sábado, 30 de mayo de 2026

Orlando y Ariosto.

 

 

 

Orlando y Ariosto,

Benjamín Gavarre 

 


 

©  BENJAMÍN GAVARRE SILVA

Contact this address if you have produced it or wish to do so: gavarreunam@gmail.com

 


ORLANDO & ARIOSTO

Bienvenidos al "Recinto", un mundo surrealista gobernado por el excéntrico Discípulo Caballón y sus silenciosos ministros (que resultan ser pelotas). En esta comedia absurda, seguimos al desafiante Ariosto y al pragmático Orlando mientras navegan una burocracia sin sentido, donde el evento supremo es la "Gran Tómbola Sagrada": una rifa que no gira y cuyos premios son destrozados con agua. Una sátira aguda y colorida sobre la autoridad, las reglas arbitrarias y la búsqueda de una receta para las "Peras Diversas".

¿Qué sucede cuando la lógica se evapora y la autoridad se convierte en una performance? En Orlando y Ariosto, Benjamín Gavarre nos invita a un universo vibrante y delirante donde las Famosas 23 Puertas guardan secretos desconocidos y las "decisiones verticales" marcan el día a día. Entre lanzar vasos de cristal a una Tómbola estática y debatir la existencia de números irracionales, dos amigos intentan encontrar sentido —o al menos una buena receta— en una realidad que se desmorona bajo el peso de su propio absurdo. Un viaje teatral hacia el humor de lo insensato.

 

Personajes

 

Ariosto 

Orlando 

Discípulo Caballòn 

Garrafonero 1 

Garrafonero 2 

Garrafonero 3 

 

 

Primer Día 

 

El escenario estará casi vacío. Luces azules y naranjas. Enormes pinturas de cítricos en mitades. Al fondo, majestuosas las Famosas 23 Puertas. El vestuario, en colores vivos. El Discípulo Caballón será el único que vista en colores neutros (pero usará coturnos). Los GARRAFONEROS tendrán, cada uno, una corona de laurel. 

 

En una gran piedra pintada de blanco estará sentado Ariosto. Usa una camiseta hasta los muslos y una bufanda con la que juega. 

 

ARIOSTO. — Quisiera...  No, no, no. La palabra indicada es quiero. ¡QUIERO! (Reflexiona) Pero qué, qué, ¡quéeeeee!!! ¡Ya lo tengo! (Se levanta) Quiero preparar un buen plato de PERAS DIVERSAS. Mhhhh. Con una buenísima salsa de caracoles empotrados y un batido de zanahorias BERMEJAS alrededor. Sí. Pero, antes necesito que Orlando regrese de su RONDA y entonces le pediré... Ah, no: le exigiré... LA RECETA de las: ¡PERAS DIVERSAS!!! Le pediré la receta, y me la dará, porque si noooooooo... 

 

ORLANDO. — ¿Peras Diversas??? ¿Peras diversas!!!! (Amenazante) No vuelvas ni siquiera a pensarlo o a murmurarlo debajo de la regadera.... ¿Qué no sabes mi querido, mi pequeñísimo Ariosto, que el Discípulo Caballón ha PROHIBIDO utilizar los refractarios cúbicos en el Recinto? 

 

ARIOSTO. — Nooo. Tú quieres engañarme. (Juguetón) Apostaría que todo lo haces para no darme la receta de... 

 

ORLANDO. — ¡Calla! 

 

ARIOSTO. — Oh, sí, callaré y no podrás a ver El Aire Disecado de mis Palabras Suculentas. 

 

ORLANDO. — ¡Suculentas?... Lo que es hoy tu Mente se ha Disecado en una porción bastante condimentada de tu estómago. 

 

ARIOSTO. — ¿Es decir??? 

 

ORLANDO. — Quiero decir NADA, y cuando digo Nada, es que no me importa lo que te pase, ¡está claro?, ni lo que sientas, ni nada.... (Furioso) ¿¡Podrías dejar de estar jugueteando con tu bufanda!!??? 

 

ARIOSTO. — ¡¿Son Alientos Marinos los que el Señorito tiene entre dientes???? Mejor sería que te sentaras y cultivaras pacientemente a la MONOTONÍA. 

 

Orlando se sienta y Ariosto empieza a dar vueltas en torno a él modelando su camiseta que le llega a los muslos. 

 

ORLANDO. — Buff, Buff. Estás provocando mis sentidos penibatorios con tu caminar esférico, amado Ariosto. Cesa, cesa, cesa, riqueza de tus movimientos azulados... Y escucha, escucha, escucha lo que traigo para ti del mercado del Recinto. 

 

ARIOSTO. — Habla pues y Recomienda a tus Neuronas que no se esfuercen en vociferar tonterías. 

 

ORLANDO. — ¡Qué vociferas tú??? 

 

ARIOSTO. — Que no te confundas con las palabras. 

 

ORLANDO. — Ah, eso querías decir.... (Después de una pausa en la que se ha chupado el dedo meñique) ¡Bueno!... Te diré el mensaje del mensaje del Gran Recinto. (Ampuloso) Has de saber que el Discípulo Caballón cocinará para la Próxima Batalla una Tómbola. Una Tómbola en la que tendrá como innovación estremecida: La Tierna historia de arrojar vasos de vidrio llenos de agua a todos los premios anhelados de la Gran SAGRADA Tómbola. 

 

ARIOSTO. — Y eso a mí en qué me afecta. 

 

ORLANDO. — ¡Pero qué grosero y villano alfeñique de falda hueca! (Pausa) En fin... es INEVITABLE que todos los miembros del Recinto: es decir incluido Túuuuuu (Cansado) Ah. En fin. Lleve en sus manitas huesudas su dotación simple de agua cristalina. 

 

ARIOSTO. — Haberlo dicho sin tantas remambarambas. ¿Y cuándo tendrá lugar la Rica Tómbola? 

 

ORLANDO. — El siguiente día.  

 

ARIOSTO. — Pues no prolonguemos el instante. Encaminémonos al Recinto y preparemos nuestra dotación de Sucios Vasos de Cristal Irrompible. 

 

Salen. Se oye el ruido de un avión que despega. 

 

 

Entran tres hombres con garrafones de agua vacíos al hombro. Se reúnen en un punto del escenario. 

 

GARRAFONERO 1. — Voy a llenar el Gran Garrafón y aventaré todo Gran Garrafón y toda agua a la JETA inquieta del Discípulo Caballote. 

 

GARRAFONERO 2. — No, no, no, no. No caballote. Caballón. Se llama Caballón. Discípulo Caballón, hijo del Genio Caballón, guardián de las 23 puertas del Recinto. Y a quien debemos arrojar el gran garrafón lleno de agua no es al Discípulo, sino, y escucha bien, a la TÓMBOLA, a la Gran Sagrada Tómbola. 

 

GARRAFONERO 1. — Pues yo aventaré a gran Jeta de Caballote garrafón. Y tú explicar tus, tus, tus nueces a tu armadillo preferido. 

 

GARRAFONERO 2. — ¿Por qué quieres atentar contra el Discípulo del Recinto? 

 

GARRAFONERO 1. — Porque yo... yoooo.... yoooo... BUAHHHH! (Grotesco) Yo dar MIS CINCO PEQUEÑINES PREDILECTOS A LA TÓMBOLA Y LOS PARTICIPANTES romperán sin brevedad a los cinco BEBITOS que doné, que yo regalé, con mucho cariño y abnegación, a las fuerzas del Recinto. 

 

GARRAFONERO 3. — Los regalos son engaños: si tú regalaste a tus nenes para la gran Sagrada Tómbola, tú contento y no hacer tonterías. 

 

GARRAFONERO 1. — Romperé su cabezota. 

 

GARRAFONERO 2. — ¿A quién? ¡Por qué? 

 

GARRAFONERO 1. — Al Caballote Caballón, yo le dejaré sin dientes y solo podrá comer carne de verduras sustanciosas. 

 

GARRAFONERO 3. — Será mejor que llenemos los garrafones con el líquido y estemos listos. Preparados. Listos. Preparados para la Gran Sagrada Tómbola. 

 

GARRAFONERO 2. — Vamos pues, y tú, GARRAFONERO UNO, no te atreverás más que en sueños a rebelarte. 

 

Salen de escena. 

 

 

Entra el DISCÍPULO CABALLÓN seguido de VEINTITRÉS pelotas más o menos grandes. 

 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — (Habla al Público) Ah, súbditos. ¡Ahhhhh Súbditooooossss! Compañeros de campanas y globos atormentados. Yo les aseguro que la decisión tomada por Mí es gozosa, simple, y de manera VERTICAL... la única posible. Casi, casi (a punto de llorar) …casi... ¡Achúuu! (Se limpia la nariz) ...Les decía: Casi tan insólitamente bien pensada como la que tomé el día 23 en el que decidí de manera autónoma y sentimental, el (a punto de llorar o estornudar) ...¡Sustituirlos! (Lacónico) Es decir remplazarlos... A… ellos… en fin… a ellos… (Triunfal) por inteligentes pelotas de colores magistralmente escogidas por mí. Por MÍ. ¡Por MMMMIIIII!!!! (Formal, a una de las pelotas) O usted qué opina, mi querido ministro... ¡No me LO diga! ¿Usted opina mi selecto ministro que mi decisión de fabricar la Tómbola, la gran Sagrada Tómbola es UNICAESTUPENDA. Simplemente VERTICAL? ¿Noooo? ¿O Nooooo?... Je, je, gracias. Es precisamente lo que pensé que contestaría... Pues sí, pues veamos mis redondos súbditos: Aquí se acercan Ariosto y Orlando y seguramente se postrarán ante mí, como es consecuencia. 

 

Entran Ariosto y Orlando con sendos vasos DE VIDRIO llenos de agua. 

 

ARIOSTO. — (A alguien del público) ¡A mí! ¡¿A mí??? ¡¿A mí me está mirando Usted? (Al Discípulo Caballón) ¡¿A mí?!... eso es lo último que me faltaba. Después de prohibir LA RECETA DE PERAS DIVERSAS (Al Discípulo Caballón) Usted se atreve a mirarme a míii. ¿Usted se atreve a MIRARRRMEEEEEEEEEE?!!! 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — (Amable) No solo a ti Ariosto, sino también a tu compañero Orlando. Se vuelven cada día más tiernos y bestiales. Ah, pero veo que traen su dotación de vasos de vidrio con cristalino líquido, y por adelantado. 

 

ORLANDO. — Cloro, dogo, digo, claro… ¡CLARO!, su Majestad. Como respuesta a vuestra erecta… 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — ¡No!... (Pausa) …¿Vertical?... 

 

ORLANDO. — Por supuesto. Vuestra VERTICAL decisión de la Tómbola de mañana. Decía… Ah sí… En vista De VUESTRA SABIA Decisión… Nosotros… hemos decidido a nuestra vez ADELANTAR la Dotación de Líquidolíquido. Adelantadamente. 

 

ARIOSTO. — (Irónico) Claro… Quisimos calentar el agua EN NUESTRAS BOCAS y así el día De MAÑANA beberemos el agua caliente con un poco de azúcar y dos terrones de CAFÉ. 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — (Siempre amable) Al contrario. 

 

ARIOSTO. — (Furioso) ¡Se atreverá Usted a Impedirlo? 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — No, por supuesto, ni pensarlo: solo he querido decir, mi amado Ariosto que los terrones no suelen ser sino de azúcar. 

 

ARIOSTO. — Ah, bueno, si es así no creo que haya problema alguno. Terrones son terrones. 

 

ORLANDO. — ¡Basta Ariosto! ¡Te atreves a ir en contra de la Justicia del Discípulo Caballón??? Recuerda que él es el hijo de Nuestro Fundador, el Genio Caballón, Guardián de Las Veintitrés Puertas. 

 

ARIOSTO. — (Insolente) Y dígame, señor Caballón… ¿A qué se debe la decisión de destrozar los premios de la Tómbola con lanzamientos de vasos de agua????? 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — Pues… pregúnteselo a mi Primer Ministro. Él le sabrá responder. 

 

ARIOSTO. — No, no es necesario. Creo que será una buena respuesta. ¿Verdad que será una buena respuesta, Orlando? 

 

ORLANDO. — Así lo pienso, y será mejor que dejemos a la Corte caminar a su destino. Hasta la Tómbola de Mañana, Discípulo Caballón. ¡Hasta la vista, miembros distinguidos de la Corte del Recinto!!! 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — Hasta la Tómbola pues y no olviden su dotación de vasos de agua. 

 

ARIOSTO. — No lo olvidaremos, Majestad, no lo olvidaremos. 

 

ORLANDO. — Hasta luego. 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — Hasta mañana. 

 

ARIOSTO. — Hasta la Tómbola. 

 

ORLANDO. — Adióoooooooooos. 

 

Desaparecen todos rápidamente, al último las Pelotas-Ministro.  Se vuelve a oír el ruido de un avión que despega. 

  

Oscuro 

 

 

 

 

Segundo Día 

 

Vemos una enorme caja naranja y en letras negras la leyenda La Gran Sagrada Tómbola. Al lado de la caja, en un bastidor, está pintada la imagen de una gran sonrisa. En otro bastidor vemos la imagen de dos grandes colmillos amarillos. En un estrado, muy dignas, están las “Pelotas-Ministro” del discípulo caballón. 

Al comenzar la escena estarán congelados los tres GARRAFONEROS con sus recipientes llenos. Orlando y Ariosto lanzan vasos llenos de agua a la caja enorme, y cada vez que lo hacen el vaso cae al fondo de la Caja y produce un sonoro estallido de cristales que inunda todo el espacio. Después de cada “lanzamiento de vasos con agua”, Orlando y Ariosto se muestran eufóricos, o bien observan minuciosamente a los tres grotescos personajes, como esperando que reaccionen. 

 

ARIOSTO. — (Lanza un vaso más) ¡Es ridículo! ¡¡¿Una caja que dice ser la Gran Sagrada Tómbola, pretende Ser… la Gran Sagrada Tómbola???? 

 

ORLANDO. — Tómbola, tómbola, tómbola… no muy tómbola. 

 

ARIOSTO. — Claro, que no. Ni siquiera gira, ni siquiera da vueltas, ni se puede escoger nada, ni ganas nada, qué caso tiene. Solo puedes arrojar vasos de agua a la Muy Sagrada y escuchar cómo se rompen los vasos. (Arroja un vaso más y se escucha el estallido de vidrios). ¿Lo ves? ¿Gana algo uno con el estallido de vidrios? (Vuelve a arrojar un vaso, seguido de estallido. Orlando lanza el suyo: vaso, estallido). No gana Uno nada. 

 

Pausa. Los dos bostezan, y se quedan viendo impasibles a los GARRAFONEROS. 

 

GARRAFONERO 1. — (Se descongela, muy circunspecto. A Ariosto...) Perdone el allanamiento de su personalidad, pero tengo la sensación del deber de comunicarle a usted por medio de esta interrupción… 

 

ARIOSTO. — (Fastidiado) ¡Dígame! 

 

GARRAFONERO 1. — (Al borde del llanto) Se lo diré:  mis niños. Mis criaturitas preferidas. Mi mundo interior. ¡Mi todo!!!! 

 

ARIOSTO. — ¡Y eso a mí en que me afecta! 

 

GARRAFONERO 1. — (Furioso) A usted en nada, por supuesto. A usted… ¡Qué le va a importar! Oh, pero a mis cinco pequeñitos indefensos que están allí dentro, en la purulenta Tómbola Gran Sagrada ¡OHHH! (Se abraza de su garrafón y trata de meter la mano por la boca del recipiente). 

 

ARIOSTO. — Ah, se trata de sus hijitos, de sus mascotitas. No parece ser del tipo de… (Se contiene ante lo que iba a decir) ¿No, Orlando? Nunca pensé que bichos semejantes tuvieran hijos. 

 

ORLANDO. — Todos pueden ser padres. Algunos hasta tienen más de dos, hasta más de cinco. Lo ves Ariosto, es cosa de animarlo a que tenga más hijos. 

 

ARIOSTO. — Así es, mentecato: Usted puede tener más hijos. 

 

GARRAFONERO 1. — No quiero más hijos, Señor. Quiero a mis cinco chiquitines, a mis cinco, mis cinco, mis cinco querubines, Ohhhhhhh. 

 

ARIOSTO. — (A Orlando) Voy a vomitar. (Supuestamente compasivo, al GARRAFONERO 1) No se preocupe, seguramente se salvaran, ya que el agua que le arrojamos está especialmente a la temperatura necesaria. 

 

GARRAFONERO 1. — ¿Y los pedazos de vidrio? 

 

ARIOSTO. — ¿Los vidrios? (A Orlando) No arrojamos pedazos de vidrio, o sí. 

 

ORLANDO. — No, solo arrojamos vasos completos. Y el agua es inofensiva, además está tibia. Previamente la calentamos en nuestras bocas como todo el mundo sabe. 

 

ARIOSTO. — Es cierto, por otro lado, sus pequeñines estaban al fondo de la tómbola, o no tanto. Debo decir, para su consuelo, que la tómbola, por muy sagrada que sea, es un fiasco, no gira ni nada. ¡No da vueltas!, ¡no tiene premios! ¡Qué caso tiene!!!!!! 

 

ORLANDO. — Sí, no se preocupe. No da vueltas. Así que sus pequeños no corren peligro, ¿lo ve? Además si hubieran sufrido algún daño, pues ya los habríamos oído. Y no hemos oído nada, ni que lloren ni nada. 

 

ARIOSTO. — Sí, no se preocupe Usted. Yo solo escucho un silencio sepulcral. (Voltea a ver con un gesto cómplice a Orlando). 

 

GARRAFONERO 1. — Mis hijos. Mis hijitos. Ayyyyyy. 

 

ORLANDO. — (“Conciliador”) En cierto modo tiene razón nuestro amigo, Ariosto. No solo los pequeñines se destruirían, sino todas las aportaciones de los miembros a la Gran Sagrada Tómbola. Imagínate ¿cuántos platos suculentos y vertiginosos hay allí dentro? 

 

ARIOSTO. — Además de las mascotitas, los pequeñines. Sí, es cierto. No creo que nada se destruya. Incluso la SOGADELSENTIDOESTRICTO fue incluida por unos de los miembros más eminentes del Recinto. Eso lo sé. Lo sé, lo sé. 

 

GARRAFONERO 2. — (Se descongela) ¡Qué dice! ¡La SOGADELSENTIDOESTRICTO está en peligro? Hay pedazos de vidrio, los vasos rotos, usted sabe, los cristales, el agua. 

 

ARIOSTO. — Sí, podría estar en peligro, pero no se apene, no creo. Cuando mucho llegará a mojarse un poquitín, o algún pedazo de vidrio se enredara con ella. Pero el sentido estricto siempre será el sentido estricto, y la sogasoga. 

 

ORLANDO. — Eso digo yo, y la sogasoga. 

 

GARRAFONERO 3. — (Se descongela: a los otros GARRAFONEROS) ¿saben cuál será el destino de la Tómbola Sagrada una vez destruida? 

 

GARRAFONERO 2. — ¿Será Destruida? 

 

GARRAFONERO 1. — ¡Destruida, Mis hijos, ayyyyyyyy! 

 

ARIOSTO. — (Atroz) La tómbola, la Gran Sagrada Tómbola, una vez destruida, será... Será guardada en la puerta número 28. 

 

ORLANDO. — ¿Bromeas?, si solo son 23 las puertas. 

 

ARIOSTO. — El Discípulo Caballón, a la muerte del Genio Caballón decidió inaugurar 23 puertas más, pero éstas serían identificadas por medio de números irracionales.  

 

ORLANDO. — ¿Pero el número veintiocho es irracional? 

 

ARIOSTO. — Así es. 

 

ORLANDO. — No entiendo nada. 

 

ARIOSTO. — Ah, tienes razón, Orlando. Este es el mundo en que vivimos. No tiene mucho sentido, verdad, jejejeje. Jajajajajajaja... Eso creo...  Pero... En fin... Por fin. Se acerca nuestro Discípulo Caballón: tendré que escupirle en la cara. 

 

Entra el DISCÍPULO CABALLÓN. Los tres GARRAFONEROS se postran ante él y se congelan. 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — ¿Por qué quieres escupirme, Ariosto? 

 

ARIOSTO. — Eso a usted no le importa, y para que se enoje más: no descuidaré mi saliva de su rojiza cavidad. 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — Bueno, bueno. ¡Bien!... Decía... Mis muchachos, encantadores ministros, amados súbditos: voy a decir mi discurso de inauguración con motivo de la destrucción de la gran sagrada tómbola. 

 

GARRAFONERO 1. — (Se descongela) Antes quiero decir que no estoy de acuerdo. 

 

GARRAFONERO 2. — Ni yo. 

 

GARRAFONERO 3. — Yo. 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — Je, je. Claro, claro. “Yo”, je, je. En fin. Siendo las 23 horas de este magnífico Paraíso del Recinto, me permito… 

 

ORLANDO. — ¿Me permite decir que yo tampoco estoy de acuerdo?  

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — Desde luego… Decía. Me permito: dada la investidura que mi antecesor, mi Padre, el Genio Caballón, me confirió el día 23 de Otro tiempo… Inaugurar… 

 

TODOS. — ¡Nooooo! 

 

ARIOSTO. — ¡Me niego! 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — Y sin embargo es una idea soberbia de, de, de, decididamente Vertical. 

 

ORLANDO. — (Ecuánime) Piense por un momento. Si una vez destruida la Gran Sagrada Tómbola es remitida a la puerta número veintiocho... Tal vez encierre de por vida a cinco pequeñines angustiados. 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — Oh, solo son cinco. 

 

ARIOSTO. — En eso tiene razón: Solo son cinco. 

 

GARRAFONERO 1. — (Llora) ¡Oh, desdichado! (Mete la mano en la boca del garrafón) ¡Mis pobres pequeñitos querubines multicolores! 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — ¡Son peces? 

 

ARIOSTO. — No se sabe... Son pequeñitos, son sus hijos. Eso sí, ni hablar. 

 

ORLANDO. — Las circunstancias hablan por sí mismas. 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — Habría que conocer la opinión de los pequeñines. 

 

GARRAFONERO 1. — (Lastimeramente) ¡Son sordos!!! 

 

ARIOSTO. — (Obvio) Pero podrán hablar. (Al GARRAFONERO 1) ¿Sí pueden hablar? ¡Sí? ¡No? 

 

ORLANDO. — Yo propondría una solución intermedia a la disputa. 

 

ARIOSTO. — Sí, tengo hambre. 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — Eso implicaría un nuevo decreto. Voy a consultarlo con mis ministros. (Se acerca a los balones y los empieza a “interrogar”). ¿Sí o sí?...  Ah, lo siento mucho... ¿Y usted?... (Pausa, “oye” otra de las opiniones de uno de sus “ministros”) Bueno, no es para tanto... ¿Y ustedes dos?... Claro. Eso mismo pienso yo. Bueno, parece que la solución intermedia ha sido estudiada y aprobada. 

 

TODOS. — ¡Bravo! ¡Viva! ¡Bravo! 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — Dictaré El Nuevo Decreto: Siendo las horas pertinentes al caso... y sabiendo que la decisión expresada será la mejor posible… (Mira entre asustado e inseguro a todos.) …Dictaré el siguiente… 

 

ARIOSTO. — Sí, sí, adelante, siga, continúe usted… ¡O LE ESCUPO! 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — Ya voy, ya voy. Decía: Pronunciaré … El siguiente... 

 

 

TODOS. — (Exasperados) ¡Bueno, ya! 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — Es cosa de tomar tiempo. Son asuntos serios. Se tiene. que analizar, considerar, tasar, evaluar... ¡PONDERAR! 

 

ORLANDO. — Es evidente. 

 

ARIOSTO. — No tanto. 

 

GARRAFONERO 1. — Hay que dejarlo solito para que piense. 

 

ORLANDO. — Ah, no. Solo no se quedaría. Estaría siempre cerca de  todos los Ministros. 

 

ARIOSTO. — ¡Y para qué dejarlo solito? Después, cuando regresemos, será necesario que todos estemos de acuerdo en la decisión que se tome. 

 

ORLANDO. — ¿Sería necesario? 

 

ARIOSTO. — Evidentemente sí. 

 

ORLANDO. — Entonces, si tú lo dices (Ampuloso) ¡Es necesario! ¡Será necesario! Muy necesario. 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — Es necesario que guarden silencio. 

 

ARIOSTO. — Si yo lo decía, hay que hablar, antes de disentir. 

 

GARRAFONERO 3. — ¿Quéeeee? 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — (Enojadísimo) ¡CÁLLENSE TODOS! (Largo Silencio) ...Les decía: Siendo estas horas de hoy que no recuerdo. Pronunciaré el siguiente decreto. DECRETO QUE CADA QUIÉN HAGA LO QUE QUIERA. 

 

ARIOSTO. — Ah, no, esto no me lo pueden hacer a mí. Yo no tengo por qué soportar tanta injusticia. Es más, me voy. (Da dos pasos) Mejor me quedo. Pero hay que salvar a los pequeñines. 

 

ORLANDO. — Eso digo yo, salvarlos. 

 

GARRAFONERO 1. — Es demasiado tarde. 

 

ARIOSTO. — Sí, a estas alturas, si no están muertos, por lo menos... estarán agonizando. Podemos investigar. Voy a tirar otro vaso de agua a la Tómbola, a ver si reaccionan. (Echa el contenido de agua a la tómbola, pero sin el vaso) Lo ven, no se escucha nada. Están muertos. 

 

GARRAFONERO 1. — Pues yo tiraré el agua en el sitio más indicado (Le echa el contenido de un vas al DISCÍPULO CABALLÓN). 

 

ARIOSTO. — Yo estoy de acuerdo (Le tira el contenido de otro vaso al DISCÍPULO). 

 

TODOS. — (Lo bañan) Todos estamos de acuerdo. 

 

DISCÍPULO CABALLÓN. — (Casi llora o estornuda) Ministros, esto es humillante. Yo renuncio. Me encerraré en la puerta 23 y ni con sus lamentos más histéricos lograrán hacer salir mi hermoso cuerpo (Muy digno) Hasta que acabe mi tormento, sinceramente, ¡LOS ODIO! (Se va corriendo). 

 

ARIOSTO. — Ah, no era para tanto. No tenía por qué dramatizar. 

 

ORLANDO. — Ya verás, va a regresar. Siempre lo hace... Y qué hacemos ahora. ¿Salvamos a los pequeñines? 

 

GARRAFONERO 1. — ¡Están Muertos! 

 

ARIOSTO. — ¡Ya lo comprobó? 

 

GARRAFONERO 1. — No, ¡me ayudan? 

 

ARIOSTO. — Eso es cosa suya, ¿no cree? 

 

GARRAFONERO 1. — Sí, es cierto. (A los otros GARRAFONEROS) ¿Me ayudan? 

 

GARRAFONERO 2. — No sé. 

 

GARRAFONERO 3. — ¿Y si nos bañamos antes? 

 

GARRAFONERO 2. — Esa es la primera idea sensata que oigo. Yo primero... (Vierte el contenido de su garrafón en la cabeza del GARRAFONERO 1

 

GARRAFONERO 3. — No, ¿de quién fue la idea? Mía, ¿no? Pues entonces... Yo primero (A su vez, vierte el contenido de su garrafón [puede ser confeti] en la cabeza del GARRAFONERO 1

 

GARRAFONERO 1. — ¡Ah, sí... Pues yo también puedo ser primero (Vacía el contenido de su garrafón en la cabeza de los otros dos. Orlando y Ariosto se alejan subrepticiamente). 

 

LOS TRES GARRAFONEROS. —  Eh, bravo. Tú primero. Nooo, yo primero, no él primero, eh.  ¡Bravo! 

 

ARIOSTO. — Pero qué odiosos. 

 

ORLANDO. — Sí.  ¿Tú crees que los pequeñines se salven? 

 

Los GARRAFONEROS quedan una vez más congelados en posiciones muy grotescas. 

 

ARIOSTO. — (Juega con su bufanda) Se salvarán, no se salvarán... Es un asunto que ahora no me preocupa. 

 

ORLANDO. — ¿No? 

 

ARIOSTO. — Lo que me gustaría saber ahora, mi amado, mi muy querido Orlando, ya que no hay ningún inconveniente para ELLO... 

 

ORLANDO. — (Turbado) ¿Sí?? 

 

ARIOSTO. — Podrías, es decir, no tendrías inconveniente en darme, es decir, yo... (Decidido) ¡Podrías darme la receta de LAS PERAS DIVERSAS? 

 

OSCURO 

 

SE OYE UN AVIÓN ATERRIZAR 

 

Fin 

 

 

 

 

 

 

 

 


viernes, 29 de mayo de 2026

THE EXECUTIVE AND HIS YES-MAN.



The Executive and His Yes-Man

A modern comedic adaptation based on classical character types




By Benjamín Gavarre


©  BENJAMÍN GAVARRE SILVA

Contact this address if you have produced it or wish to do so: gavarreunam@gmail.com

 



CHARACTERS:

  • ARTHUR: A mid-level hedge fund executive. Sharp, slightly tight designer suit, oversized luxury watch, and dark sunglasses. Walks like Wall Street owes him money.
  • JOHNNY: The ultimate sycophant. Carries Arthur's briefcases, multiple phones, and half-eaten takeout. Has the agility of a jester and the constant hunger of an intern.

(Times Square, New York City. The bustling sidewalk is packed with tourists and bright billboard lights. ARTHUR struts confidently. JOHNNY follows closely behind, juggling bags and an iPad).

ARTHUR: (Adjusting his cuffs) Johnny, make sure that quarterly presentation shines brighter than these neon signs above us. When the Board opens it, the sheer brilliance of my revenue metrics should blind them. Honestly, my own genius terrifies me sometimes; my MacBook is practically melting, desperate to type out another multi-million dollar strategy to crush the European markets. Where are you, Johnny?

JOHNNY: (Sprinting to catch up, breathless) Right here, boss! Right beside the titan of Wall Street, the Steve Jobs of asset management, the absolute apex predator of Midtown... Even Warren Buffett wouldn’t dare compare his portfolio to yours.

ARTHUR: Are you referring to when I single-handedly salvaged the firm during the offshore bond collapse? Back when the CEO was that arrogant Ivy League trust-fund kid?

JOHNNY: The very same! The one with the mahogany office whose entire administrative staff and risk analysts you hypnotized with nothing but your corporate eloquence—like a hurricane blowing away autumn leaves in Central Park.

ARTHUR: Bah, a minor detail. Child's play.

JOHNNY: A minor detail compared to the other financial miracles I could list... (To the audience, breaking the fourth wall with an ironic grin) ...none of which he has ever actually accomplished in his miserable life. If anyone in New York has ever met a more delusional, boastful fraud than this man, let me know so I can hand in my resignation. But hey, the free Michelin-star dinners he lets me expense on the corporate card are out of this world. (Turning back to Arthur, shifting to a worshipful tone) Truly magnificent, boss!

ARTHUR: (Checking his phone arrogantly) What’s that, Johnny?

JOHNNY: I was just reminiscing about Tokyo! When you went to the summit and, with a single macroeconomic counter-argument, broke the arm of Asia's biggest automotive CEO.

ARTHUR: His arm?

JOHNNY: His balance sheet, I meant!

ARTHUR: Well, I did pitch the data with a certain... edge.

JOHNNY: Edge? Boss, your pitch practically pierced through their venture capital, their risk management, and the literal financial backbone of the Swiss investors!

ARTHUR: Let us not dwell on my modesty right now.

JOHNNY: (Aside, to the audience) It’s not like I need him to repeat his lies, I know them by heart. My empty stomach is the only culprit keeping me tied to this egomaniac. My ears must suffer so my teeth can chew, and there's nothing to do but say "amen" to his fairy tales.

ARTHUR: Wait... what was I about to say?

JOHNNY: Ah, the closing bell! Yes, I know exactly what you mean, I remember it perfectly.

ARTHUR: Remember what?

JOHNNY: Whatever you’re about to invent next, boss.

ARTHUR: Do you have the...?

JOHNNY: The printed index projections and the fully charged iPad? Yes, sir, right here.

ARTHUR: Splendid. You practically read my mind.

JOHNNY: It is my absolute duty to anticipate your delusions... I mean, your visions, and smell your victories before they even happen.

ARTHUR: Tell me, do you have the exact count of my romantic conquests for this fiscal quarter?

JOHNNY: Yes, sir: one hundred and fifty high-profile clients in Soho, a hundred tech heiresses in Tribeca, thirty senior partners in the Upper East Side, and sixty interns who swooned at your feet during last week's casual Friday.

ARTHUR: And what is the grand total?

JOHNNY: Seven thousand women, boss.

ARTHUR: Precise. The math is undeniable.

JOHNNY: I didn’t even need an Excel spreadsheet to keep track, it’s etched in my mind.

ARTHUR: You have an exceptional corporate memory, Johnny.

JOHNNY: The complimentary executive buffets keep it sharp.

ARTHUR: As long as you maintain this unwavering loyalty, you shall never starve. You will always have a seat at the edge of my business dinners.

JOHNNY: God bless you, boss! And what about that penthouse party in the Hamptons? Where, if the bartender hadn't interrupted you, you would have swept five hundred international supermodels off their feet in a single night?

ARTHUR: Well, yes... but since they were mostly low-tier social media influencers, I spared them the trouble and decided not to give them my Instagram handle.

JOHNNY: (Aside) Right! A junior analyst blocked him for spamming her inbox. (To Arthur) Exactly! Why should I tell you what all of Manhattan already knows? That you, Arthur, are a unique specimen in the financial district—unmatched in monetary bravery, sporting a posture straight out of a discount catalog, and a legend on Tinder. Women are dying to meet you. All women are dying for you and your great, your huge, your fabulous... tool. Like those two who yesterday pulled me by the sack outside the Starbucks. Just like those two pulling at my coat outside the gourmet coffee shop yesterday.

ARTHUR: (Stopping dead in his tracks, fascinated) Really? What did they say? They praised my tool?

JOHNNY: They asked me, "Oh my god, is that Brad Pitt?" Look What a great package he has!  And I said, "No, ladies, but it’s his billionaire brother." Then one of them sighed and said, "Look at that stride! Look how his hair gel catches the light. I envy whoever gets to stand next to him."

ARTHUR: (Adjusting his collar) Did they truly say that? What a heavy cross it is to be so agonizingly handsome and successful.

JOHNNY: It’s a tragedy, boss. Women at the office won't leave me alone, begging for your direct extension, leaving me absolutely no time to finish my own spreadsheets.

(ARTHUR pulls an artisanal chocolate ice cream bar out of a luxury wrapper he just bought. He begins to eat it with immense satisfaction. JOHNNY stares at it, visibly salivating).

JOHNNY: Hey, boss... speaking of benefits... can I get a bite? Mind sharing a tiny piece of that ice cream?

ARTHUR: (Stops walking. His arrogant smirk turns into a cold, sharp glare) Look, Johnny. Cut the act.

JOHNNY: (Nervous) What do you mean, boss?

ARTHUR: I’ve been listening to you. I know exactly who you’re talking to every time you turn around. I’ve watched you spend the last three blocks mocking me behind my back, gesturing to strangers on the sidewalk. Do you think I'm stupid? You mutter complaints about me under your breath, yet you beg for a handout every time I buy a burger, a slice of pizza, or an ice cream bar. What is wrong with you? I invited you to my Manhattan apartment once to watch the playoffs, and you haven’t left the dog bed I lent you in the living room since! You literally moved into my place!

JOHNNY: (Trying to laugh it off) Well, your retriever's orthopedic mattress is incredibly good for my lower back, boss! And besides... I inflate your ego all day! I paint a picture of you bringing European models to your four-hundred-square-foot studio! I make your life sound idyllic!

ARTHUR: It’s a luxury micro-condo, you parasite! And you are a shameless flatterer living off my expense reports and my delusions. You're fired! Get out of my sight!

(ARTHUR snatches his briefcase back with fury. JOHNNY, panicked, takes a clumsy step backward off the curb, stumbling straight into the street just as a yellow NYC taxi comes speeding around the corner, blasting its horn: HONK!!!).

JOHNNY: Oh my god! The cab!

(JOHNNY freezes in place. ARTHUR, purely out of instinct, shoots his arm out, grabs JOHNNY by the collar of his jacket, and yanks him violently back onto the sidewalk. The yellow taxi zooms past, missing them by inches).

JOHNNY: (Shaking like a leaf, checking his limbs) You... you saved me? Boss! You risked your flawless, high-net-worth life for a humble assistant! You do have a heart of gold! You're a true hero, a white knight of the corporate ladder!

ARTHUR: (Instantly recovering his composure, brushing a speck of dust off his lapel, and taking a lick of his ice cream) Don't flatter yourself, Johnny. I didn't save you out of kindness.

JOHNNY: Then why?

ARTHUR: Because New York is a ruthless city. And if a man is going to be a pompous, arrogant braggart in this town... he absolutely needs a sycophant standing by to provide the echo. Who else is going to validate my fabrications if you get flattened by a taxi? Keep walking.

JOHNNY: (Smiling at the audience, deeply relieved) Right away, captain! That pull was incredible, by the way. At least ten thousand Newtons of force! Not even Hercules, boss... Not even Hercules!

JOHNNY: But seriously... can I get a lick of that ice cream now?

(They fade into the crowded sidewalk as the curtain falls).

El Ejecutivo y su Achichincle.

 








El Ejecutivo y su achichincle

(Un pequeño paso basado en los arquetipos clásicos)


por Benjamin Gavarre




©  BENJAMÍN GAVARRE SILVA

Contact this address if you have produced it or wish to do so: gavarreunam@gmail.com

 




PERSONAJES:

  • APOLINAR: Ejecutivo de nivel medio. Traje de diseñador un poco ajustado, reloj ostentoso y lentes de sol oscuros. Camina como si fuera dueño de la ciudad.
  • JULITO: El subordinado incondicional. Carga maletines ajenos, teléfonos y comida del jefe. Agilidad de bufón y hambre de náufrago.

(Paseo de la Reforma, Ciudad de México. Amplia banqueta a la altura del Ángel de la Independencia. Se escucha el rugido del tráfico. APOLINAR camina con paso firme. JULITO camina medio paso atrás, haciendo malabares con las cosas del jefe).

APOLINAR: (Acomodándose el saco) Julito, asegúrate de que el reporte trimestral brille más que las pantallas de Times Square. Quiero que cuando el Consejo de Administración lo abra, el destello de mis métricas los deje ciegos. Me da hasta lástima mi propia genialidad; mi laptop debe estar hirviendo, desesperada por redactar otra estrategia multimillonaria que destroce a la competencia en Latinoamérica. Pero, ¿dónde estás, Julito?

JULITO: (Apareciendo al lado, sudando) Aquí, jefe, aquí, a la vera del titán de los negocios, del Steve Jobs de la contabilidad, del lobo de Paseo de la Reforma... Ni el mismísimo Carlos Slim osaría comparar sus acciones con las tuyas.

APOLINAR: ¿Te refieres a cuando salvé las finanzas de la empresa en la crisis de las lofas y los pagarés obsoletos, cuando el director general era aquel petulante que descendía de la alcurnia de los banqueros suizos?

JULITO: Sí, el mismísimo. Aquel de las oficinas con acabados de oro a cuyas secretarias y analistas desvaneciste con un solo soplido de tu labia ejecutiva, igual que el viento de un huracán barre las hojas caídas en las Lomas de Chapultepec.

APOLINAR: Bah, una minucia. Un juego de niños.

JULITO: Una minucia si se compara con los otros milagros corporativos que yo podría contar... (Al público, rompiendo la cuarta pared con ironía) ...y que jamás en su miserable vida ha llevado a cabo. Si alguien ha visto en la CDMX a un tipo más embustero, fantoche y alucinado que este, avísenme y renuncio. Pero, ¡ay!, las quesadillas de flor de calabaza y el salmón que me hace facturar a la tarjeta de la empresa están de locura. (A Apolinar, volviendo al tono servil) ¡Qué bárbaro, jefe!

APOLINAR: (Mirando su teléfono con arrogancia) ¿Qué dices, Julito?

JULITO: ¡Que me acordé de lo del viaje a la India! Cuando fuiste a la convención y de un solo argumento macroeconómico le rompiste el brazo al CEO de la automotriz más grande de Asia.

APOLINAR: ¿El brazo?

JULITO: ¡El balance general quise decir!

APOLINAR: Bueno, es que les hablé con una sutileza...

JULITO: ¡Sutileza no! Si te pones pesado, tu labia les perfora el presupuesto, el capital de riesgo y la osamenta contable a los inversionistas alemanes.

APOLINAR: Dejémonos ahora de modestias.

JULITO: (Aparte, al público) Tampoco merece la pena que me cuente sus mentiras, que me las sé de memoria. El estómago es el culpable de que aguante a este megalómano. Mis oídos tienen que sacrificarse en favor de mis dientes, para que no les entre hambruna, y no queda de otra más que decirle "amén" a todas sus payasadas.

APOLINAR: Espera... ¿Qué te iba yo a decir?

JULITO: ¡Ah, sí! Lo del cierre de la bolsa, ya sé lo que quieres decir, lo recuerdo perfectamente.

APOLINAR: ¿Pero el qué?

JULITO: Lo que sea que vayas a inventar, jefe.

APOLINAR: ¿Traes las...?

JULITO: ¿Las cotizaciones impresas y el iPad cargado? Sí, jefe, aquí los tengo.

APOLINAR: Es una maravilla cómo me adivinas el pensamiento.

JULITO: Mi deber no es sino estar puntualmente al tanto de tus delirios... digo, de tus visiones, y desarrollar un olfato especial para oler tus éxitos antes de que ocurran.

APOLINAR: Vamos a ver, ¿tienes fresca la cuenta de mis conquistas corporativas de este mes?

JULITO: Sí, señor: ciento cincuenta clientas cerradas en Polanco, cien inversionistas rendidos en Santa Fe, treinta ejecutivas de cuenta en Interlomas y sesenta pasantes de recursos humanos que cayeron rendidas a tus pies en un solo viernes de Casual Friday.

APOLINAR: ¿Cuántas hacen en total?

JULITO: Siete mil mujeres, jefe.

APOLINAR: Ni más ni menos. La cuenta es exacta.

JULITO: No es que lo tenga escrito en Excel, pero me acuerdo bien.

APOLINAR: Tienes una memoria corporativa excelente, Julito.

JULITO: Los bufets ejecutivos gratis me la refrescan.

APOLINAR: Mientras sigas lamiendo mis mocasines con esa lealtad, no te faltará de comer. Podrás sentarte siempre a la orilla de mis comidas de negocios.

JULITO: ¡Faltaba más! ¿Y lo de la suite en Cancún? Donde si no llega a ser porque el mesero te interrumpió, te ligas a quinientas modelos extranjeras en una sola noche de antro.

APOLINAR: No, bueno... es que como eran pura influencer de bajo nivel, les perdoné la vida y decidí no darles mi Instagram.

JULITO: (Aparte) ¡Por favor! Si lo bloqueó una chavita de intendencia por acosador. (Al jefe) ¡Nada! ¿A qué voy a venir a contarte lo que todo el Paseo de la Reforma ya sabe? Que tú, Apolinar, eres un ser único en el Valle de México por tu valentía financiera, tu porte de catálogo de ofertas y tus proezas en el Tinder. Todas las mujeres se mueren por ti y tu gran, tu enorme, tu fabulosa... herramienta. Como aquellas dos que ayer me jalaban del saco afuera del Starbucks.

APOLINAR: (Deteniéndose en seco, fascinado) ¿Qué? ¿Qué te decían? ¡Alababan mi herramienta?

JULITO: Me preguntaban: "Oye, ¿ese es Brad Pitt?". Y yo les dije: "No, chicas, pero es su hermano millonario". Y entonces una de ellas suspiró y dijo: "¡Qué bárbaro, pero qué porte! Qué gran paquete tiene! Y Fíjate cómo le brilla el gel en el cabello. Qué envidia le tengo a la que se acueste con él".

APOLINAR: (Acomodándose el cuello de la camisa) ¿De verdad dijeron eso? ¡Qué maldición es esta de ser exasperadamente guapo y exitoso!

JULITO: Es un calvario, jefe. No me dejan vivir las mujeres en la oficina, me asedian, me suplican que les pase tu extensión telefónica, de forma que no me queda tiempo para hacer mis propios reportes.

(APOLINAR saca del bolsillo un helado de chocolate premium que acaba de comprar. Empieza a comerlo con deleite. JULITO lo mira fijamente, tragando saliva).

JULITO: Oye, jefe... hablando de... de prestaciones... ¿me das una probadita? ¿Me convidas un poquito de tu helado?

APOLINAR: (Se detiene, cambia el semblante de la arrogancia a una ira fría. Lo mira fijamente) A ver, Julito. Párale a tu tren.

JULITO: (Nervioso) ¿Qué pasa, jefe?

APOLINAR: Te he estado escuchando. Sé perfectamente con quién estás hablando cuando te volteas. Llevo tres cuadras viendo cómo te burlas de mí a mis espaldas y le hablas a la gente de la calle gesticulando. ¿Crees que soy tonto? Me reclamas en voz baja que te saco las comidas gratis y me pides "me das" cada vez que me compro un helado o unos tacos de pastor. ¿Qué te pasa? Te invité a mi departamento en la Condesa una sola vez a ver el partido, ¡y desde entonces no has dejado la cama del perro que te presté en la sala! ¡Te mudaste a mi casa!

JULITO: (Tratando de sonreír) Es que el tapete de Firulais es muy ergonómico, jefe, y además... ¡yo te alabo todo el día! Te imagino trayendo modelos ucranianas a tu departamento de cuarenta metros cuadrados... ¡Hago que tu vida suene idílica!

APOLINAR: ¡Vivo en un estudio minimalista, infeliz! Y tú eres un adulador sin vergüenza que se alimenta de mis viáticos y mis fantasías. ¡Estás despedido! ¡Fuera de mi vista!

(APOLINAR le arrebata el portafolios con furia. JULITO, asustado, da un paso en falso hacia atrás, bajándose de la banqueta justo cuando un Turibús viene pasando a toda velocidad, tocando el claxon ruidosamente: ¡BIIIIIP!).

JULITO: ¡Ay, mi madre! ¡Casi me atropellan!

(JULITO se queda congelado. APOLINAR, por puro instinto, estira su brazo, agarra a JULITO por el cuello del saco y lo jala de un tremendo tirón de regreso a la banqueta. El Turibús pasa rozándolos).

JULITO: (Temblando, tocándose el cuerpo) Me... ¿Me salvaste? ¡Jefe! ¡Arriesgaste tu vida de semidiós por este humilde servidor! ¡Por fin demostraste que tienes un corazón de oro, que eres un héroe de verdad, un caballero andante del corporativo!

APOLINAR: (Recuperando la compostura de inmediato, sacudiéndose el saco y relamiendo su helado) No te equivoques, Julito. No te salvé por bondad.

JULITO: ¿Entonces?

APOLINAR: Es que la vida es muy dura, y si uno va a ser un fantoche, un sangrón y un fanfarrón en este mundo... se necesita obligatoriamente tener a alguien al lado que le haga el eco. ¿Quién más va a validar mis mentiras si te mueres? Camina.

JULITO: (Sonriendo al público, aliviado) ¡Entendido, mi general! ¡Ese tirón de brazo que me diste tuvo una fuerza descomunal! ¡Ni Hércules, jefe... ¡Ni Hércules!

JULITO: Pero en serio... ¿me das una lambidita al helado?

(Se van caminando entre la multitud mientras cae el telón).

Entradas populares

RESEÑA DE LA PELÍCULA

RESEÑA DE LA PELÍCULA
AMORES MATERIALISTAS

CUMBRES BORRASCOSAS 2026

CUMBRES BORRASCOSAS 2026
CRÓNICA CINEMATOGRÁFICA/EN: CINEDEBATE

Reseña de Half Man en CINEDEBATE: LOS SEIS EPISODIOS

Reseña de Half Man en CINEDEBATE: LOS SEIS EPISODIOS
UPDATE episodio 6. FINAL DE SERIE