El Deshuesadero de Benito
Monólogo estilo Stand-Up de la Crisis de la Mediana Edad
LUCES DE ESCENARIO A TODA POTENCIA. Entra el actor. No camina con cansancio, sino con una rigidez absoluta, como si trajera un palo de escoba atado a la columna. Camina evaluando cada paso como si cruzara un campo minado. Se detiene al centro, hace una mueca de dolor, se toca la zona lumbar y suelta un suspiro que retumba en los micrófonos.
BENITO
¡Ay, Dios mío! ¡Buenas noches, México! ¡Gracias por venir! Sean todos bienvenidos al "Deshuesadero de Benito"... antes conocido como mi cuerpo.
Se intenta enderezar despacio; suena un chasquido ortopédico simulado en las bocinas.
BENITO
Oigan... en serio, ¿qué onda con el tiempo? ¿A alguien más le pasó que se fue a dormir teniendo veintidós años... y despertó hoy a las tres de la tarde con treinta y nueve y medio, tres picaduras de mosco, dolor de ciática y una factura de gas que no entiende? ¡El futuro llegó demasiado rápido! Y nos agarró con la guardia baja... y los calzones abajo.
No sé ustedes, pero yo estoy viviendo una crisis existencial tan profunda que me siento exactamente igual a la economía nacional: en terapia intensiva, sosteniendo me a base de puros milagros y a punto de ser rescatado por la pensión del bienestar... ¡auch!
Porque a los veinte años uno es inmortal, ¿se acuerdan? Podías cenar seis tacos al pastor con harto pastor y doble copia de tortilla a las cuatro de la mañana, meterte dos tequilas con refresco de cola, tomar sustancias de dudosa procedencia, dormir tres horas en el piso de concreto helado de una fiesta rave... ¡y amanecer al día siguiente con la piel de un querubín renacentista! ¡Pura lozanía!
Pero hoy... ¡hoy no! Hoy te levantas, te asomas al espejo del baño con los ojitos entreabiertos para no asustarte... y descubres una Tragedia Griega en 4K y Alta Definición.
Te miras la pancita... una pequeña y digna llantita de cerveza artesanal que ya cobró vida propia, paga renta y pide voto. Y luego sigues explorando el mapa corporal... ¡Canas! Canas en la cabeza, canas en las orejas, en el pecho... ¡y sí, señoras y señores, canas en salva sea la parte! ¡Donde el sol jamás brilla! Canas en la zona oscura. Te miras ahí abajo y dices: "¡Dios mío, ya no soy un semental... ahora soy el Sabio de la Tribu por el lado equivocado!"
No sé ustedes, pero yo estoy viviendo una crisis existencial tan profunda que me siento exactamente igual a la economía nacional: en terapia intensiva, sosteniendo me a base de puros milagros y a punto de ser rescatado por la pensión del bienestar... ¡auch!
Porque a los veinte años uno es inmortal, ¿se acuerdan? Podías cenar seis tacos al pastor con harto pastor y doble copia de tortilla a las cuatro de la mañana, meterte dos tequilas con refresco de cola, tomar sustancias de dudosa procedencia, dormir tres horas en el piso de concreto helado de una fiesta rave... ¡y amanecer al día siguiente con la piel de un querubín renacentista! ¡Pura lozanía!
Pero hoy... ¡hoy no! Hoy te levantas, te asomas al espejo del baño con los ojitos entreabiertos para no asustarte... y descubres una Tragedia Griega en 4K y Alta Definición.
Te miras la pancita... una pequeña y digna llantita de cerveza artesanal que ya cobró vida propia, paga renta y pide voto. Y luego sigues explorando el mapa corporal... ¡Canas! Canas en la cabeza, canas en las orejas, en el pecho... ¡y sí, señoras y señores, canas en salva sea la parte! ¡Donde el sol jamás brilla! Canas en la zona oscura. Te miras ahí abajo y dices: "¡Dios mío, ya no soy un semental... ahora soy el Sabio de la Tribu por el lado equivocado!"
Camina un par de pasos, se detiene en seco y se agarra la rodilla con ambas manos.
BENITO
¡CRACK! ¡Escucharon eso! ¡Mi rodilla izquierda acaba de dar su declaración matutina! A mi edad el cuerpo no se deteriora, ¡se declara en huelga general! Mi rodilla ahora presagia el tiempo. Si me duele, va a llover; si me truena, hay contingencia ambiental. Podría salir en la televisión dando el pronóstico del clima. Claro, no soy güerito ni argentino, pero el diagnóstico ortopédico lo tengo perfecto.
Es más, ¡ya ni en la tiendita de la esquina me reconocen! Fui el otro día a comprar mis insumos de supervivencia: unos malvaviscos sin azúcar, porque ya no me puedo dar el lujo de masticar cosas duras. Y le digo al tendero:
—Don Porfirio, lo de siempre: mis malvaviscos blanditos, mis cigarros y mi chela.
Y se me queda viendo con lástima y dice:
—¿Ah sí? ¿Y usted quién es?
—¡Soy Benito, don Porfirio! ¡Llevo quince años comprándole aquí!
Y contesta el infeliz:
—¡Ah, caray! ¡Es usted! Híjole... perdone, patrón, pero con ese peinado de almohada aplastada y esas ochenta arrugas nuevas... parece acordeón de danzonera. ¡Pase usted, Señor!
¡Señor! ¡Me dijo "Señor"! Casi le armo un escándalo internacional y le volteo el mostrador... pero no lo hice porque se me enfriaban mis malvaviscos.
Porque esa es otra: ¡la dentadura! La doctora me dice con una sonrisa cínica: "No te preocupes, Benito, ya no te van a salir dientes porque no eres un niño. Pero con una pequeña inversión del costo de un departamento en la Condesa, te metemos unos tornillos de titanio en la mandíbula y recuperas la sonrisa". ¡¿Tornillos?! ¡Tengo pánico ortodóncico! Yo no quiero tornillos en la boca, yo lo que quiero es que regrese el Ratón Pérez a dejarme quinientos pesos por cada muela que se me cae.
A esta edad te vuelves huraño. Paranoico. Inestable. Te la pasas aplastado en el sillón Reposet que ocupa el ochenta por ciento de la sala. ¿Para qué ponerte de pie si puedes estar en estado de ingravidez como astronauta retirado viendo una telenovela turca? Tu máxima aspiración de un sábado por la noche ya no es ir al slam a brincar en una tocada... ¡Tu máxima aspiración es que te cancelen los planes a las siete de la tarde para poder ponerte las pantuflas a las siete y media! ¡Esa es la verdadera orgía de los cuarenta!
Es más, ¡ya ni en la tiendita de la esquina me reconocen! Fui el otro día a comprar mis insumos de supervivencia: unos malvaviscos sin azúcar, porque ya no me puedo dar el lujo de masticar cosas duras. Y le digo al tendero:
—Don Porfirio, lo de siempre: mis malvaviscos blanditos, mis cigarros y mi chela.
Y se me queda viendo con lástima y dice:
—¿Ah sí? ¿Y usted quién es?
—¡Soy Benito, don Porfirio! ¡Llevo quince años comprándole aquí!
Y contesta el infeliz:
—¡Ah, caray! ¡Es usted! Híjole... perdone, patrón, pero con ese peinado de almohada aplastada y esas ochenta arrugas nuevas... parece acordeón de danzonera. ¡Pase usted, Señor!
¡Señor! ¡Me dijo "Señor"! Casi le armo un escándalo internacional y le volteo el mostrador... pero no lo hice porque se me enfriaban mis malvaviscos.
Porque esa es otra: ¡la dentadura! La doctora me dice con una sonrisa cínica: "No te preocupes, Benito, ya no te van a salir dientes porque no eres un niño. Pero con una pequeña inversión del costo de un departamento en la Condesa, te metemos unos tornillos de titanio en la mandíbula y recuperas la sonrisa". ¡¿Tornillos?! ¡Tengo pánico ortodóncico! Yo no quiero tornillos en la boca, yo lo que quiero es que regrese el Ratón Pérez a dejarme quinientos pesos por cada muela que se me cae.
A esta edad te vuelves huraño. Paranoico. Inestable. Te la pasas aplastado en el sillón Reposet que ocupa el ochenta por ciento de la sala. ¿Para qué ponerte de pie si puedes estar en estado de ingravidez como astronauta retirado viendo una telenovela turca? Tu máxima aspiración de un sábado por la noche ya no es ir al slam a brincar en una tocada... ¡Tu máxima aspiración es que te cancelen los planes a las siete de la tarde para poder ponerte las pantuflas a las siete y media! ¡Esa es la verdadera orgía de los cuarenta!
Cambio brusco de luz. Benito da un paso al frente de manera errática, agarrándose la cabeza y caminando en círculos en el centro del escenario con la respiración acelerada. Mira a todos lados con un delirio de persecución totalmente cómico.
BENITO
¡Momento! ¿De qué se ríen? ¿Por qué me ven así? ¡No me juzguen! ¡Y los de la última fila allá arriba! ¡Creen que no los escucho susurrar! ¡Se están burlando de mis malvaviscos sin azúcar! ¡Creen que me tienen de su puerquito! ¡Y tú! ¡Y usted! ¡Y el de allá! ¡No estoy loco! ¡No estoy paranoico! ¡Ustedes me están acorralando! ¡Ustedes quieren mi Reposet! ¡Sé que vienen por mi sillón!
Saca una bolsa llena de malvaviscos de la bolsa de su chamarra y empieza a lanzarlos al público de las primeras filas con desesperación cómica, como si arrojara granadas para distraer a depredadores del espacio.
BENITO
¡Tomen! ¡Tomen malvaviscos! ¡Coman y dejen vivir! ¡Aliméntense, monstruos hambrientos de colágeno, pero mi Reposet no se toca! ¡Auxilio! ¡Me quieren linchar por mis triglicéridos!
En ese segundo de pánico absoluto, el Niño Dragón —interpretado por un actor adulto notablemente grande y con barba, pero vestido con overol infantil y tenis parpadeantes de luces— entra corriendo desde el pasillo central de las butacas pisando fuerte hacia el escenario.
NIÑO (JUANITO)
¡WAAAAAH! ¡SOY UN DRAGÓN ESPACIAL DE FUEGOOOO!
Benito brinca del susto, dándose un manotazo en el pecho y soltando un grito agudo de espanto.
BENITO
¡Aaaaaah! ¡Un duende neón de metro ochenta! ¡¿Quién dejó entrar a este niño con barba?! ¡Es un espía de la Secretaría de Salud que viene a quitarme mis harinas!
Benito apunta al niño con el palo selfie como si fuera una lanza, respirando agitado. El niño se frena en seco frente al borde del escenario haciendo una pose exagerada de monstruo. Benito lo mira detenidamente... se talla los ojos... entorna los párados... se acerca un poco más... y de pronto la cara le cambia por el completo. La rabia desaparece y se convierte en una sonrisa de alivio tonto.
BENITO
Momento... ¡Ah, caray! ¡Pero si no es ningún demonio centenial! ¡Si es mi sobrino Juanito! ¡Qué pasó, Juanito!
(Al público, disculpándose avergonzado)
¡Se los juro, gente, la vista cansada ya no me deja ver nada a más de tres metros! Entre el astigmatismo y la falta de luz, pensé que era la mismísima Muerte en tenis de luces buscando mi alma, ¡y resulta que es mi sobrino que viene a salvarme de la caminata!
(Al público, disculpándose avergonzado)
¡Se los juro, gente, la vista cansada ya no me deja ver nada a más de tres metros! Entre el astigmatismo y la falta de luz, pensé que era la mismísima Muerte en tenis de luces buscando mi alma, ¡y resulta que es mi sobrino que viene a salvarme de la caminata!
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