Manolito el mentiroso
En una muy lejana galaxia novohispana paralela a la del siglo XVII (y tan real como las verdades sospechosas de Manolo)...
Llega a la Nueva España un españolito de tres al cuarto —llamémosle Don Manolo— recién bajado del navío en Veracruz. Viene con ínfulas de conquistador, el cuello almidonado hasta las orejas y una sarta de mentiras que ni el mismísimo Manzanares podría enjuagar. Al llegar a la capital, se topa en el Paseo de la Alameda con una tal Leonor, una criolla brillantísima, de ceja poblada, mirada analítica y un hábito que le sienta de maravilla; vamos, el vivo retrato de Sor Juana Inés de la Cruz.
Don Manolo, viéndola tan culta y devota, decide desplegar su "arte" gachupín: —¡Ay, Doña Leonor! —suelta poniéndose una mano en el pecho— Que por vos he cruzado el Atlántico, que en Madrid poseo tres palacios de mármol, un mayorazgo que colinda con el palacio del Rey y una flota de galeones que ya quisiera el Papa. Dadme vuestra mano, que os haré reina de las Europas.
Leonor, que tiene más lecturas que todo el consejo de Salamanca junto, lo mira de arriba abajo con una sonrisa socarrona, ajustándose el tintero. No necesita ni que Tristán le sople quién es el sujeto. Se cruza de brazos y le da las calabazas más monumentales de la historia del virreinato:
—Mire, Don Manolo —le dice con perfecta métrica barroca—, ahorre sus mundos de oro fingidos y sus palacios de aire, que sus mentiras son más transparentes que el agua de Texcoco. No pierda el tiempo intentando apantallar a esta humilde servidora, porque hoy tengo la agenda ocupadísima: quedé de jugar al bádminton en los jardines con mi dilecta amiga la Virreina, y mire que su Excelencia tiene un revés implacable que no pienso perderme por escuchar cuentos de camino.
El gallego se queda helado, con la boca abierta y el orgullo peninsular por los suelos. Leonor, antes de darse la vuelta para escribir un soneto, lo mira con compasión y le sugiere:
—Pero no se me achicopale, buen hombre. Si tantas ganas tiene de ligar y presumir herencias coloniales, por ahí andan Doña Juana de Asbaje... digo, La Mulata de Córdoba, que maneja unas artes que le van a hacer volar el barco de verdad; o si prefiere emociones fuertes y ambientes más masculinos, vaya a buscar a La Monja Alférez, aunque le advierto que a esa última, más que el bádminton o sus discursos, lo que de verdad le fascina es jugar a la ruleta rusa con pistolas de chispa. A ver si a ellas les sostiene el embeleco.
Y así, el gachupín termina corriendo por los callejones de la ciudad, esquivando los sables de la Monja Alférez y los maleficios de la Mulata, aprendiendo a las malas que en las Indias, las mujeres no solo son sospechosas de decir la verdad... ¡es que son demasiado listas para los mentirosos!