miércoles, 8 de abril de 2026

María, la del Diablo (Paráfrasis de Mariquilla de Nimega)

  


María, la del Diablo

(Paráfrasis de Mariquilla de Nimega)

 

Por Benjamín Gavarre

 

 

Personajes:

 

  • María (Después Mónica)
  • Tío
  • Tía
  • Azmodán
  • Psiquiatra

 

 

María, la del Diablo

(Paráfrasis de Mariquilla de Nimega)

 

Personajes: 

María (Después Mónica) 

Tío 

Tía 

Azmodán 

Psiquiatra 

 

 

Y érase una vez que estaba su tío con María... 

 

Una pintoresca cabaña con aires medievales, como de cuento. Sin querer lograr una ilusión se llevará a cabo la puesta en escena con accesorios simples y sobre todo con iluminación adecuada. “María” al principio, como aldeana medieval de cuento de hadas, y el tío como un anciano bondadoso, medio alquimista, medio loco. 

La obra en general representa varios tiempos y lugares, algunos modernos y otros anacrónicos. Lo importante es que se utilice la imaginación y creatividad para representar los diferentes espacios escénicos y los diferentes tiempos en que todo sucede. 

 

Tío. — Así es, la mía sobrina, tienes que ir a la Ciudad y me traigas la despensa. 

María. — Qué bueno que me mandas a “estas horas de la tarde” a aventura tan peligrosa, el mío tío. Ya está a punto de atardecer y seguramente voy a llegar casi de noche. 

Tío. — (No hace caso de sus ironías) Hacen falta verduras, leche en polvo, mantequilla…

María. — ¿Traigo azufre? 

Tío. — Si llegara a darte alcance la noche, ve con la tu tía. ¿Dijiste azufre? 

María. —Si se me hace de noche me quedo con la suya hermana.  

Tío. — Bueno hija, ya se hace tarde... 

María. — Presto, el mío tío, ya voy.

Tío. — Anda, anda... Ve a la Ciudad, yo comenzaré a rezar por ti, y por tu buen viaje a la ciudad.

María. — Rezad, rezad por mí, el mío tío… Tú quédate aquí tranquilo sin hacer nada. Yo voy, ya sabes. Hasta luego… 

 

Sale el tío.

 

Transición.

 

Ciudad.

Entra María con unas bolsas. Ya casi se hace de noche, es un atardecer tenebroso. Es una ciudad de nuestros días, pero con aires anacrónicos como de una villa, como de cuento, con elementos medievales. 

 

María. — Lo dicho, ya se está haciendo de noche, y veo sombras y presagios en este tenebroso atardecer del que soy víctima segura.

Pero qué veo, se ha encendido una luz, en esa casa donde vive la mía tía. Espero me conceda asilo nocturno.

 

Toca a la puerta. 

 

María. — Tía.... Tía. Tengo sueño... y ya me quiero dormir, tía... 

  

Se abre la puerta. 

 

Tía. — Cada día trae una nueva sorpresa. 

María. — ¿Qué me dices, tía? 

Tía. — Lo que oíste, so piruja, con que “éstas” tenemos. 

María. — Qué le pasa, por qué ese atrevimiento. 

Tía. — Aquí la única atrevida eres tú so impura, incestuosa. 

María. — ¿Incesto?, ¿yo?, ¿de qué me habláis? Yo solo vine a pedir albergue por esta noche. 

Tía. —Claro, eso es lo que te gusta, puta, folgar con muchos hasta que se te hinche la panza. Ya me sé yo de esos tratos con los galanes, que te han de seguir como jauría, zorra. 

María. — No lo puedo soportar, gratuitamente y sin pruebas me acusas de incesto incluso. 

Tía. — Con el mío hermano te han visto fornicar.

María. — No lo puedo soportar... Yo solo quería pasar la noche. 

Tía. — De eso no me queda duda. 

María. — Quería que me diera asilo, por una noche, porque fui de compras y... 

Tía. — A mí no me vengas con historias, suripanta, lambiscona, lagartona. ¡Vete de aquí! A ver con qué jauría te revuelcas… búscate ya la manera de no ser tan piruja, por favor, no me quites más mi tiempo. Adiós. 

 

Le da un “portazo en la cara”, María se va sin las bolsas y a punto del llanto. La escena cambia en torno a ella, camina lentamente, y la iluminación y algunos elementos escenográficos representan ahora un bosque con árboles amenazantes y caminos que conducen a lugares inciertos. 

 

María. — (Solloza, se sienta en una piedra) Oh. Me siento ultrajada… Oh, Dios santo. Dios mío. Dios. Por qué no acudes en mi ayuda. Éste es el momento en que deberías presentarte por lo menos de formas misteriosas… O debo pedir ayuda a las fuerzas del infierno, si es que tú, Dios, no me haces caso. 

 

Silencio. 

 

María. — Oh, Dios mío. Estoy esperando alguna señal. Alguna cosa que pase. Estoy sola en un bosque tenebroso y soy vulnerable a cualquier peligro que me pueda acechar a mí que soy inocente y virgen. 

Mejor me encomiendo a Dios.

 

Se duerme. 

 

Empiezan a sonar toda clase de amenazas nocturnas propias de un bosque tenebroso. Aullidos, sonidos de aves nocturnas. Pasan siluetas amenazantes. Sombras terroríficas. Una de ellas, se va convirtiendo en un personaje de “carne y hueso”, es Azmodán, viste como un monje, parece estar viejo y jorobado. El hábito de monje le cubre la cabeza. María no lo ve. El Monje Azmodán está atrás de ella, pero María está tratando de dormir en el suelo, no se acomoda, y trata inútilmente de descansar junto a la piedra. 

 

María. — (Adopta una posición de suplicante para hablar con Dios, una vez más) ¿Nada?

Azmodán. — (Quien permanecía detrás de ella, le habla y la sorprende) Tal vez te pueda ayudar. 

María. — (Aterrada) ¡Ah! 

Azmodán. — Soy Azmodán. Tú estabas pidiendo ayuda. 

María. — Ya. Te manda Dios para que me ayudes. Los milagros sí existen. 

Azmodán. — Los milagros, claro.

María. — ¿Se puede quitar el hábito?

Azmodán. — ¿Eso quieres?  (Acepta quitarse la capucha y vemos que es tuerto y lleva un parche en el ojo). Pues este soy yo. 

María. — ¿Perdió un ojo? 

Azmodán. —Nací sin él... 

María. —Usted me estuvo observando, mientras trataba de dormir. 

Azmodán. — Pedías ayuda. Yo puedo... 

María. — Ya sé…  Usted es... 

Azmodán. — Soy el Diablo. 

María. — (Se queda unos minutos sorprendida y no sabe si reír o pegarle. Decide darle una palmada en la espalda) No te ofendas, pero yo pienso que el Diablo se ve más poderoso.

Azmodán. — En la jerarquía de los demonios tengo licencia para hacer pactos y tentar a los inocentes

María. — Es decir que tú me puedes enseñar a convertirme en lo que yo deseo. 

Azmodán. — Tal vez, pero antes tienes que renunciar a tu alma. 

María. — Ah... Nada más. 

Azmodán. — Y firmar un contrato. 

María. —¿Con mi sangre? 

Azmodán. — Puede ser un contrato verbal, como de Señores, como de caballeros. Y tienes que renunciar a tu nombre. 

María. —¿No te gusta María?

Azmodán. — No lo digas, no por favor.  Me pongo mal.  

María. — ¿Quieres que renuncie a mi nombre? ¿Qué me darías a cambio?

Azmodán. — Dinero, fortuna, conocimiento... Y puedes ser experta en las siete artes liberales...  Todo el conocimiento medieval, temas extraordinarios. 

María. — Ya veo... Me parece que necesitas como desempolvarte un poco. 

Azmodán. —Puedes llamarte simplemente M. 

María. — M… eso me gusta.  M será mi nombre. 

Azmodán. —Recuerda… éste es un contrato de palabra. Y ya has aceptado. 

María. — ¡Ya acepté? ¿Yo? ¡Cuándo? 

Azmodán. — Y otra cosa... Tendrás que dormir conmigo. 

María. — Cómo. 

Azmodán. — Es parte del contrato.

María. — ¿Y yo estuve de acuerdo? ¿Dónde firmé? 

Azmodán. — Te dije que se trata de un convenio verbal. Tú me dijiste: estoy de acuerdo. Y eso, M, se tomó en el infierno como una aceptación. Ya está hecho tu ingreso. 

María. — Ya. (Pausa) Y puedo convertirme en lo que yo quiera. 

Azmodán. — Con los años, tal vez. 

Ven, nos vamos a divertir. Al menos yo. Ven, vamos, no tengas miedo. Acabas de firmar tu destino. Relájate… todo va a estar bien. Dilo conmigo. 

María. — Ya. “Todo va a estar bien” … 

  

Desaparecen en un acto de magia

 

Transición.

 

María sentada en la mesita de un bar ultramoderno, en una plataforma, con la iluminación de una mesita de metal que tiene una cubierta de vidrio y que incluye iluminación de varias tonalidades. Música propia de un bar del siglo XXII.  

María viste de coctel, alta costura, buen gusto. 

 

María. — Y quién lo fuera a decir... un viejo tambaleante de la Edad Media me tiene dominada. 

 

Por medio de un mecanismo ingenioso su copa se llena de un líquido de color azul, 

 

Estoy cansada de tantos muertos. Azmodán me ha hecho trabajar de más.  

Setecientos cuarenta y tres hombres y cuarenta y cuatro mujeres...  Todos al Infierno, gracias a mí. 

 

Se toma la bebida azul, y por medio de un mecanismo, la copa de María se llena de un líquido rojo que ella observa con detenimiento. 

 

Azmodán me prometió poderes... Transformarme... en lo que yo quisiera... Y ni siquiera puedo transformar mi vida. Estoy en sus manos. 

 

Toma un trago de su bebida roja. 

Es cierto que me dio el conocimiento de las Siete Artes liberales... Soy una experta de todo lo que se sabía y se supo durante el siglo XIII. Ah… también puedo seducir a quien yo quiera… y luego… los llevo al Infierno. Pero de transformarme… nada. 

 

Pausa 

 

Toma un trago de su copa. Reflexiona. 

 

Maldito seas, Azmodán, por qué no me concediste el deseo de transformarme en lo que yo desee.

Si hasta me quitó mi nombre. ¿Quién se llama M?

 

Se escucha una gran explosión... y el escenario se ilumina de tonalidades rojas, violetas y azules. 

Aparece La Tía, con un aspecto de ser celestial, de imagen religiosa que no deja de tener algo de espectral, lleva un manto color violeta y una corona que la hace aparecer como una divinidad a pesar de su rostro y maquillaje poco angelical. 

 

Tía. — ¡La mía sobrina! 

María. — ¿No te habías muerto? 

Tía. — He muerto, la mía sobrina, y por mi propia mano, pero he sido perdonada. 

María. —Tú misma te cortaste el cuello, según supe. 

Tía. — Me degollé. Fue un momento de locura. 

María. — Y muy loca que tú estabas, tía, pero cómo es posible que tengas esa aureola de santa. ¿Tú por qué? 

Tía. — Porque he podido arrepentirme. Tengo que hacer trabajos, buenos. De convencimiento. Pecadora. 

María. — Ya vas a empezar. 

Tía. — Así es sobrina, yo he venido... a pedirte que te arrepientas. 

Tía. — Tal vez todavía puedas salvar tu alma.  El hecho de que no hayas renunciado a tu nombre te salva. Esa M que puedes todavía pronunciar es la m de María, esa letra te puede todavía salvar. 

María. —No sé.  

Tía. —  Antes…Tienes que hacer penitencia metida en una estrecha celda… 

María. — Muchos trámites.

Tía. — Salva tu alma. 

 

 

La tía desaparece.

 

Se representa Otra vez al espacio Bosque. 

María se sienta en una piedra. Ella sigue vestida de coctel, con su bolso. Saca del mismo su celular, y después saca un espejo... se mira intensamente. 

 

María. — “La eternidad”. La Eternidad” ... Cuánto puede durar eso...  

Se levanta y se vuelve una fuerza maligna, toda la iluminación contribuye a que María haga una invocación 

 

Silencio. 

 

Del fondo del escenario vemos surgir a Azmodán, perfectamente ataviado de traje moderno, sigue con el parche en el ojo, pero se ve elegante.Se ve molesto, serio. 

 

María. — Eres tú. Te ves molesto. 

Azmodán. — Me traicionaste.  Te quieres arrepentir para salvar tu alma.

María. — Todavía no lo decido. No quiero tratos contigo ni con la Virgen María. 

Azmodán. — ¿Dijiste María? Cómo pudiste, 

María. — Aléjate. 

Azmodán. — ¿Te das cuenta…  María? Has sido liberada. Tú misma lo hiciste, María… pero todavía no te das cuenta. 

María. — Déjame sola. Aléjate. ¡Ya! 

 

Azmodán sale de escena discretamente. 

María se queda pensativa. Sentada en la piedra. 

 

María. — ¿Yo misma lo hice?

 

Cambia la escena. La iluminación es ahora blanca y nos indica que estamos en una Clínica. Concretamente en el consultorio de un psiquiatra. María se va cambiando en el escenario, y sustituye su vestido provocativo por un vestuario sencillo y cotidiano.  Ahora retoma su verdadera identidad: Es Mónica en la sala de espera de un psiquiatra.

 

Mónica. — Otra vez tarde. Puedo tener una crisis psicótica, haberme quedado sin medicamento o haber asesinado a alguien, y este señor no me recibe.

Psiquiatra. — (Abriendo la puerta) Puede pasar, Mónica.

Mónica. — ¿Ya era hora, no cree?

Psiquiatra. — Veo que ha tomado sus medicamentos, la noto mejor. ¿No la han visitado los demonios?

Mónica. — Ángeles, demonios... creo que la Virgen misma y… y… una mi tía muy extraña. Quería que me arrepintiera.

Psiquiatra. — ¿Qué has tomado hoy?

Mónica. — Lo de siempre. Tuve experiencias muy vívidas, doctor. Colores, olores... no me llamaba Mónica, me llamaba María. Pero me di cuenta de que no soy culpable de nada. No tengo que rendir cuentas a nadie.

Psiquiatra. — Eso es un gran progreso.

Mónica. — Voy a ejercer mi libre albedrío. Quiero estudiar ciencias.

Psiquiatra. — Una buena elección. Pero antes vas a tomar tus fármacos nuevos, sin efectos secundarios.

Mónica. — ¿Me lo asegura? Está bien, confío en usted. Es una buena persona, doctor Lavín.

Psiquiatra. — (Dándole el vaso de agua) Estarás libre de alucinaciones.

Mónica. — (Ansiosa) ¿Libre? ¿Por qué me dice eso? ¿Usted cómo se llama? Dígame que no se llama Azmodán.

Psiquiatra. — No, María. Mi nombre es Carlos. Soy el doctor Carlos Lavín. Toma tu medicamento... María.

 

Mónica se queda paralizada. El Psiquiatra la ve con expresión neutra. Mónica queda sola bajo un cenital, cierra los ojos.

 

Mónica. — Mi nombre es Mónica, Doctor, no me llamo María.

Psiquiatra. — Sí, lo sé, discúlpame, es que tú me dijiste que te llamaban así.

 

Mónica acepta finalmente el medicamento con el vaso de agua. Bebe. Mira intensamente al doctor, buscando desesperadamente confirmación profesional.

 

Mónica. — Ya, doctor. Estoy segura de que me voy a sentir mejor. Estoy segura de que esta vez... (su voz flaquea) ... esta vez todo va a estar bien.

 

El Psiquiatra sostiene su mirada. Su expresión, antes neutra y profesional, se suaviza en una sonrisa que es, al mismo tiempo, reconfortante y helada. Un silencio espeso llena la sala de espera clínica, que parece desvanecerse en la oscuridad del bosque.

 

Psiquiatra. — De eso estoy absolutamente seguro... María.

 

El nombre resuena en la sala, claro y deliberado. No parece ahora un error de su memoria. El Psiquiatra se levanta lentamente, manteniendo su sonrisa sutil y su mirada fija en Mónica.

 

Psiquiatra. — (Su voz ha cambiado; sigue siendo suave, pero ahora tiene un matiz de posesión que no es de este mundo) Te vas a sentir mucho mejor. Ya nadie te va a molestar, querida… María.

 

Sin apartar la vista de ella, el Psiquiatra se aleja, saliendo de escena con un paso que parece tener la misma cojera leve y jorobada que Azmodán, o quizás es solo el cansancio de un largo turno. El decorado de la clínica desaparece por completo, dejando a Mónica sola bajo un cenital estrecho en la oscuridad.

Ella mira el vaso vacío en su mano, luego hacia donde se fue el doctor. Su rostro es una máscara de duda, terror y, quizás, una extraña y resignada aceptación.

Cierra los ojos. La luz cenital se apaga lentamente hasta llegar a un profundo…

 

Oscuro final.

 

 




 

 

El último vals del Duque Job (El imperio de porcelana) Comedia anti-histórica sobre México en un acto.

   

 

 


 

El último vals del Duque Job                                   

(El imperio de porcelana)

Comedia anti-histórica sobre México en un acto.

 

por Benjamín Gavarre


 

 


 



 © INDAUTOR

Cd. De México

©  BENJAMÍN GAVARRE SILVA

Contact: bengavarre@gmail.com

gavarreunam@gmail.com



 

 


GUÍA PARA UN LIMBO MEXICANO

 

(Material de apoyo para el lector y el espectador más allá de las fronteras de México, que desea un poco de contexto, si es que se requiere).

Para entrar en este salón violeta, es necesario entender que México es un país construido sobre capas de máscaras. Esta obra sucede, en una supuesta y anti-histórica noche del 31 de diciembre de 1899, un instante donde la elegancia "afrancesada" del siglo XIX está a punto de ser estallada por la sangre revolucionaria del XX.

 

1. El Contexto: El Porfiriato (1876–1911)

Durante más de 30 años, el General Porfirio Díaz gobernó México bajo el lema "Orden y Progreso". Su obsesión era convertir a México en una "Pequeña París".

 

·       El Blanqueamiento: Fue literal y metafórico. En los retratos oficiales, los rasgos indígenas de Díaz se suavizaban y su piel se "aclaraba" con polvos de arroz para lucir más europeo.

·       La Belle Époque: La élite mexicana hablaba francés, vestía seda de Lyon e ignoraba la realidad de un pueblo que moría de hambre en las haciendas.

 


2. Glosario de Sombras (Quién es quién)

Personaje

Realidad Histórica

Función en la Obra

Duque Job

Manuel Gutiérrez Nájera, poeta y cronista brillante. Fundó el Modernismo en México.

El anfitrión. Representa al intelectual refinado que muere de nostalgia por una Europa que no le pertenece.

Juventino Rosas

Prodigio de origen otomí, compositor del vals Sobre las Olas.

La tragedia del genio mexicano. Su obra era tan perfecta que en Europa se creía compuesta por un austriaco.

La Güera Rodríguez

Aristócrata y seductora que vivió la Independencia. Amiga de Humboldt y Bolívar.

El poder detrás del abanico. Representa la astucia criolla que sabe que la imagen es una herramienta política.

Los 41 y la Crujía J

En 1901, la policía asaltó un baile de 42 hombres, la mitad vestidos de mujer. Uno escapó: el yerno de Porfirio Díaz.

El origen de la palabra "joto". Viene de la celda "J" de la cárcel de Lecumberri donde encerraron a los detenidos.

Margarita y Carmelita

Esposas de Juárez y Díaz, respectivamente.

Representan el cerebro estratégico detrás de los caudillos. Carmelita "curó" la imagen de Díaz; Margarita financió la República de Juárez.


 

3. Simbolismos y Anacronismos Críticos

 

·       La Calavera de Azúcar: Mientras los modernistas riman con "rosas" y "mármol"; “perlas y rubíes”, la identidad mexicana es una calavera de azúcar: dulce por fuera, muerte por dentro. Es el símbolo máximo del Día de Muertos.

·       El Ypiranga: El barco real que llevó a Porfirio Díaz al exilio en París en 1911. En la obra, funciona como el transporte hacia el olvido.

·       La Malinche (Malintzin): Tachada históricamente de traidora por ser la intérprete de Cortés, ella es en realidad la madre del mestizaje. Su presencia en el salón es la verdad indígena que los "blanqueados" no quieren ver.


 

4. Nota sobre el Lenguaje

La obra utiliza un contraste entre la rima modernista (elevada, estética) y el caló de carpa de La Trujis (popular, mordaz). Esta dicotomía es la esencia de México: un país que intenta hablar francés pero que siempre termina gritando… ¡que chinguen a su mauser! …Como lo harán durante la Revolución Mexicana.


 

El último vals del Duque Job                                   

(El imperio de porcelana)

 

por Benjamín Gavarre


 

Sinopsis: En un salón violeta donde el tiempo se ha detenido, la élite del siglo XIX mexicano celebra su propia decadencia. Mientras el Duque Job rima versos de seda y Juventino Rosas arranca notas de un piano ensangrentado, las sombras de la historia —desde La Malinche hasta Maximiliano— se cuelan en la fiesta para ajustar cuentas. Entre copas de champaña rancia y el eco de los 41, los fantasmas del poder descubren que el maquillaje no puede ocultar el estruendo de los machetes que ya golpean a la puerta. Una comedia de humor negro sobre el país que quiso ser París y despertó siendo México.

 

El último vals del Duque Job es una pieza de teatro histórico anacrónico que explora el colapso del Porfiriato a través de un diálogo espectral. En la casa del poeta Manuel Gutiérrez Nájera, personajes icónicos de diversas eras convergen para diseccionar la identidad nacional, el racismo sistémico y la herencia del poder. Mediante una narrativa cargada de sátira y acciones escénicas simbólicas, la obra confronta la elegancia estética de la "Belle Époque" mexicana con la violencia social que gestó la Revolución. Es el retrato de un siglo que se resiste a morir y un futuro que llega para cobrar la cuenta.

 

Todo sucede en salón exquisito y decadente, un piano herido y una élite que se maquilla para su propio funeral. El último vals del Duque Job reúne personajes de distintas épocas a poetas, dictadores y emperadores en una última noche de bohemia antes de que el siglo XX los barra de la historia. Una obra donde los rumores son la única verdad, la patria es un disfraz que no ajusta y el último vals se baila al ritmo de la carabinas y los fusiles.

 

 

EL ÚLTIMO VALS DEL DUQUE JOB

 

Una comedia anti-histórica en un acto

 

PERSONAJES:

 

 

•      EL DUQUE JOB (Gutiérrez Nájera): El esteta del naufragio. Un hombre que intenta salvar la belleza a través del ritmo, mientras su cuerpo (y su nariz monumental) le recuerdan su mundo terrenal. Es el director de una orquesta que toca mientras el barco se hunde.

•      LA TRUJIS (Emilia Trujillo): La voz del subsuelo. Tiple de carpa y reina del teatro de revista popular. Ella es la "anti-musa": mientras los poetas sueñan con Francia, ella conoce el precio del kilo de carne y el olor del aguardiente. Es el cable a tierra; la que quita la máscara porque ella vive de las caras que la gente pone en la oscuridad del teatro.

•      LA MALINCHE (Malintzin): La traductora del destino. No es una víctima, es la dueña de la lengua. Observa el desfile de hombres poderosos con la paciencia de quien vio nacer un mundo y ahora lo ve pudrirse con elegancia.

•      LA GÜERA RODRÍGUEZ: El erotismo del poder. Representa la astucia criolla que sabe que en México la imagen es la primera línea de batalla. Su obsesión con el polvo de arroz no es vanidad, es una armadura política.

  • JUVENTINO ROSAS: El genio invisible. Representa el arte mexicano que solo es validado cuando regresa con sello europeo. Su piano es un confesionario de madera. El alma de México vendida por diez pesos.

•       

·    MANUEL ACUÑA: El mártir de la idea. Representa el romanticismo suicida a sus intensos 24 años.

·    BENITO JUÁREZ: La ley de granito, la justa medianía y levita negra.

·    MAXIMILIANO DE HABSBURGO: El archiduque de los sueños rotos y uniforme de gala.

·    CARLOTA, LA EFÍMERA EMPERATRIZ: Ya tocada por la temprana locura y antes de regresar a su larga vida en Bélgica, su país de origen.

 

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ESCENA 1: EL SALÓN VIOLETA

(Salón de Manuel Gutiérrez Nájera. Lujo rancio, polvo dorado y olor a nardos podridos. JUVENTINO toca una sola nota al piano, rítmica, como si contara centavos).

DUQUE JOB: (Contempla su copa de vino tinto). Bebamos, señores. El siglo se nos muere entre los dedos como una virgen tuberculosa. (Saca un pañuelo de encaje y limpia frenéticamente una mancha de lodo en su bota de seda). Mírennos: usamos encajes para ocultar la lepra de la desidia. Maquillamos al General para que el mundo no vea al guerrillero de Oaxaca, sino a un Luis XIV de huarache pulido.

LA GÜERA: (Abanicándose con furia mientras se aplica polvos de arroz hasta parecer un cadáver). El maquillaje es la única política estable de este país, Manuel. Carmelita Romero Rubio no es una esposa; es la jefa de imagen de una nación aterrada de su propia sombra. (Le da un manotazo al aire). Ella le puso el guante de seda a Porfirio para que nadie note que sus manos todavía huelen a pólvora y a tierra roja.

ITURBIDE: (De pie sobre un banco, ajustándose una banda imperial deshilachada). ¿Y qué es la patria, sino un disfraz que no nos ajusta? Yo me puse una corona y me llamaron traidor. Juárez se puso una levita negra y reformó las leyes, aunque no le caía bien a todo el mundo, y menos a la Iglesia. (Pierde el equilibrio y baja con torpeza). Con todo, por debajo de nuestros trapitos, todos estamos desnudos, esperando que la historia nos perdone.


ESCENA 2: EL PRECIO DEL TALENTO

(LA TRUJIS se sirve coñac directamente de la botella y deja un billete de diez pesos arrugado sobre las teclas del piano).

LA TRUJIS: La historia no perdona, Agustín; la historia cobra. Mírenlo a Juventino. Su música tuvo que viajar al Danubio para que aquí le permitieran entrar por la puerta grande. En México, para ser genio, primero hay que parecer extranjero.

JUVENTINO: (Sin dejar de tocar, su dedo ensangrentado mancha una tecla blanca). Diez pesos me pagaron por mi más famoso vals, y sí, vivimos sobre las olas, y a veces bajo las malditas olas. Ese es el precio de mi alma, diez pesitos. No se engañen: el vals no es francés, ni austriaco. Es el llanto de un mexican curious que aprendió a escribir en el idioma de los que lo desprecian.

(Aparece MANUEL ACUÑA de entre las cortinas, con una mancha azul violácea en el labio y un frasco de botica vacío).

MANUEL ACUÑA: (Apaga la vela del piano con un soplido). Pues bien, yo necesito decirte que te quiero… decirte que te adoro con todo el corazón… Mis versos me preceden…  Pero y qué importa ser recordado por unos versitos, si el destino es un despropósito? Yo morí por un amor que era un símbolo de esta tierra: hermoso, esquivo y cruel. El romanticismo no es un género, Duque; es el suicidio de un país que prefiere morir de un suspiro que vivir de un tajo.


ESCENA 3: LAS VISITANTES DE LA MEMORIA

(Un estruendo lejano sacude el salón: el silbato de una locomotora. Los personajes del 1800 se quedan congelados en un cuadro sepia. De detrás de un biombo aparecen LA MALINCHE y CARLOTA. Carlota lleva ramitas de ahuehuete en el pelo; La Malinche, una falda mazahua morada con espejitos redondos).

CARLOTA: (Usa un monóculo para inspeccionar a La Güera). ¡Por los clavos de Maximiliano! ¿Qué es esto, Malintzin? ¿Una nación o una pastelería francesa? A esta mujer le han puesto tanta harina en la cara que si estornuda, horneamos un croissant.

LA MALINCHE: (Se limpia las manos en el vestido de seda de Carlota). Es lo que tú querías, ¿no, "Mamá Carlota"? Blanqueamiento. Europa enlatada. Mira al Duque... tiene los pulmones de seda y el corazón de nopal podrido.

CARLOTA: (Arrebata una copa vacía al Duque). ¡Yo quería un Imperio de mármol y anchas avenidas! No esta kermés de tísicos pretenciosos. Juventino toca como si le debiera dinero a la muerte.

LA MALINCHE: (Se sienta junto a Juventino y le sopla la nuca). Este vals es de lo mejor que hemos hecho los mexicanos, aunque me muerda la lengua, porque dicen que soy muy malinchista. Yo sí quiero a México y los mexicanos, pero sin imperios débiles… No te ofendas, pero tu reinado fue un fiasco de opereta, y el supuesto imperio de Iturbide fue la corte de los ilusos, como bien dicen. Yo escojo el tiempo que me tocó, aunque me odien, y prefiero a mi gachupín chaparrito y ponedor... al menos él sabía que para conquistar esta tierra no se necesitaba de etiqueta, se necesitaron trescientos años, mucha sangre, conciliación y buenas traductoras.

 

(CARLOTA se arranca un mechón de pelo blanco y lo deja sobre el hombro del Duque como una medalla. Se abraza a sí misma).

CARLOTA:  Déjame, me insulta tu presencia india pata rajada, me diste toloache, méndiga, traidora dos veces… La ven, es un demonio… y no me veas así que no estoy loca! ¡No estoy loca! ¡Me oyes, pérfida mujer!

LA MALINCHE: (La tranquiliza con una calma brutal). Ya, manita... no estás loca, solo estás un poco histérica. Vámonos de aquí, que este salón huele a velorio de lujo. (Le roba el pañuelo al Duque para limpiar a Carlota mientras se la lleva a las sombras). Ya pasó, ya pasó, vamos a que tomes tu barco… es el primero de dos barcos…


ESCENA 4: LOS PADRES DEL CONFLICTO

(La humareda de la locomotora invade el salón. De entre el vapor emergen BENITO JUÁREZ… (con su levita negra llena de polvo y una maleta que indica un largo viaje en su famoso carruaje) y MAXIMILIANO DE HABSBURGO, con un agujero de bala impecable en su uniforme de gala. Vienen del brazo, tropezando con los muebles).

JUÁREZ: (Abanicándose con un Código de Leyes). ¡Qué calor hace en este siglo, Maximiliano! En este salón ornamentado han dejado las ventanas cerradas tanto tiempo que el aire ya sabe a decadencia fermentada.

MAXIMILIANO: (Inspeccionando con asco la banda imperial de ITURBIDE). Es el olor del orden y el progreso, Benito. A ti te gustaba el orden y la austeridad, ¿no? Pues mira: el país se convirtió en una torre de marfil con perlitas y princesitas afrancesadas… No quisieron a todo un archiduque, ah, pero qué tal tuvieron que soportar a su general estiradito y blanqueadito que quiso parecerse a mí

JUÁREZ: (Le quita un puro de la oreja a Maximiliano). El orden sin justicia es una falta de respeto. Estos modernistas (Señala al Duque). Tienen los ojos en París y los pies en el aire. Yo les di Leyes y ellos se dedicaron a bailar sobre las olas.

MAXIMILIANO: (Sentándose en la tapa del piano de JUVENTINO, provocando una nota sorda). Ya ves, "Benito". Si tu no hubieras muerto tal vez habrías ocupado el poder unos treinta años, como Porfirio. Serías el dictador Benito, y a ti sí habría que haberte lavado la cara con lejía para blanquearte, ja, ja… Con todo respeto. (Juárez pone una cara de indignación total y Maximiliano cambia de tema) ¡Juventino, toca algo con alegre! Parece que estamos en el entierro de tu mami.

JUÁREZ: Yo habría buscado la justa medianía.

(Juventino parece escuchar a Maximiliano y toca el vals el Murciélago.

MAXIMILIANO: Eso es, mucho mejor… ¿Decía usted, mister Benitou? ¿Es cierto que hizo un pacto con los gringous?


 

ESCENA 5: EL DIÁLOGO DE LAS SOMBRAS PODEROSAS

(Entra SANTA ANNA cojeando rítmicamente: clac-pum, clac-pum. Y aparte, en un rincón, un hombre con una máscara de cera rígida de PORFIRIO DÍAZ observa todo en inquietante silencio).

 

SANTA ANNA: (Golpeando el piano con su pata de palo). ¡Basta de rimas, poetas amanerados! El poder no es adornitos ni musiquita de maricas, es voluntad. Yo vendí la mitad del mapa para que la otra mitad tuviera un nombre. Me llamaron "Alteza Serenísima", y aunque hoy me llamen traidor, nadie puede negar que este suelo mejoró gracias a de mis espuelas.

LA GÜERA: (Arrebatándole el bastón a Santa Anna). Lo que mejoró fueron las deudas, Antonio. México Juárez resistió, gracias a sus leyes, y gracias a Margarita. Las mujeres hemos salvado a la República. Los hombres dan puros gritos, pero las mujeres cargamos los fusiles del sentido común.

LA TRUJIS: (Ajustándole los guantes al PORFIRIO enmascarado con fuerza bruta). Así es. Las mujeres rifan.  Porfirio no da un paso sin que Carmelita le revise el nudo de la corbata. Ella inventó la aristocracia mexicana y aplastó las rebeliones. Lo que llaman "Orden y Progreso" es solo el silencio que Carmelita imponía en sus afrancesadas cenas.

DUQUE JOB: (Con una sonrisa triste). No entiendo… Me dicen afrancesado como si fuera un defecto. Pero mi poesía es original, es totalmente "Duque Job"… Y me respalda nada menos que Rubén Darío, ¿lo conocen? Es el más importante modernista. Nuestra poesía es como el México de don Porfirio: demasiado grande para ignorarla y demasiado culta para la chusma. (Susurra a la máscara). Pero hay algo que me inquieta… Oigo el chisme, oigo la risa... y oigo el enojo de los más morenos y el crujir de los huesos del pacífico porfiriato.


ESCENA 6: LA MÁSCARA SE ROMPE

(PORFIRIO se pone de pie bruscamente. Su voz suena metálica tras la cera).

PORFIRIO: ¡Ya me tiene harto! ¡Ya cállense! Me tienen la cabeza como si estuviera dentro de campana de Dolores. ¿Chisme? ¿Risa? Lo que oyen es el motor de un país que yo aceité con mi propia sangre porque ustedes solo sirven para rimar "rosa" con "mariposa" y “aleta, con veleta”. (Le patea la pata de palo a SANTA ANNA). ¡Yo civilicé a este pueblo a puros pan y palo, a censura estricta a fusilamientos antes del desayuno y a una muy divertida ley fuga!

LA TRUJIS: (Acercándose a ITURBIDE con malicia). No, sí, claro, el muy talquiado don Porfirio era un soberano cabrón… Pero escuche mi querido don Perpetuo, tan machín…  Sí sabía que su yerno, Nachito de la Torre, acabó con sus ínfulas de pan y palo… y sobre todo no dio una lección de historia más grande que un gran palo. El baile de los 41 más que una celebración de colores; es la grieta en su moral de porcelana parisina. De la Crujía J de Lecumberri nacerá un nombre para insultar a los que elegantes, frágiles y prohibidos. ¡Salud por los jotos de alcurnia! Ah, qué machín, no, ah qué machín, ja, ja.

 

(PORFIRIO se arranca la máscara. Debajo es una calavera de azúcar con bigotes de plata).

 

PORFIRIO: ¡Me voy! No tolero tanta falta de respeto y tanto insulto, y no soporto el olor a perfume barato de este salón. Les dejo la paz, señores... Que la paz de los sepulcros esté con ustedes.


 

ESCENA 7: LA PREMONICIÓN DEL EXILIO (VERSIÓN ÁCIDA)

(PORFIRIO camina hacia la salida con la máscara en la mano, tratando de mantener una postura gallarda. LA MALINCHE aparece de la nada y le pone el filo del cuchillo de obsidiana justo en la bragueta de su uniforme lleno de medallas. Él se congela).

LA MALINCHE: (Con una sonrisa felina) ¡Momentito, General! No corra, que las medallas le tintinean como cascabeles de miedo. El mar ya le está lamiendo las botas, y no es para limpiarlas. Veo un barco llamado Ypiranga. Te llevará a una ciudad donde los muertos hablan francés de verdad, no ese balbuceo que usted ensaya frente al espejo.

(LA MALINCHE usa la punta del cuchillo para levantarle la barbilla a PORFIRIO).

LA MALINCHE: Allá nadie te conocerá por tus batallas, sino por tus estatuas rotas que servirán para rellenar baches. Morirás mirando el horizonte, esperando un perdón que el mar no te va a traer, porque el agua salada no lava la sangre de los mayas que vendiste como esclavos. ¡Buen viaje, Don Perfidio!

CARLOTA: (Riendo con una mueca desencajada mientras se limpia los dientes con una espina de maguey) ¡Bienvenido al club de los desterrados, Porfirio! El exilio es la única democracia que inventamos: todos acabamos siendo fantasmas en hoteles y castillos que no podemos pagar. Verás a México volverse pequeño desde la popa, como un pañuelo sucio que se agita en el puerto para despedir a un pariente muy incómodo. ¡El siglo XX es una bestia de hierro que no come héroes, come gasolina y escupe smog!

JUÁREZ: (Acomodándose el sombrero de copa, que ahora le queda un poco grande). El siglo XX será un mercado, Maximiliano. Cambiarán el fusil por el micrófono y la bayoneta por la mercadotecnia. (Señala al público con un dedo acusador). Veo un México de asfalto donde el indio seguirá siendo invisible, pero ahora tendrá un número de serie, una tarjeta de crédito con intereses eternos y una credencial para votar por el que mejor mienta en la televisión. ¡La ley será un chiste de tres actos!

MAXIMILIANO: (Buscando algo en sus bolsillos vacíos). ¿O sea que mi fusilamiento fue solo un error de edición, Benito? ¡Qué desperdicio de pólvora!

LA MALINCHE: (Le arranca la última medalla del pecho a Porfirio con un tirón que le desgarra la casaca). ¡Quédatelo, Max! Tu fusilamiento fue el estreno de esta gran farsa. (A Porfirio, al oído). Tu "Orden" será una nostalgia de viejos amargados y tu "Progreso" será una fila eterna bajo el sol, esperando un camión que nunca llega y que, cuando llegue, no tendrá frenos. El siglo XX no es un siglo, Don Porfirio... es una herida que ustedes abrieron y que ahora van a heredarle a los que ni siquiera han nacido. (Empuja a PORFIRIO hacia la niebla).


(LA MALINCHE le da un empujón a PORFIRIO hacia la oscuridad del fondo. Él tropieza y se pierde en la niebla mientras ella limpia su cuchillo en el aire, como si cortara el tiempo).

LA MALINCHE: (Al Duque Job) ¡Toca, Duque! Toca antes de que el siglo XX nos cobre el cover por entrar a nuestro propio entierro.



ESCENA 8: EL NAUFRAGIO DEL 1800 (FINAL)

 

(Tras el empujón de LA MALINCHE, PORFIRIO desaparece en la niebla. Un sonido de tensión y presagio llena la escena. Las luces enloquecen. JUVENTINO se levanta del banco del piano. No camina, se arrastra hacia el instrumento y, con un grito animal, golpea las cuerdas internas con un mazo de madera que saca de su ropa).

 

JUVENTINO: (Gritando con los ojos en blanco) ¡Ya están en la puerta! ¡Huelen a pólvora y a sudor de tres décadas! No vienen a pedir permiso, Duque, ¡vienen a cobrarse el aire que respiramos!

 

(Un estruendo de vidrios rotos. LA GÜERA y LA TRUJIS, en un trance maníaco, empiezan a volcar los muebles pesados. El salón violeta se convierte en una barricada de lujo. El polvo de arroz vuela por el aire como una neblina de guerra).

 

DUQUE JOB: (Se sube a la mesa tambaleante, con una copa de champaña que rebosa un líquido espeso y negro). ¡Que vengan! ¡Que encuentren este salón lleno de versos muertos y copas vacías! (Su voz se quiebra pero brilla). Por el siglo que se nos pudre en las manos y por el que viene a escupir sobre nuestras tumbas francesas. ¡Salud, caballeros! ¡Salud por los 41 y por la sombra de la traición!

 

MANUEL ACUÑA: (Aparece detrás del Duque, sosteniendo un candelabro cuyas velas gotean sangre en lugar de cera). ¡VIVA LA ILUSIÓN! ¡VIVA EL VENENO QUE NOS HACE ETERNOS!

(El DUQUE JOB arroja su copa contra el retrato partido de Porfirio. En ese instante, el sonido de la locomotora se transforma en un coro de miles de voces gritando "¡ESTAMOS AQUÍ! ¡QUEREMOS JUSTICIA y LIBERTAD!" mezclado con el choque rítmico de machetes contra el mármol).

JUÁREZ: (Desde la sombra, con una calma glacial). El tiempo de la tinta se acabó. Empieza el tiempo del plomo y la sangre derramada.

(MAXIMILIANO y JUÁREZ se dan la espalda y caminan hacia los extremos opuestos del escenario. JUVENTINO lanza un último acorde disonante, un estruendo que suena a piano cayendo por un precipicio. Las luces blancas del techo estallan una por una).

DUQUE JOB: (Al público, justo antes de la oscuridad total). ¡No pedimos perdón! ¡No somos pan y palo como don Porfirio! ¡Nosotros inventamos la gracia y el olvido!

LA MALINCHE: (En el centro, sosteniendo la cabeza de azúcar). ¡Baila, México! Que el último en morir apague la luna.

 

(OSCURIDAD TOTAL.)

 

(Un último trueno ensordecedor. El escenario queda en una penumbra roja sangre. Se ve la silueta de LA MALINCHE en el centro, sosteniendo la cabeza de azúcar de Porfirio como un trofeo de guerra).

 

(OSCURIDAD TOTAL)

(En el silencio absoluto, se escucha el eco metálico y burlón que atraviesa los siglos...)

 

CLAC... CLAC... CLAC...

 

(El sonido de la pata de palo de Santa Anna alejándose hacia el patio de butacas).

 

TELÓN RÁPIDO