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sábado, 29 de agosto de 2026

GAVARRE BENJAMIN: NOTICIAS DESDE EL PARAÍSO: ZENOBIA Y SINCLAIR,

 


Noticias desde el Paraíso

(Zenobia y Sinclair)


Drama colonial
Autor: Benjamín Gavarre

NOTICIAS DESDE EL PARAÍSO: ZENOBIA Y SINCLAIR. © 2026 by BENJAMIN GAVARRE is licensed under CC BY-NC-ND 4.0

gavarreunam@gmail.com

 

SINOPSIS

En el salón señorial de una mansión caribeña a mediados del siglo XX, el tiempo parece detenerse bajo el peso de un bochorno sofocante que ni el ventilador más potente logra disipar. Allí, Zenobia, una altiva mujer de raíces ancestrales y orgullo isleño, y Sinclair, un rígido heredero norteamericano impecablemente trajeado en lino blanco, se encuentran atrapados en los hilos de un matrimonio arreglado por pura conveniencia económica.

A través de escenas que operan como bucles de tensión, la obra descompone la pulcritud y el decoro de la etiqueta social. Mientras en voz alta intentan mantener la compostura burguesa de la época post-Segunda Guerra Mundial, el público se vuelve cómplice de sus pensamientos más crudos e incómodos mediante apartes y monólogos interiores. Lo que inicia como una conversación diplomática se transforma rápidamente en un duelo ideológico y animal: el choque frontal entre el Viejo Mundo (la historia, el mito y la sangre de Zenobia) y el Nuevo Mundo (el dinero, los casinos y el expansionismo de Sinclair).

Cuando la soberbia de sus discursos de poder y su atracción desbocada llegan al punto de ebullición, la naturaleza interrumpe sus máscaras. Un huracán real y sin nombre irrumpe violentamente en el salón, obligando a la amazona y al advenedizo a despojarse de sus títulos para transformarse en dos cuerpos vulnerables que, en medio del pánico al fin del mundo, tendrán que confesarse sus verdades antes de refugiarse en los muros sólidos de la casa.

NOTA DE DIRECCIÓN

Esta pieza prescinde de la lógica del tiempo cronológico para regirse por la lógica de la asfixia y el deseo en ascenso. El espacio se concibe como una jaula transparente y claustrofóbica donde el entorno físico opera como un personaje más. A nivel estético, la puesta en escena evoca la distancia gélida y la alineación geométrica de un lienzo de Edward Hopper, pero inundada por la paleta ardiente, volcánica y visceral de Rufino Tamayo. Una comedia negra sobre el colapso de las apariencias y la domesticación mutua en el ojo de la tormenta.

Importante: El espacio es rigurosamente minimalista. No hay cristales ni elementos físicos destruyéndose. El fenómeno natural (el huracán) debe construirse íntegramente a través del diseño sonoro, la iluminación y el desgaste físico-actoral de los personajes.

 

PERSONAJES

·       ZENOBIA: Descendiente de alguna Colonia en una Isla imaginaria, basada en ésta o aquella o alguna otra. De raíces diversas, tiene algo de mestiza, algo de aristócrata, mucho de amazona (De amazona mulata). Porte altivo, mirada fiera y un temperamento volcánico que esconde bajo la etiqueta y el protocolo.

 

·       SINCLAIR: Extranjero, heredero de un imperio. Impecablemente trajeado en lino blanco. Su rigidez sajona enmascara instintos desbocados y una pasión reprimida a punto de estallar.

 

 

ESCENOGRAFÍA

El inmenso salón de una mansión señorial. Techos altísimos con ventiladores de aspas que giran perezosamente, incapaces de vencer el bochorno. Muebles pesados de caoba. Al fondo, la insinuación espacial de una terraza que da al mar Caribe. El cielo es de un gris plomizo, amenazante. Minimalismo escénico absoluto.

 

Escena 1: El Bochorno y el Viento

(La luz recorta a Sinclair y Zenobia en los extremos opuestos de un larguísimo sofá de mimbre. Están completamente inmóviles, como estatuas de cera. Sobre la mesa hay dos vasos de mojitos intactos, con el hielo derretido pero con la hierbabuena en su esplendor).

ZENOBIA

(Pasa sus dedos por el cristal sudoroso del vaso. Habla con voz profunda, firme, sin mirarlo) Ha llovido como nunca… Y eso que aquí suele llover, y vaya que llueve… pero en los últimos días… ya sabe… fuera de control…

(Silencio pesado. Sinclair, rígido, asiente y traga un sorbo largo, secándose los labios con un pañuelo de encaje).

 

ZENOBIA

La lluvia a veces cede… y cuando cesa… el calor que se viene después es… un calor… que toma cuerpo, es un calor visible… como si fuera un cuerpo hecho de calor… un calor tal… Qué podemos hacer con semejante calor.

 

(Cambio radical de luz. El salón se oscurece. Un seguidor cenital ilumina solo a Sinclair. El resto del mundo se congela en un azul onírico. Sinclair se levanta y pasea frenéticamente).

 

SINCLAIR

(Monólogo interior) ¿Qué podemos hacer? ¿Qué quiso decir con eso? ¿Con semejante calor? ¿Es una alusión velada para decir que quiere tener un hijo?... Eso me parece indecente. Lo primero que quieren estas mujeres de hoy es asegurarse el matrimonio mientras todavía están en celo, casarse y tener miles de hijos para asegurar la unión. Quieren parir herederos antes de que se les pase el tiempo, no vaya a ser que el novio se vaya y las deje vestidas, alborotadas, casadas, desvirgadas… y sin descendencia. Porque… si no hay hijos, no hay garantías, ni préstamos, ni control sobre nuestras inversiones, nuestras propiedades, nuestras fortunas. Sin hijos, no hay familia alguna que se sienta complacida ni honrada por la continuidad de la sangre. ¡Semejante calor, dijo! El bochorno que ni con el aire del ventilador más potente se quita, calor intenso, sofocante, calor revuelto, quita el aliento... Se queda pegado en la piel, es pegajoso y húmedo. El calor, el bochorno que altera los nervios y hace sucumbir a los animales, los hace desfallecer; los perros tirados, inmóviles, extenuados sin poder mover ni la cola, ni un párpado... se quedan fijos y mudos. Como esos ridículos muñecos de trapo que los nativos pinchan con agujas… pura superstición barata, superchería de esta gente que cree en el vudú y no en la ciencia, ritos absurdos que la civilización simplemente no puede tolerar. Perros asfixiados, hombres exánimes en hamacas, desfallecidos ellos, con abanicos ellas... ¿Acaso me está llamando "perro"… entre líneas, perro extenuado que ni siquiera jadea, ni se mueve? ¿Una figura de trapo clavada en este sofá, que no recibe nada y no da nada? ¿Insinúa que soy como un perro noble, perro blanco, blancuzco, sin sangre, cara pálida, gringo sin fuego? ¡Qué insolencia! Qué soberbia. (Pausa. Transición) Y Qué Belleza aun con ese porte tan fiero, como desafiando la canícula más intensa del siglo. ¡Qué mujer tan imponente! Mírenla... tiene los hombros de un guerrero, la piel turgente, poderosa, el mando en los ojos, los párpados nunca de rinden, toda una amazona... Me aterra... y me fascina.

 

(Vuelve la luz general de golpe. Sinclair interrumpe su caminata y regresa bruscamente al sofá, recuperando su postura tiesa y remilgada. Cruza las piernas con delicadeza).

 

SINCLAIR

Ah, sí. Este calor es sofocante, ¿cierto? Y es curioso, pero en un instante, dramáticamente el clima de la isla puede cambiar… sin previo aviso. En cierta hora del día nos cae encima una tormenta, como si un ensayo de Huracán se presentara sin avisar, llueve a cántaros, el cielo se cae como dicen, pero no es metáfora, el cielo se cae… y en un instante, todo se resuelve, el calor regresa, el aire que es tan caliente que ni respirar se puede, llega de repente el bochorno que asfixia… y luego, para colmo, en la madrugada, el frío, la humedad que congela los huesos, la noche húmeda y helada que solo se quita con… ¿el calor de los cuerpos?

 

(La luz vuelve a cambiar de golpe, concentrándose de forma obsesiva sobre Sinclair, quien aprieta las manos contra sus muslos).

 

SINCLAIR

(Monólogo interior, transpirando copiosamente) Ah, pero ¿qué estoy haciendo? Seguro lo tomará mal... Pensará que quiero frotar mi cuerpo con el suyo, para que se nos pase la calentura… el frío, el húmedo frío de las madrugadas interminables… Como el frío con el que froto mi cuerpo con esos deseos que me dan, incontrolables, en los que no necesito casi ninguna imagen para soltarme y descargar todo este veneno que tengo en el vientre... Dejar las sábanas totalmente amarillentas y con esa enorme cantidad de semen que pareciera que soy un caballo o un toro y no un simple muchacho anglosajón perdido sin remedio en el Trópico de Cáncer…

 

(Vuelve la luz general. Sinclair da un respingo, carraspea y mira a Zenobia con fijeza).

 

SINCLAIR

Ah… y en las sábanas que cuelgan en la costa el viento parece dibujar coreografías.

ZENOBIA

¿Está tratando de hacer un poema? ¿Viento en las sábanas?… lo bueno es que en el trópico se secan rápido, a veces no tanto, si hay humedad nunca se secan… Eso sí, húmedas o no tan húmedas hay que mandarlas a lavar con agua muy caliente y mucha lejía.

 

(La luz se reduce a un haz que aísla solo el rostro de Zenobia. Ella clava una mirada de desprecio al vacío).

 

ZENOBIA

(Monólogo interior, dando un pisotón sordo) Las sábanas que cuelgan en la costa… ¿Me está queriendo decir entre líneas que le gusta que le laven las sábanas a mano… así como lo hacen las mujeres del puerto… ¡Lavar las sábanas? A mano, es eso una indirecta, está insinuando que le gusta que lo sirvan, que le laven las sábanas, las camisas, los… ¿pantalones? Ah, pero que ni se atreva… Yo siempre he sido una poderosa mujer educada para ser servida y ahora este pelafustán me quiere obligar a realizar tareas serviles que nunca sería capaz de hacer… No, no lo acepto… ¡Que ni se le ocurra!

 

(Vuelve la luz general. El sonido del viento exterior ruge con más fuerza, simulado a través del diseño sonoro).

 

SINCLAIR

Ah… y luego cuando llegan los huracanes, arrasan con todo.

ZENOBIA

Claro, los huracanes. Y es que a los huracanes nadie los gobierna, son implacables. No obedecen a nadie.

SINCLAIR

Ah, sí, son poderosos, limpian con todo. Arrastran buques, destrozan enramadas, son tan potentes que en unas cuantas horas su presencia cambia dramáticamente la tranquilidad y la vida normal. No piden permiso. Se echan encima de la tierra como una enorme bestia en celo.

 

(Se escucha un golpe seco de viento. Sinclair y Zenobia se levantan al mismo tiempo, rígidos, mirándose con un deseo violento e incómodo).

(CORTE DE LUZ RÁPIDO. OSCURIDAD).

 

Escena 2: El Fragmento del Mamey y las Sábanas Repetidas

 

(Reinicio de la acción. La luz vuelve a encenderse de golpe sobre el sofá de mimbre. Sinclair y Zenobia están un poco más cerca que en la escena anterior, pero sus posturas siguen siendo rígidas y aristocráticas. Zenobia sostiene ahora en su regazo un plato con un mamey abierto, rojo y pulposo).

 

ZENOBIA

(Monólogo interior, estrujando la pulpa del mamey, manchándose los dedos de un jugo espeso y encarnado) ¡Semejante calor sofocante! ¿Madrugadas húmedas y heladas? ¡Cuerpos que entran en calor con los cuerpos que se frotan! ¿Qué me quiere insinuar este recién llegado? ¿Se atreverá a pensar en mí como víctima de los deseos más vulgares? ¿O, peor aún, no se atrevería, el insensato, a pensar que soy una de esas señoritas frígidas y asustadizas de la alta sociedad? Uy, que ni se atreva… ¡Pobre infeliz! Si supiera que bajo esta seda importada corre una sangre de raíces telúricas cultivadas a golpe de látigo y sol… ¡No se imagina que mis delirios fogosos casi incendian las sábanas de hilo en las madrugadas! ¡No sabe que tengo que morder las almohadas para no gritar cuando me complazco a solas imaginando las más salvajes e insaciables tempestades!

 

(Se chupa el dedo discretamente, lamiendo el jugo rojo. Vuelve la luz general).

 

ZENOBIA

Sí… y el oleaje en esta isla es totalmente impredecible… Hay momentos de calma subterránea, pero en un segundo, sin avisar, el mar, simplemente ruge y nos da una bofetada de absoluto poderío.

 

(La luz se centra en Sinclair mientras avanza por el salón de forma neurótica, como si olvidara lo que acaba de decir en voz alta).

 

SINCLAIR

(Monólogo interior. Se afloja un poco el nudo de la corbata de seda) Ah… pero ¿qué estoy haciendo? No puedo dejar de pensar en… No sé si dije algo de lo que pensaba, o si he demostrado acaso que siento lo que siento… Seguro ella se ha dado cuenta de mis incontrolables deseos, no quiero que sospeche lo que siento en mis entrañas... no quiero que mis deseos se manifiesten con tan contundente firmeza… Debo permanecer quieto, centrarme, concentrarme para no convertirme en verdugo, en mi propio verdugo. Cruzar las piernas, no reflejar ningún sentimiento, hablar de trivialidades…

 

(Vuelve la luz general. Sinclair carraspea, tratando de recuperar la compostura, mirándola fijamente).

 

SINCLAIR

Ah… y en las sábanas, se nota mucho cuando el viento se cuela.

ZENOBIA

(Monólogo o aparte) El viento se cuela… Eso es nuevo… Habla del viento en las sábanas… cuando las cuelgan… las mujeres… las del puerto, supongo… Las criadas son las que lavan las sábanas… usan jabón de barra… las criadas. (Transición: en alta voz, confidente) Yo me encargo de lavar lo mío, ¿sabe?… Mis intimidades, mis prendas… Mis prendas íntimas… Uso un jabón suave… líquido… rosa…

 

(En ese instante, la luz general parpadea sutilmente, como si la electricidad de la casa sufriera un bajón por el bochorno. Sinclair da un respingo violento, se lleva una mano al cuello de la camisa y traga saliva con dificultad. Su rostro se humedece de golpe. La imagen de la seda húmeda y el jabón rosa lo ha golpeado en todo su ser).

 

SINCLAIR

(Monólogo interior, con la respiración entrecortada, frotándose las sienes con desesperación) ¿Líquido… rosa? ¿Qué es este olor a flores y a piel húmeda que acaba de inundar la habitación? Dios mío, ¿lo ha dicho ella o lo estoy fabricando en mi cabeza? Mis prendas… sus prendas íntimas… breves, empapadas en esa sustancia espumosa… Puedo verla a través de las rendijas de la madera, desnudándose bajo el chorro de agua, restregando la seda contra sus muslos firmes… ¡Me estoy volviendo loco! Se me endurece el pecho, se me escapa el aire, el lino me aprieta las ingles… No puedo ocultar esta calentura, si me levanto va a notar que este maldito veneno me deforma el vientre… ¡Concéntrate, Sinclair, habla del clima, de números, habla de cualquier COSA que no forme parte de su cuerpo! ¡DIOS!

 

(La luz se reduce bruscamente y vuelve a aislar a Zenobia en su rincón, ignorando el colapso silencioso de él).

 

ZENOBIA

(Monólogo interior, indignada, dando un pisotón sordo sobre el suelo de madera) Pero qué estúpida… “Uso jabón líquido, suave, rosa” … ¡Ah, seguro ya se le despertaron imágenes insanas de mi cuerpo desnudo y voluptuoso! Yo que siempre he sido discreta y guardo mis intimidades en lo más profundo de mi… ser. ¡Que no se atreva a pensar en mis prendas íntimas, que ni se le ocurra verme casi desnuda, solo con perfumada, limpia y breve indumentaria, cruelmente sometida a sus malsanos caprichos! Eso nunca pasará. ¡Qué se ha creído este extranjero insolente!

 

(Luz general de golpe. El zumbido de los ventiladores se mezcla con un trueno sonoro lejano).

 

SINCLAIR

(Con la voz notablemente más ronca y alterada, clavando los ojos en el escote de ella) Ah… y luego, cuando llegan los huracanes de verdad… Arrasan con todo a su paso. A los huracanes, mi querida Zenobia, nadie los gobierna.

ZENOBIA

Claro que no. Los huracanes arrancan los tejados, destrozan las enramadas, arrastran los buques. Son tan poderosos que en unas cuantas horas su presencia cambia dramáticamente la tranquilidad y la vida normal… Son los amos, o las que mandan, cuando son mujeres son las dueñas del escenario.

 

(Sinclair cierra los ojos apretándolos con fuerza, respirando de manera entrecortada. La luz se concentra de nuevo en su rostro húmedo).

 

Escena 3: El Tambor Batá y la Tierra Roja

 

(Reinicio de la acción. La luz se enciende de golpe. Sinclair y Zenobia están de pie, muy cerca uno del otro, respirando de manera entrecortada. El aire es denso, casi sólido. Las luces cenitales se cierran sobre ellos, aislando sus rostros del resto del salón).

 

SINCLAIR

(Monólogo interior, transpirando copiosamente) Otra vez, la maldita metáfora. Me está retando. ¿Quiere que sea el amo, el dueño de la habitación, que sea tan potente como un huracán de máxima categoría? ¿Me está exigiendo que pase por encima de sus modales refinados y la arrastre sin pedir clemencia? ¿Será acaso de esas mujeres que desprecian el romance y exigen el trato carnal más bestial y absoluto? ¿Será acaso de esas mujeres que quieren romper el paradigma? ¿Intercambiar los roles?, ¿cambiar las reglas del juego? ¡Oh, Dios mío, eso francamente no solo me gusta… me vuelve loco! ¡Espero que sí! ¡Que me tome, que sea mi dueña, que me estrangule con esas manos de amazona, que nos destrocemos mutuamente, ella mi dueña, yo su amo, los dos en el ojo del huracán; y que me arrastre hasta el interior del continente y que me convierta en lluvia salvaje que inunde la tierra y solo se pueda detener con las altas montañas!

 

(Vuelve una luz general e intensa. A Zenobia se le escapa un gemido sordo, gutural, animal, cargado de un placer que no puede contener. Ambos se quedan tensos, estupefactos, mirándose fijamente).

 

ZENOBIA

(Abanicándose violentamente, tratando de respirar) ¡Ay! Perdone… no ha sido nada. No pude evitarlo. Es que me acordé… Hubo una tormenta… Una vez...

SINCLAIR

(Inclinándose hacia ella, cortés, generoso, rompiendo la distancia de etiqueta, con la voz ronca por el deseo) No escuché absolutamente nada. Pero, a decir verdad, me gusta su arrojo. Y su tan grande desempeño apasionado… sin inhibiciones.

 

(De pronto, Sinclair reacciona con terror y se tapa la boca con la mano. Un haz de luz de aparte cae sobre él).

 

SINCLAIR

(Monólogo interior, alarmado) Sinclair, pero ¿qué dices? ¡Muérdete la lengua, Sinclair!

(Vuelve la luz general).

 

ZENOBIA

(Con fingida altivez, barriéndolo con la mirada) No sé a qué se refiere, Sinclair. Hable claro. ¿Cuál desempeño?

 

(La luz cambia a una atmósfera violeta y rojiza sobre ambos. Hablan con los ojos fijos en el vacío, como si escucharan únicamente el eco de sus propios demonios).

 

SINCLAIR

(En su mente, devorándola con la mirada) Quiere que la posea sin pedirle permiso, quiere que le bese el cuello, que le tome la cabeza con dulzura y le enrede mis dedos en sus cabellos apasionadamente. Quiere que la posea poco a poco, quiere verme como a un dios que la contemple desde las alturas mientras extasiada me mira, mientras toma mi vibrante ser entre sus manos y me obliga a vaciar todo este fuego contenido, obligándome a sucumbir, a derramarme, hasta que no quede nada más que el estruendo de la carne.

ZENOBIA

(En su mente, abriéndose el escote de seda ligeramente, con la respiración muy agitada) ¡Su corazón es el tambor de un jefe indio, es el redoble de un soldado de infantería en pleno combate! ¡Él es mi señor, yo soy su sierva! Llegamos juntos a las alturas del cielo… Aquí no gobierna nadie, somos los amos.

 

(Vuelve la luz general. Los diálogos regresan a la “normalidad”, pero es una normalidad rota, donde apenas pueden sostenerse la mirada. Se escucha un trueno profundo y prolongado a lo lejos. Ambos se sobresaltan).

 

SINCLAIR

Es la presión del cielo. La atmósfera... Hay tormentas que arrasan con todo a su paso.

ZENOBIA

(Con una sonrisa que insinúa el principio de una dulce rendición) Nosotros estamos a salvo, querido Sinclair. Uno junto al otro.

 

(La palabra "querido" se queda flotando en el aire como una bofetada. Luz cenital obsesiva sobre Sinclair).

 

SINCLAIR

(En su mente, dejándose arrastrar por esa rendición compartida) Me dijo "querido"… Mi traje de lino blanco al fin es vulnerable. Todo este veneno que tengo en el vientre y su sangre de mujer de fuego se pueden domar; podemos pensar que esto va a funcionar. Las tormentas que se anuncian no nos van a tocar. Todo marcha sobre ruedas.

 

(Vuelve la luz general de golpe. El silencio es apacible; las miradas, acogedoras y cargadas de grandes promesas. Sin embargo, nuevos truenos precedidos de destellos de relámpagos marcan la llegada de tiempos difíciles. Sobre la mesa de caoba descansa la botella de aguardiente de caña pura y los dos vasos pequeños vacíos que transpiran por el sofoco).

 

ZENOBIA

Brindemos por los buenos tiempos.

SINCLAIR

(Entregado, pero con una sombra de duda por los presagios de la naturaleza) Hasta el fondo.

 

(CORTE DE LUZ RÁPIDO. OSCURIDAD EN EL ESCENARIO).

 

Escena 4: El Duelo de las Fortunas y el Viento

(Reinicio de la acción. La luz se enciende bruscamente. En esta escena, la distancia física se rompe desde el primer segundo. Sinclair y Zenobia están sentados en el mismo sofá de mimbre, rígidos pero lo suficientemente cerca como para escuchar la respiración ajena. No hay bebidas sobre la mesa: solo el sofoco desnudo del salón).

 

SINCLAIR

¿Le sucede algo, querida…?

ZENOBIA

¿A mí? No.

SINCLAIR

Yo... yo la noto esquiva. Tras el brindis de hace un momento pensé que...

ZENOBIA

Es que no comprendo cómo a estas alturas de la civilización sigan existiendo los matrimonios arreglados. Dígame, si al final resulta que no somos compatibles en este maldito paraíso, ¿qué?

SINCLAIR

Esa es una gran pregunta... ¿Y si no somos compatibles?

ZENOBIA

Siempre nos queda el lujo de decir que NO.

SINCLAIR

(Monólogo interior, devorándola con la mirada) Eso es lo que ella cree... Pero la atracción está ahí, pegada a la piel como el sudor. Somos como esos dos amantes de leyenda destinados a consumirse el uno en el otro. Ni por la adversidad, ni por la muerte. (Vuelve la luz general) Hasta que la muerte nos separe.

ZENOBIA

¿Cómo dice?

SINCLAIR

Ah… es lo que se dice en las bodas. El sacerdote lo dice. Mi padre está sumamente interesado en unir estas dos grandes fortunas. Mi madre también. Y su padre, y su madre… ya sabe, siempre hay inversionistas olfateando detrás de nuestros apellidos.

ZENOBIA

Ah… ¿y eso es lo que soy para usted? ¿Una inversión? ¿Un negocio de aduana?

SINCLAIR

No quise decir eso, por favor... No estoy en busca de una fortuna, Zenobia. Mi familia es... digamos, más que solvente.

ZENOBIA

¿De verdad? ¿Ustedes también tienen barcos comerciales en el puerto?

SINCLAIR

Yates de lujo. Y barcos de carga.

ZENOBIA

¿Y tienen propiedades en Abisinia? ¿Tienen muchas islas? ¿Como cuántas? Porque esta isla donde está parado, sepa usted que no es suya. ¿Tienen oro, tienen diamantes? ¿Tienen palacios de mil años? ¿Tienen en sus bibliotecas libros sagrados de cinco mil años?

SINCLAIR

(Incómodo, estirándose el cuello del saco) ¿Libros de cinco mil años? Qué exageración... No, nosotros tenemos cosas más... prácticas. Casinos en el desierto, un Capitolito de mármol blanco, un obelisco que rasga el cielo, millones de dólares en bóvedas seguras... y un abuelo inglés de dos mil años de herencia.

ZENOBIA

(Con una risotada despectiva y fiera) ¡Por favor! Pero si el abuelo inglés ya ni les habla. Y sus libras esterlinas huelen a rancio, a pérdida de antiguas colonias, a imperios caídos.

SINCLAIR

(Ofendido, perdiendo la postura) Ah, no se equivoque. Nosotros tener colonias... muchas islas. De hecho, la isla vecina es nuestra, la compramos el año pasado. Y otras islas paradisiacas. Tenemos cruceros modernos que cruzan todo el Caribe. Francamente, su isla, tan bella y tan salvaje, todavía no es el destino turístico que nosotros queremos diseñar...

ZENOBIA

(Poniéndose de pie de golpe, majestuosa) ¡Y nunca lo será! Ustedes no pueden comprar nuestra historia, Sinclair. Ustedes son un país de bárbaros sin cultura, un puñado de advenedizos sin pasado.

SINCLAIR

(Levantándose también, encarándola) ¡Somos dueños del futuro! Mi familia posee cientos de ríos, miles de cordilleras... ¡Somos dueños de la luna si nos lo proponemos! Una vez enviamos un cohete y la poseímos, pusimos nuestra bandera . El dinero lo compra todo, Zenobia, incluso este suelo que pisas.

 

(La luz cenital se vuelve roja y violenta. La discusión ha encendido sus ánimos físicamente. Se miran jadeando, con una mezcla de odio colonial y un deseo sexual desbocado que los hace temblar).

 

ZENOBIA

(Con la voz rota por el orgullo y la atracción) Puras mentiras... Pura fanfarronería de gringo sin fuego.

SINCLAIR

(Acercándose a ella, respirando el vaho de su cuello) ¿Sin fuego? Lamento tanto que nuestros padres nos obliguen a esto... porque te juro que si no fuera una obligación, te tomaría ahora mismo solo para demostrarte quién manda en este paraíso.

ZENOBIA

(Sosteniéndole la mirada, desafiante pero rendida) Esta casa... ya está incluida en los regalos de boda de mi padre. Es nuestra. Vamos a la alcoba, Sinclair... Vamos a ver quién es el bárbaro.

 

Escena 5: La Tormenta Sin Nombre (El Enlace Directo)

 

(No hay corte de luz. En el instante en que Sinclair va a tomarla de la mano para ir al pasillo, un estruendo colosal, puramente sonoro, cae sobre la ficción de la terraza. La luz parpadea rabiosamente, volviéndose una penumbra violenta).

(El viento ruge desde las bocinas con una fuerza descomunal. El diseño de iluminación simula ráfagas vertiginosas que barren el escenario. El refinamiento aristocrático desaparece por completo. Sinclair y Zenobia son empujados físicamente por la fuerza invisible del viento. Luchan con sus propios cuerpos, aferrándose, sin ser exagerados, al sofá y a la pared imaginaria de caoba con desesperación para no caer).

 

SINCLAIR

(Gritando histérico para vencer el rugido de la tormenta sonora) ¿Qué es esto? ¡La radio no dijo nada! ¡Solo hablaron de una tormenta leve!

ZENOBIA

(Aferrándose a su lino blanco, fingiendo estar empapada y arrastrada por el viento) ¡Las noticias siempre llegan tarde a las islas! ¡Esto es un huracán, Sinclair!

SINCLAIR

¡Vamos a morir! ¡Mírame, nos vamos a morir! ¡Hasta que la muerte nos separe!

ZENOBIA

¡No digas estupideces! ¡Hay que buscar refugio! ¡Vámonos al baño del pasillo, tiene muros sólidos y no tiene ventanas!

SINCLAIR

(Arrastrándola, protegiéndola con su cuerpo mientras avanzan con extrema dificultad) ¡Es enorme! ¡Debe tener nombre de mujer, porque es poderoso y se presenta de forma inesperada! ¡El huracán!

ZENOBIA

(Gritando mientras caminan casi a gatas) ¡No! ¡El último que arrasó el puerto tenía nombre de hombre! ¡Debe ser hombre, porque es violento, es bruto y es irracional!

 

(El diseño sonoro incrementa, indicando que el ojo de la tormenta se acerca. Sin embargo, Sinclair se detiene en seco a la mitad del escenario, clavándose en el piso, ignorando la urgencia fatal).

SINCLAIR

(Mirándola a los ojos con pánico puro, deteniendo por completo la huida) ¡Zenobia! ¡¿Pero tú me amas?!

ZENOBIA

(Sobresaltada por la absurda pregunta en medio del caos, luchando contra el viento invisible) ¡¿Qué dices?! ¡El techo se está desprendiendo! ¡Muévete!

SINCLAIR

¡Contesta! ¡Si este es nuestro final, me niego a morir clasificado como un maldito negocio de aduana! ¡Dímelo!

ZENOBIA

¡Estás loco, Sinclair! ¡La casa se hunde! ¡No es momento para crisis existenciales!

SINCLAIR

(Se aferra a ella y al suelo, negándose a dar un solo paso) ¡No me muevo de aquí hasta que me lo digas! ¡Quiero saber si todo este desastre natural vale la pena! ¡Dímelo!

ZENOBIA

(Exasperada, intentando jalar el peso muerto de él) ¡Pero qué necio eres hombre blanco! ¡Tal vez te ame! ¡Sí! ¡Tal vez!

SINCLAIR

¡"Tal vez" no es suficiente para la fusión de dos imperios! ¡Yo te amo, Zenobia! ¡Te amo con una furia irracional, como este maldito huracán sin nombre!

ZENOBIA

(Deteniéndose también, cediendo a la misma locura romántica mientras el mundo colapsa a su alrededor) ¡¿Me amas?! ¡¿A mí, una salvaje, una deidad pagana que desprecia tus bancos?!

SINCLAIR

¡Al diablo los bancos! ¡Al diablo las navieras! ¡Quiero tu vegetación inagotable, quiero tus ritos, te quiero a ti!

ZENOBIA

¡Pues yo también te amo, maldita sea! ¡Amo tu arrogancia y tu tenacidad, gringo insoportable!

SINCLAIR

(Con los ojos iluminados, como si la tormenta hubiera dejado de existir) ¡¿De verdad?! ¡Oh, Zenobia, esto lo cambia todo! ¡Podemos firmar contratos, hacer negocios,  podemos...!

(¡CRACK! Un efecto sonoro masivo, como si una viga colosal cayera a un metro de ellos, los saca de su éxtasis de golpe).

ZENOBIA

(Jalándolo de los brazos con terror renovado) ¡Podemos morir aplastados si no te callas y caminas! ¡Al pasillo! ¡AHORA!

 

(Un relámpago cegador inunda la escena. El ruido del viento se vuelve vertiginoso mientras ambos logran cruzar el umbral imaginario. Se escucha el azote violento de una puerta pesada de madera que se cierra detrás de ellos. El rugido del huracán disminuye drásticamente, amortiguado por las paredes de piedra, dejando solo el eco de sus respiraciones agitadas en la oscuridad).
SINCLAIR

Yo sólo quería…

ZENOBIA

¡AHORA!


(OSCURIDAD TOTAL INMEDIATA).

FIN DE LA OBRA

 


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