".

Sasha: (Retrocede hasta quedar de rodillas sobre la cama, tratando de cubrirse con los brazos) —Sí, joven, pero uno se acostumbra. Disculpe... ya me iba a dormir. Mañana madrugo a las cinco para el desayuno de su papá.

Santiago: (Se sienta en la orilla de la cama, invadiendo por completo su espacio. Le extiende el vaso) —No te deberías de dormir todavía. Mira, te convido de mi mezcal... es del bueno, del que mi papá esconde en el ropero. Tómate un traguito. No me parece justo que tú te la pases aquí encerrada mientras nosotros estamos allá abajo. Eso de "los de arriba y los de abajo" es una pendejada, ¿no crees? En este cuarto todos somos iguales.

Sasha: —No sé de esas cosas, joven. Por favor, ya váyase a descansar. Si la señora lo ve aquí...

Santiago: —A mi mamá se la lleva la chingada con sus crisis, Sasha... Pero no te preocupes, yo te voy a cuidar. (Le acaricia el brazo con lentitud; ella se pone completamente rígida) Relájate, Sashita. Ni que te estuviera viendo tu mamá. Aquí adentro yo no soy el hijo de los patrones ni tú eres... la muchacha. Es más, aquí los dos estamos hechos de la misma carne. Somos dos almas gemelas que se juntan en el universo. Ven aquí...

Sasha: (Con la voz quebrada) —No, joven, por favor... Me van a poner de patitas en la calle. A mi familia le hace falta el dinero.

Santiago: —Nadie te va a correr, confía en mí. Ya sabes que me gustas... estas sábanas estorban. Vente conmigo.

(Santiago la jala hacia él y la besa a la fuerza, pero con una suavidad manipuladora. Sasha cede por completo, congelada por el peso de la jerarquía. La luz del cuarto comienza a bajar lentamente mientras el ventilador sigue girando. Se escucha un diseño de audio donde los ruidos de la ciudad ahogan el espacio).

(ELIPSIS VISUAL: La luz regresa gradualmente. Han pasado unos minutos. Santiago está de pie frente a un espejo manchado en la pared, acomodándose el cuello de la playera. Su tono ha pasado de la "empatía espiritual" a la frialdad de un jefe).

Sasha: (Abrazando sus rodillas contra el pecho, con la mirada perdida en el suelo) —Joven Santiago... ¿Mañana qué le voy a decir a su mamá cuando me mire a los ojos? Se me va a notar en la cara.

Santiago: (Sin voltear a verla, revisando su reloj de pulsera) —¿Qué se te va a notar? No hagas drama, Sasha. No pasó nada que no haya pasado antes. Algo me dice que mi papá ya te había explicado cómo funciona ese ventilador.

Sasha: (Avergonzada, esconde la cara entre las rodillas) —Yo... yo no...

Santiago: —Como sea. Mañana vienen mis amigos de la carrera a ver la final del torneo. Necesito las cervezas bien frías en la terraza y los Doritos con limón y salsa, ya sabes cómo me gustan, ¿sale?

Sasha: —Pero... ¿y lo que me dijo ahorita? ¿De que éramos iguales en el universo?

Santiago: (La interrumpe desde la puerta, con una sonrisa cínica) —Eso fue hace un rato, Sasha. El calor de la azotea marea a cualquiera. Ah, por cierto... te encargo que no dejes este vaso aquí. No quiero que huela a alcohol tu cuarto cuando suba la lavandera y empiece con los chismes. Lo lavas bien, porfa, es de los de cristal cortado de mi abuela.

Sasha: (Casi inaudible) —Sí, joven.

Santiago: —Ah, y otra cosa... sácale la mancha de grasa a mi sudadera gris, la de marca. La necesito para el viernes en la noche. Échale ganas, ¿va? Que descanses.

(Santiago sale y cierra la puerta con un golpe seco. Se escucha el eco metálico de sus pasos bajando la escalera de caracol. Sasha se queda inmóvil. Extiende la mano y toma el vaso de cristal cortado, sosteniéndolo contra su pecho como si fuera una condena. El ventilador sigue moviendo el aire caliente. El cuarto parece haberse encogido a la mitad. Oscuridad total).

 


 


 


 

 


 


 


 

2

Recursos Humanos

(La cazadora cazada)


En el piso de un frío corporativo de Santa Fe, la encargada de vigilar la ética y evitar el acoso decide romper sus propias reglas. Utilizando términos de recursos humanos y manipulación emocional, acorrala a un joven diseñador para obligarlo a estar con ella bajo la amenaza de no renovar su contrato. Una paradoja terrible y cínica donde la línea entre la víctima y el victimario se borra con un solo clic en un teléfono celular.

 


 


 

Recursos Humanos (La cazadora cazada)

 


 

Personajes:

  • Regina (50 años): Directora de Suma. Espigada, impecable, corporativa, fría. Esconde una urgencia que necesita saciar; ve al empleado como una presa fácil.
  • Gustavo (24 años): Apariencia de burnout, ojeras por noches sin dormir. Carga una vieja laptop que es su único sustento. Parece asustado y vulnerable, con una docilidad casi teatral. Sin embargo, su aspecto físico contradice esa timidez: la camisa abierta y los hombros exudan una sensualidad masculina estresada... o los signos inequívocos de un seductor calculador.

 


 


 

(La oficina de un corporativo de distribución horizontal. Es de noche; la iluminación general del piso exterior está apagada, dejando el escenario en penumbras, a excepción de la luz focalizada, blanca y fría del despacho de Recursos Humanos, que tiene paredes de cristal. Al abrirse el telón, Regina cierra su laptop tras revisar los archivos que Gustavo le mandó. Él permanece sentado, encorvado y con los hombros caídos al otro lado del escritorio de cristal. Al llegar, Gustavo ha colocado su celular bocarriba sobre el escritorio, recargado disimuladamente contra su termo de café de manera que la cámara frontal apunte de forma estratégica hacia el espacio donde ella está de pie; lo hace con un movimiento tan fluido y casual que parece un simple descuido de alguien estresado).

 

Regina: — Tus diseños no son malos, Tavito. Pero la campaña de respeto e inclusión tendría que ser más… más…

Gustavo: (Con voz baja, jugando nerviosamente con sus dedos, usando un "usted" sumiso) — Ya entiendo, licenciada. Ya me habían dicho lo de los colores, que se pasan de alegres. Y creo que los personajes también podrían ser más… más…

Regina: (Se levanta con parsimonia. Camina hacia la pared de cristal y presiona un botón en el interruptor. Se escucha el zumbido eléctrico de unas persianas internas que bajan lentamente, aislándolos por completo del exterior. Ella sonríe, da la vuelta al escritorio y se coloca detrás de él, poniéndole una mano firme en el hombro) — Sí, un poco más… Y menos "licenciada", por favor. Me hace sentir que no soy parte de... tú sabes. Deseable. Aquí cuidamos la autoestima de los colaboradores, y una debe ser la primera en tener la vara alta. Háblame de usted, Tavito... perdón, de ti. No sé, siento que te contienes…

Gustavo: (Finge un temblor en los hombros, encogiéndose aún más en la silla. Con maestría absoluta, mientras simula frotarse los ojos por el cansancio, estira un dedo y da un sutil toque a la pantalla de su celular para asegurarse de que la grabación sigue corriendo en segundo plano) — Es tanta presión, Regi... Licenciada. Regina… Necesito como un aliciente, ¿sabe? Un adelanto. Tengo gastos muy urgentes.

Regina: (Desliza sus dedos lentamente por el cuello de Gustavo, metiéndolos bajo el borde de la camisa abierta. Suspira cerca de su oído) — Gus, querido… En mi mente tus alicientes ya están a punto de ser transferidos, ¿sí me entiendes?

Gustavo: (Mantiene la mirada fija en su laptop, fingiendo torpeza e ingenuidad, asegurándose de no tapar el ángulo del teléfono) — La verdad, no. ¿Cuánto me va a transferir? ¿Y cuándo?

Regina: (Sopesa el momento, complacida por la supuesta sumisión del joven. Se inclina más sobre él, quedando perfectamente encuadrada por la cámara del celular) — No te esperaba tan directo, me gusta esa faceta que tenías escondida… El capital humano necesita incentivos orgánicos. El "cuánto" y el "cuándo" dependen de ti… Hay que aprender a optimizar los recursos que tenemos en esta empresa... a puerta cerrada.

Gustavo: (Su lenguaje corporal cambia por completo en un segundo. Se endereza en la silla, echa los hombros hacia atrás con arrogancia y clava una mirada fría y felina en ella. Su voz baja de tono, volviéndose cínica y pausada. Rompe el "usted". Toma el celular del escritorio con un movimiento rápido y seguro, desactivando la grabación con un solo clic del pulgar) — Hablando de optimizar recursos corporativos... No te muevas, Regina. Quédate ahí, quieta. Quita la mano de mi camisa.

Regina: (Retrocede un paso, parpadeando, desconcertada por el cambio de energía) — ¿Qué te pasa, niño? ¿De qué estás hablando?

Gustavo: (Saca un cigarrillo apagado del bolsillo y se lo coloca en los labios, mirándola de arriba abajo con descaro mientras sostiene el teléfono con firmeza) — Me paso de lanza, ¿cierto? Pero te lo digo con todo respeto, vieja sucia... ¿No crees que es muy descarado de tu parte estar acosando a los empleados?

Regina: (Tratando de recuperar el control y la postura corporativa, aunque la voz le tiembla un poco) — Gus, Gus, Gus… en verdad eres un pobre ratón. En este mismo momento vas a irte escoltado por los policías de la empresa. Estás despedido.

Gustavo: (Suelta una risita seca y gira la pantalla del celular hacia ella, mostrando la miniatura del video reproduciéndose) — Sabe... perdón, sabes... en este momento, vieja loca, me vas a transferir tres meses de sueldo por adelantado. Y más vale que lo hagas antes de que le dé enter a mi correo de salida en la laptop. (Muestra el teléfono con una mano, mientras con el dedo índice de la otra mano apunta al teclado de la computadora, dejándolo suspendido de forma amenazante sobre la tecla enter) Te estaba grabando. Toda la sesión. El teléfono estuvo transmitiendo el video en vivo a mi nube privada. Gran angular, licenciada. Se ve perfectamente cómo me tocas el cuello y el audio es nítido. ¿Cómo te quedó el ojo? La acosada ante el comité global vas a ser tú.

Regina: (Se pone pálida, mira la pantalla del celular y luego a Gustavo, perdiendo los papeles corporativos) — Yo… Tú no hablas en serio. Tienes mucho que perder. Tu carrera en este medio se acaba hoy, te voy a vetar de todas las agencias.

Gustavo: (Se levanta lentamente, mostrando toda su estatura y esa sensualidad peligrosa que antes ocultaba. Guarda el celular en el bolsillo de su pantalón con total calma e invade el espacio de ella sobre el escritorio, manteniendo el dedo de la otra mano cerca del teclado de la laptop) — Te equivocas, Regi… El único aquí que no tiene nada que perder soy yo. A mí me sobran clientes. A ti te faltan vidas para limpiar tu nombre si este video llega a LinkedIn. Te lo repito: mándame la transferencia ahorita mismo. Ahorita, ahorita... Ah, y por supuesto, mi contrato trimestral se va a renovar en automático, ¿cierto, licenciada? ¿O prefieres que lo hablemos con el Director General? Te tocó perder.

Regina: (Tiembla de rabia y humillación, saca su propio celular a toda prisa con las manos temblorosas y teclea con desesperación) — Cierto... Cierto. Ya está. Puedes revisar tu WhatsApp, ya es un hecho.

Gustavo: (Saca de nuevo su celular con parsimonia. Mira la pantalla, ve la notificación de la transferencia bancaria y sonríe con una satisfacción descarada. Lo guarda definitivamente) — Ha sido todo un placer. Un placer tan grande como el que tú te esperabas de mí. Sorry... y gracias, Regina.


(Gustavo cierra su laptop con un golpe seco y ruidoso, la mete en su mochila con movimientos fluidos y camina hacia la puerta. Antes de salir, se detiene, la mira por última vez con una sonrisa burlona, y sale del despacho con paso seguro. Regina se queda estática y completamente sola detrás del escritorio de cristal, bajo la luz fría, rodeada por las persianas cerradas).



 


 




Perímetro de Seguridad (La jaula de cristal)


Sinopsis: Las Lomas de Chapultepec. Una noche lluviosa a bordo de una lujosa camioneta blindada. El escolta privado de un empresario de alto nivel y una repartidora de pizza deciden romper el aburrimiento de sus extenuantes jornadas compartiendo un momento de descanso. En la claustrofobia del vehículo, lo que inicia como una tensa conversación sobre armas, géneros y supervivencia urbana se transforma rápidamente en un peligroso juego de poder. ¿Quién está realmente a salvo cuando los seguros eléctricos se activan desde el interior?

 



 

Perímetro de Seguridad (La jaula de cristal)





 

Personajes:

 

  • Fabio (35 años): Chofer-escolta de un empresario de alto nivel. Viste traje oscuro impecable, corbata, audífono de cable en la oreja. Su postura es rígida, militar e hipervigilante; usa su masculinidad como un escudo.
  • Alex (30 años): Repartidora de pizza de la plataforma SUMA. Identidad no binaria, vestida con ropa holgada de motociclista, casco en la mano, cabello oculto. Es desenfadada, cínica, sumamente observadora y utiliza una actitud masculina para sobrevivir a la calle.

 

(El escenario está a oscuras. En el centro, dos asientos de piel de camioneta simulan el interior de un vehículo blindado. El tablero brilla con luces LED azules y rojas, iluminando los rostros de los personajes desde abajo. Se escucha el sonido rítmico e hipnótico de un limpiaparabrisas rascando el vidrio bajo una lluvia ligera en una zona residencial exclusiva de Las Lomas).

 

Fabio: (Mirando fijamente hacia el público, como si viera a través del parabrisas, ajustándose el audífono) — Don Roberto me tiene mucha confianza. Sus fiestas son memorables, pero ya sabes... siempre hay que cuidar que no se cuele la gentuza. La gente deja entrar a puro desconocido y eso es riesgoso. El perímetro se vuelve una coladera. 

Alex: (Cómodamente estirada en el asiento del copiloto, abrazando su casco) — Deberías soltar el control, comandante. Desatarte un poquito. Toda esa tensión corporativa te va a dar una úlcera. Yo creo que la tienes así por la pistola.

Fabio: (Sonríe con suficiencia, palmeando la fornitura bajo su saco) — Nadie puede parar una desbandada de criminales o un intento de secuestro sin esto, Alex. Cuando me dijeron tu nombre, pensé que eras un hombre. Luego te vi llegar en la moto... Yo tengo el entrenamiento. Para eso está el calibre de aquí abajo. (Se inclina ligeramente hacia ella, bajando la voz) No sé... al verte sentí cosas. Me gustan las mujeres, pero... ¿tú qué eres? ¿"No binaria"? Qué mal viaje me parece, con todo respeto.

Alex: (Mira fijamente el arma, luego lo mira a él a los ojos, sin inmutarse) — A veces, la rigidez del metal solo es el reflejo de un espíritu que grita por contención. Tienes mucha carga acumulada, Fabio. Tu cuerpo está pidiendo un espacio de liberación... sin protocolos. Yo soy lo que quiero ser. Me gusta vestir como un muchacho porque en la calle me respetan más, y me gusta que mi pareja, que maneja un taxi, se sienta segura conmigo.

Fabio: (Con una sonrisa que empieza a volverse pesada, invasiva. Deja de mirar al frente y se gira por completo hacia ella, acorralándola contra la puerta del copiloto) — Aquí adentro estamos blindados, señorita. Nadie nos ve. El patrón va a tardar horas en salir de la fiesta.

Alex: (Poniéndose seria, manteniendo la calma) — Creí que habías entendido. Lo de "señorita" como que no va conmigo, ya sabes.

Fabio: — Yo lo que no entiendo es por qué aceptaste quedarte después de entregar las pizzas. Dijiste que solo querías "respirar un rato". Te subiste a mi camioneta por algo, ¿no? Ya sé que pareces un marimacho, pero... a las de tu tipo les gusta lo que a mí me sobra.

Alex: (Sintiendo la amenaza del encierro, intenta abrir la puerta del coche, pero el seguro eléctrico no cede) — Ya estuvo, lentes oscuros. Ya me piro. Abre la puerta.

Fabio: (Con tono de poder, sin moverse) — Hasta crees. Sabes perfectamente que este blindaje funciona nada más con mi voz.

Alex: (Cambia su postura defensiva por una de absoluta frialdad. Se inclina hacia él, desafiándolo) — Ah, pues lo que tú no sabes es que la que no funciona con tu voz soy yo. O me abres ahorita mismo, o regreso mañana temprano a hacerte una campañita afuera de esta residencia, justo al lado del coche de tu patrón. Le voy a contar detallito por detallito cómo usas su camioneta blindada para acosar repartidoras. A ver qué piensa de tu "perímetro de seguridad".

Fabio: (Se queda congelado. La mira procesando la amenaza. Lentamente, la rigidez de su cuerpo se desinfla. Suspira profundamente y presiona el botón del tablero. Se escucha el "clack" de los seguros eléctricos).

Alex: (No se baja de inmediato. Se le queda viendo, analizando su reacción).

Fabio: (Con voz honesta, desarmado) — Tienes razón... Qué pendejo soy. La verdad es que los dos estamos igual de jodidos. Explotados. Tú bajo la lluvia en la moto y yo aquí encerrado cuidándole el dinero a un tipo que ni se acuerda de mi nombre. Me hiciste reflexionar, Alejandra.

Alex: (Sorprendida por la honestidad de Fabio, suaviza la mirada) — ¿Alejandra? Vaya... pensaba que ibas a seguir con tu discurso de macho alfa.

Fabio: — No, ya estuvo bueno del personaje. (La mira con timidez real) Me caíste bien. ¿Qué tal si nos vemos como amigos después? Fuera de este ambiente.

Alex: (Sonríe con una sensualidad descarada y ambigua, acomodándose el casco bajo el brazo) — Como amigos... puede que sí. (Se baja del asiento, quedando de pie junto a la "puerta" imaginaria).

Fabio: (Asomándose por la ventana) — Oye... ¿Y de verdad solo te gustan las chicas?

Alex: (Lo mira de arriba abajo con una sonrisa burlona) — Mira, Fabio... Si acepté subirme a tu jaula blindada no fue solo por descansar. Tienes una masculinidad muy interesante... de esa que he visto en pocas, muy pocas mujeres.

Fabio: (Confundido, pero halagado) — No sé si sentirme halagado o de plano ofendido... ¿Pero tengo posibilidades entonces?

Alex: — Puede que sí, puede que no... Nos vemos, comandante.

Fabio: — ¿Nos despedimos con un besito al menos? Vale...

Alex: (Se inclina, le da un beso rápido y estratégico cerca de la comisura de los labios) — Gracias por el descanso, amigo. Espero tu llamada. A ver a dónde me invitas a cenar que no sea una prisión al aire libre.

Fabio: — Te voy a sorprender, ya verás.

Alex: — Sorprendida ya estoy. Camina seguro, Fabio.

(Alex se coloca el casco, da media vuelta y sale de la luz hacia la oscuridad del escenario. Fabio se acomoda el audífono, se endereza en el asiento recuperando su postura militar y vuelve a clavar la mirada hipervigilante hacia el frente. El sonido del limpiaparabrisas aumenta de volumen hasta que la luz se apaga por completo).







 

 

 

 

 

 

 

 


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