jueves, 28 de julio de 2022

   


 



Sarita Amor

Monólogo 

 

de Benjamín Gavarre.

 

 

Personaje: 

Sarita Amor 

 

Camerino de Sarita Amor. 

Vemos a Sarita Amor antes de salir al escenario. Mientras se arregla y se maquilla da una entrevista exclusiva al programa estelar de “una importante cadena de televisión”.  

 

La Novia Santa les dijo a ustedes, los de la tele, después de tanto andar tras las autoridades, después de cansarse, pues fue a la tele, ya se sabe. Ella les contó sobre la Casa de rehabilitación “Impulsando tu vida hacia adelante”. A mí me ingresaron… una “supuesta tía” …, un examante la verdad, pagó la primera mensualidad… Llegó a pagar sus nueve mil del primer mes y, después, se desentendió, como hacían muchos. Me abandonó. Me dejó ahí, encerrada, para ver si me “curaban”, a la buena de Dios, o lo que es peor, en las manos de Adelaida. 

Ella, la tal Adelaida, se ocupaba de las muchachas aspirantes del servicio social, las asistentes, las voluntarias, las enfermeras según ellas. Las controlaba. A Lucrecia, a Carmela, a Natalia. Las ponía a concursar… Nada más las ponía a girar, les prometía que iban a encargarse de las pacientes de la sala principal, como si eso fuera un premio, y desde luego no había pago, nunca les daba dinero, ni otro beneficio. Eso sí, las nombraba encargadas de la sala principal, así como cuando nombran a algunos directores de planta, o gerentes generales de nada… 

Adelaida era bien manipuladora, les hacía promesas de que como encargadas de la sala de pacientes también estarían a cargo de las compras, de las donaciones… y pues de ahí… podían quedarse ya sea con un pedazo de pastel, una botella de leche, un jabón. Todo lo que estaba destinado a las internas… toda clase de cosas que por supuesto, las pacientes nunca veían. 

De la casa… por fuera no se ve gran cosa. Es como de esas que hay muchas en Las Bugambilias. Casa grande con un patio lo que se dice patio, y una barda no muy alta, pero con alambre de púas. Abajo está una sala grande, pero no tan grande como para tantos catres que había de noche. Abajo también estaba la cocina, la bodega para las donaciones y el mugriento baño para nosotras. Arriba, tres recámaras, uno para visitas, y los otros para los señores y para el hijito de los señores. 

En la sala de “las Internas” había de todo, así, mezcladas.  Ellas, más de veinte mujeres de todas las edades, uniformadas con andrajos, entraban, cada una de ellas, cargando su propio catre y cobija. Se instalaban, dirigidas por la muy, muy seria mirada de Natalia, la nueva Encargada, la que ganó el concurso de Adelaida cuando las puso a girar a todas ellas, a las enfermeras, o cuidadoras voluntarias, según esto… Natalia era muy mala persona, muy fuerte ella y solita bastaba para hacernos entrar el aro, como si fuéramos cabras, en el rebaño de puras mujeres que íbamos a pasar la noche en el maravilloso hotel del nombrecito que parecía una mala broma: “Impulsando tu vida hacia adelante”. 

Una que no era asistente, no era enfermera, tampoco estaba encargada… entonces qué cosa era… pues ella se llamaba… No… de verdad nunca supe su nombre, ni tampoco estuve nunca muy segura de cuál era su función en esa casa. Le decían la Novia Santa… pero… las malas lenguas que siempre hay, ya se sabe… le decían la Novia de Ella… y bueno… lo que hacía supuestamente era darles consuelo espiritual a las pacientes. Nunca supe muy bien cómo. Nunca le dio consuelo espiritual a ninguna, no al menos que yo me diera cuenta. No delante de mí. A mí como que me tenía miedo, o a veces pienso que entre miedo y algo más que no sé cómo definir. Se me quedaba viendo mucho, pues. 

La Novia… era su hermana, y a pesar de ser parientes, Adelaida no la soportaba tanto, pero nunca se decidió a mandarla lejos de “Impulsando tu vida hacia adelante”. 

Una vez recuerdo, yo estaba como entre sueños… ya saben… Y mientras las internas “instalaban” … sus “dormitorios”, es decir mientras se preparaban para dormir en la sala de internas con sus catres y sus cobijas… pues mientras las internas ya se disponían a pasar la noche, pues que la Novia de ella se me acerca con una silla especialmente destinada a mí y me pide que me siente. Todo era muy irreal, como un sueño, y de repente las internas se quitan sus andrajos y se ponen ropita fina, una que les había traído la Novia. A mí me tocó también, y era ropa de lo mejor… no como la que tenían las demás que parecían muñecas raras con ropita nueva. Pero seguían siendo mujeres en desgracia, drogadictas, chicas abandonadas, como fantasmas, como un grupo de pordioseras lastimadas, violadas, sin futuro claro, sin salida… pero eso sí, con ropa reluciente, con olor a jabón. 

Mientras yo estaba sentada, la Novia me peinaba casi con devoción. Mi cabello era largo y aunque no tan cuidado como lo tengo ahora, todavía conservaba su color característico… aunque debo decir que sí… olía muy mal.  La Novia me hablaba al oído… Yo pensé que me quería hacer algo más aparte de peinarme… pero no. Me hablaba quedito y me decía que toda la sala apestaba. Me decía: “Cuando entras aquí todo huele a puritita mierda, a sangre menstrual, a encierro, a desesperación, a olvido. Huele pero, pero mucho peor que baño de hombres, huele peor que un mingitorio, huele como mil partes pudendas de cadáveres rancios.” Y luego, pues ya… dejaba de peinarme y se iba.  

La Novia… como que me agarró de su confidente, o como que yo le gustaba… pero nunca me trató ni de seducir ni nada… Eso sí, como que me daba clase… “Las mujeres en ese mundo dejado de la mano de Dios son de dos clases” … Cuando decía eso sí como que parecía Santa, o maestra de primaria: “las drogadictas, las locas y las niñas que mandaron sus padres que porque habían salido con su domingo siete”. Entonces eran de tres clases, pensaba yo, pero ni que la fuera a contradecir. Yo creo que además de ser la Novia Santa, era la Novia loca... Y continuaba y ahora sí que se corregía y no eran de dos clases… decía… “O son de más clases, porque están todas mezcladas, todas arrojadas como cuerpos en el infierno, todas en el cuarto grande, muy grande sí, pero que no alcanzaba para que tantas mujeres se durmieran ahí como pudieran, unas pegadas con las otras, untadas, nalga con nalga, trapo rancio junto a baba lechosa, espanto con miseria, miseria con olvido. Turnándose, cuando podían, para equilibrar los dolores del cuerpo, para que no tuvieran esa sensación de estar todas jodidas durante toda la noche.” Yo la escuchaba casi con devoción… Sí entendía por qué le decían la Santa, pero lo que sí yo pienso es que era más que santa… lesbiana. 

 Eran a veces veinte mujeres, a veces parecían más de cuarenta. Drogadictas, esquizofrénicas, autistas y hasta enfermas terminales. “El camino de tu vida” … daba, supuestamente, apoyo para mujeres drogadictas, pero había toda clase de casos, sobre todo mujeres con problemas a las que nadie quería en sus casas, niñas que abortaron o en vías de abortar, viejas alcohólicas, viejas con demencia senil, todas metidas en el mismo costal.   

¿Cómo se mantenía la casa? Mira, las autoridades no daban apoyo. A los familiares no les alcanzaba el dinero o francamente desaparecían. Se echaban a correr una vez que se habían deshecho de “su problema”. “Impulsando tu vida hacia adelante” se mantenía con la ayuda de las buenas conciencias, los importantes que dan pan de desecho, pero fino, eso sí. De pastelerías de prestigio que se deshacían de lo que no se vendió, pan fino y alguna vez caro. Lo mismo había donaciones de jugos, refrescos, latas, galletas… Todo lo que nunca veíamos y que inmediatamente revendía Adelaida. 

Ella se mostraba al exterior como una gran benefactora de la humanidad, sin que nadie pusiera en duda sus intenciones de ayudar a las desventuradas, pero a nosotras nos daba nada más tortillas verdes y una cucharada de mantequilla con un poco de agua de pipa, y nunca nos daba de los jugos buenos, caducados, pero buenos.  

¿Qué es el agua de pipa? Suena gracioso, ¿no?… O por lo menos raro. Es el agua con la que nos manteníamos siempre bien enfermas. Si yo no sabía cómo era esa agua. La traían uno que otro día en algo así como camiones, contenedores, sí… grandes tanques llenos que ahora yo sé que les llaman pipas. Y ésa es el agua que tomábamos porque no había otra, porque hasta Las Bugambilias no sube el agua normal, de las tuberías, porque no hay suficiente presión, tienes razón, y las muchachas se tenían que tomar esa agua así sin hervir y no sé cómo no nos moríamos todas, que éramos como los perros de la calle que mientras peor vida tienen más aguantan. Y pues no nos moríamos y así vivíamos con diarrea, con fiebre y metiéndonos la coca que nos daba el hijo del Gordo Seboso cada vez que llegaba a molestar. 

 A veces no comíamos nada y seguíamos tomando el agua sucia y no nos podíamos bañar, por lo mismo del agua que estaba racionada, como campo de concentración, me explico... Y no te quiero ni decir lo que pasaba cuando teníamos que ir al baño. 

Adelaida se quedó con esa casa porque se alió con un gordo barrigón que era todo menos guapo. Era feo como un chango y eso sí, panzón, bien panzón agusanado. Lo peor era cuando se ponía a hablar. Contaba cosas horribles de su madre y no le daba pena decirlo.  

Se llamaba, o se llama Gervasio, es un hombre lujurioso. Llegaba y recorría “el dormitorio” como si fuera un supermercado en el que iba a decidir qué llevar. A la mayoría de las muchachas las asustaba y, cuando lo veían, se llevaban sus catres y cobijas. Las pocas que se quedaban lo tocaban como esperando una recompensa. Gervasio escogía a una, le daba un pase y se las llevaba… 

A mí… como que me tenía miedo… o le preocupaba, me imagino que me diera un ataque… Una vez que me “quiso convencer” me puse muy nerviosa y que me privo. Acabé en el suelo y yo pensé que el ... tipejo me quería ayudar… pero no. Las demás me ayudaron. No lo dejaron hacerme daño.  Yo no sé Quién se creía. Se sentía como el jefe de uno de esos como lupanar, harem no sé…, nos quería manejar a todas con coca y con comida, o con mariguana o con lo que fuera.  

Es que nos mataban de hambre… Gervasio se aprovechaba y así sin exagerar quería que le besáramos los pies a cambio de pollo rostizado, o ya se sabe… a cambio de...  Yo nunca caí. Lo juro. 

Bonita celebración, la fiesta de Adelaida. Yo no puedo decir que me acuerdo, pero me contaron que bailé… Sí, como en mis mejores tiempos. Las enfermeras, o asistentes… ellas, las del servicio social me contaron… hubo tequila… y comida… Y Adelaida les echaba en cara todo lo que se metían a sus costillas… Eso sí… Hubo tacos… Uhhh. 

No, no se metía nada. Era su gran orgullo. Había dejado atrás las drogas y los cigarros… los que venden… Ya no fumaba según ella… Lo había dejado todo atrás. 

Yo como la Sarita Amor de antes cuando era famosa por mi cuerpo y mi baile, pues estaba muerta de frío, con calentura, y bailaba mi rutina, la que mejor me salía, cuando estaba en mis mejores tiempos, como en la gloria, ves. Pues sí, me dicen que me entregué a la fiesta, debo de haber estado hasta arriba, o hasta atrás, como quieras, en la gran fiesta de Adelaida.  

Yo bailé… Estaba enferma, me dijeron que me caí en el piso mojado. Pero luego me levanté y me entregué a mi baile. Según esto Adelaida me había pedido como regalo de cumple que yo le bailara, así como cuando lo hacía en la tele, así como ahora… Y me dio de su barbacoa… No lo sé, no me acuerdo… pero me convidó, me dijeron. 

Lo peor es, según supe, que Adelaida y Gervasio estaban como en un trono viéndome bailar. Y Lucrecia, Carmela y Natalia… junto a la mesa que estaba servida con toda clase de tacos de guisado. Adelaida me pedía que bailara y cuando yo lo hacía… me aplaudía. Me decía: “Eres la mismita Sarita Amor en vivo”.  

Siempre hay algo que echa todo a perder… Gervasio el gordo me dijo que como artista ya habían pasado mis mejores tiempos. Gervasio me tomó la medida. Su hijo, Ramirito también era un abusivo. Era igual que su padre.   

Ramirito se la pasaba dentro de su auto convertible, sentado como si fuera a arrancar, así frente al volante, ves, afuera de la casa de Las Bugambilias, afuera, con todo el volumen arriba, le subía a las cinco de sus bocinas. Sus tres amigos siempre estaban cerca de él, apretujados en el asiento de atrás, oyendo reguetón. Cuando llegó “la Nueva”, no le importó a Ramiro que su madre estuviera en la fiestecita. Se metió a su cuarto con sus tres amigos y se pusieron de acuerdo para darle la “bienvenida a “la Nueva”.  

Que si se les pasó la mano. Eso es poco después. Ella era como yo. También sufría de ataques. Y los tres abusaron de ella. Todos borrachísimos, drogados… se le fueron encima. Y a ella le dio el ataque, le dieron las convulsiones como a mí. Y no solo eso. 

Yo sé que la televisora fue muy importante para que todo saliera al aire, y sí, pues hasta en el horario más importante lo pusieron, como si fuera todavía estrella famosa. Así es… hicieron muchas investigaciones para saber en qué condiciones pésimas vivíamos, todo lleno de suciedad. Luego, pues ya se sabe, supieron que yo estaba aquí internada… y vinieron ustedes los de la tele. 

Adelaida se sintió acorralada. Sonó el timbre de “Impulsando tu vida hacia adelante …”, un timbre que dejaba a todos sordos, una chicharra que nos ponía los pelos de punta. Todos estaban así... muy mal. Adelaida daba de gritos: “¡Natalia! ¡Ramiro! ¡Gervasio! ¡Qué pasa!” ... Natalia llegó con su voz como de gansa: “Señora, creo que tiene problemas... Problemas afuera” ... Adelaida no entendía. Natalia le dijo: “¡Afuera está la Televisión! ¡Quieren entrar! ¡También está la Policía!” Adelaida empezó a quejarse de que nadie la ayudaba, gritaba, pedía ayuda a Gervasio… Gritaba: “¡Ramirooo! ¿Yo soy aquí la que resuelve todo? ¿Y Ramiro qué se cree… que por qué no aparece?...  Muy bien. No hacen falta. ¡Aquí no entra nadie si yo no quiero! Me quieren hundir, pero eso sí que no se va a poder”.  

Pero cuando supo que llegaban las cámaras de la tele, entonces sí se puso mal. No les iba a permitir entrar. Tenía todos los permisos en regla… Pero aun así… eran muchos. Quiero decir… Era mucha gente afuera. 

Mandó a Natalia a dar la cara.  A todas nosotras nos amenazó. “Y Ustedes viejas podridas qué me ven. Deberían vivirme agradecidas, como si yo fuera su madre. Yo les doy todo, así que no me vayan a salir con pendejadas. Que no se me queden viendo. Si a alguien se le ocurre pasarse de lanza, ya sabe. Yo nunca me quedo con los brazos cruzados”. 

 

Entró el jefe de la policía. “Buenas noches, señora” ... La saludó.  “Qué pasa aquí. Por qué me vienen a molestar”. Dijo Adelaida… “Hemos recibido noticias de que la señora Sarita Amor se encuentra recluida aquí con muy... En muy mal estado de salud, y se ha dicho que ha sido objeto de maltrato”.  

Y claro… Adelaida negó todo. Les dijo que yo hacía mucho tiempo que había dejado el lugar. Tres meses atrás que ya no estaba. Les dijo puras mentiras, que su casa era de ayuda, de amor a las mujeres que han caído en problemas…  Y pues no lo dejó pasar. 

Se volvieron locos. Trataron de hacerme desaparecer. Según Gervasio me iba a dar unas pastillas para que me estuviera quieta. Me iban a meter en unas cobijas: “¡Está la gente de la tele afuera! ¡Ándale y encobija a Sarita para que no me lleve...! ¡Métele toda la droga que encuentres, unas anfetas, tú sabrás, pero que se quede bien dormida! ¡Dile a Ramiro que te ayude! ¡Métanla en la camioneta y llévensela a donde ya saben! ¡Pero rápido! ¡Limpia todo lo que nos comprometa!  

Los de la tele consiguieron una orden para poder entrar. Sabían que yo estaba ahí. No sabían también que una mujer había sido asesinada.  

Los de “Impulsando tu vida…” querían desaparecernos a las dos mujeres, a mí, todavía viva… y a la muchacha también. Las dos en una camioneta que ya estaba dispuesta para que nos llevaran lejos. 

“Estamos en vivo desde la Casa de Rehabilitación Impulsando tu vida hacia adelante … donde desde hace dos años tienen secuestrada a Sarita Amor”. Fue un escándalo. Adelaida siguió negando todo. Insistía en que me había escapado. Según ella que “no quería que me libraran de esa drogadicción tan terrible en la que estaba”. 

La de la tele no le creyó. Habló a las cámaras de las cosas terribles que pasaban en este lugar. Le dijo a todo el mundo sobre la forma en que nos trataban. Lo mejor de todo fue cuando muy como va y sin que nadie le pudiera decir nada se abrió paso con sus cámaras de televisión. 

Adelaida, según esto, no tenía nada que temer. Y era porque ya habían escondido todo lo malo. No sabía de qué cosas terribles hablaban.  Todo estaba despejado. Parecía que no iba a pasar nada, y pues casi pasa porque llegó la Novia Santa y aquí sí que nos quiso hacer el milagro, porque les dijo: “Vengan. Sarita Amor está aquí, recluida en el cuarto de castigos. Vengan por aquí”. “Adelaida es mi hermana” dijo… “pero ya me cansé de todas las cosas que hace. Vengan. Síganme”. 

Todos entraron a la Casa, las mujeres… las internas… esperanzadas se acercaron… todavía como espectros… se acercaron a la puerta de la entrada, y se quedaron ahí… esperando que las cosas pudieran cambiar...  

¿Y qué pasó después? Pues no… la policía no encontró nada, así es la vida, cómo ves. Encontraron nada más a una vieja gritona y borracha que les hizo ver que habían estado perdiendo su tiempo. No sé cómo le habrán hecho Gervasio y su hijo para que no nos encontraran, pero el caso es que se deshicieron del cuerpo de La Nueva y de mi propio cuerpo. Aparecí un día después en un terreno baldío, metida en un costal donde estaba otro cuerpo. Salí de ahí como pude y vagué por las calles hasta que me desmayé y amanecí en un hospital. Después todo es historia como se sabe. Me ayudaron a rehabilitarme en un lugar maravilloso junto a la playa. Y pues volví al estrellato. Desgraciadamente no me acuerdo del terreno baldío donde había quedado el cuerpo de esa muchacha, de la Nueva. De Adelaida y los de “Impulsando tu vida hacia adelante”, pues no pasó a mayores. Ellos siguen ahí, ahora, después de muchos problemas que tuvieron, gente maldita. Renovaron los permisos, pintaron la casa, lavaron las cobijas y ahora siguen ahí, dando el servicio como sin nada. Se salieron con la suya. Pero tú me disculparás... Tengo que salir al escenario. 

 

Sarita Amor se dispone a salir al escenario. Sale radiante. Quizá demasiado. Baila como una diosa. Se oyen aplausos. Vivas… 

Gracias, gracias por haber venido. Ha sido, es un placer para mí tenerlos esta noche. Gracias mil. Ya saben, ya saben que los quiero mucho. ¡Gracias! 

Se oyen aplausos…cada vez más y más fuertes… Bajan las luces hasta llegar al... 

 

Oscuro final 

 

L’ORDRE DES FACTEURS





L’ORDRE DES FACTEURS


Dans une ville de deux millions d'âmes, le plus grand obstacle d'Étienne n'est pas le trafic parisien, mais la cloison qui le sépare de sa colocataire chaotique."


CADRE : Un appartement haussmannien dans le Marais, Paris. De nos jours.

PERSONNAGES :

  • ÉTIENNE (30 ans) : Ingénieur Civil. Sorti d’une grande école, il voit la vie comme une équation parfaite. Élégant, rigide, il cache une fascination pour le désordre qu'il s'interdit.
  • CAMILLE (30 ans) : Actrice. Elle vit d’auditions et d’espoir. Son chaos est une langue qu'Étienne refuse de parler. Elle est intuitive, vibrante et fatiguée d’être "juste une coloc".
  • MONSIEUR GIRARD : Le voisin du 4ème. Un Parisien de la vieille école, un peu coincé mais nostalgique de la liberté des autres.
  • MADAME LEFEBVRE : La voisine du dessous. Elle a un "radar" pour les crises de cœur et distribue des vérités avec une politesse déarmante.

SCÈNE 0 : LE PROLOGUE – L’ORDRE DES FACTEURS

(Un salon divisé par une ligne invisible. Côté ÉTIENNE : minimalisme clinique. Côté CAMILLE : un rack de costumes débordant et des scripts partout. ÉTIENNE se bat avec une cravate en soie devant le miroir. CAMILLE lèche une cuillère pleine de confiture de myrtilles.)

ÉTIENNE : (Sans la regarder) Camille, as-tu vu mes boutons de manchette en argent ? Ceux avec mes initiales. C’est mon premier rendez-vous avec la rousse que ma mère m’a présentée. Une fille du 16ème.

CAMILLE : (Léchant la cuillère) Troisième tiroir du buffet de ta tante… Une "Héritière de l’Avenue Foch", j'imagine ? Si c'est ta mère qui l'a choisie, elle doit avoir trois noms de famille et un appartement à Deauville. Tu vas t’ennuyer avant même le premier verre, Étienne. Cette femme n’a aucun sous-texte.

ÉTIENNE : (Ajustant son nœud) C’est la suite logique. La stabilité. Je ne peux pas passer ma vie en colocation avec une actrice qui répète du Racine à trois heures du matin. Désolé d'être brusque, mais c'est ainsi.

CAMILLE : (Elle se lève ; le mot "colocation" la blesse). Bien sûr. "Colocataires". Même pas un petit "coloc" affectueux… Juste deux personnes qui partagent un code postal. (Elle s'approche et ajuste sa cravate ; ses doigts tremblent). Tu es… parfait. Si parfait qu’on dirait une image de synthèse d'un immeuble où personne n'habite vraiment.

ÉTIENNE : (Il se fige. Son souffle se coupe). La perfection n'existe pas, Camille. Mais il faut de l'ordre. Les mathématiques ne mentent pas : l'ordre des facteurs altère ma paix.

CAMILLE : Je ne sais pas. Je te répondrai avec ces vers : "J'ai un je-ne-sais-quoi... après avoir vu un qu'en-dira-t-on, et ça m'a fait un tel machin, comme on dit, que je me suis bidule-chose."

ÉTIENNE : Je n'ai aucune idée de ce que ça veut dire. Tu m'expliqueras ça un autre jour… je suis pressé.

(On sonne. MADAME LEFEBVRE entre avec un bouquet de rue.)

LEFEBVRE : Eh bien, quel chic ! Je vous apporte de la Rue. C’est pour attirer l’amour ou chasser les mauvaises ondes. Mettez-en sous vos oreillers—chacun le sien.

ÉTIENNE : C’est juste un rendez-vous, Madame Lefebvre. Pour la stabilité.

LEFEBVRE : (Yeux sages) Vous savez, fiston… le destin à Paris, c’est comme l’humidité : ça trouve toujours la fissure. (Elle sort avec un clin d'œil).

ÉTIENNE : Souhaite-moi bonne chance, coloc. (Il sort).

CAMILLE : (Chuchotant) Bonne chance à la rousse… Mon Dieu, qu’est-ce qui ne va pas chez moi avec cet homme ?


SCÈNE 1 : LE JOURNAL DE BORD ET LA HOULE

(ÉTIENNE à son ordinateur. Respiration courte. Une boîte de mouchoirs au bord du bureau.)

ÉTIENNE : (Un murmure à l’écran) Presque… l'horizon s'éclaircit… entre dans le port…

(CAMILLE entre avec une seule chaussure. Elle remarque sa rigidité. Elle sort et rentre en faisant du bruit avec ses clés.)

CAMILLE : Tu as vu ma boussole ? J'ai l'impression que les courants de cet appart me font toujours percuter ton bureau.

ÉTIENNE : (Ferme brusquement l'ordinateur). J’étudiais les marées pour le projet du pont. Les mathématiques ne mentent pas : l'hydrodynamique est une affaire complexe.

CAMILLE : Tu as le front trempé. Y a eu une tempête sur ton moniteur ?

ÉTIENNE : Humidité corrosive. Les mouchoirs sont pour la brume. C’est de la prévention nautique.

CAMILLE : Fais attention à ne pas naviguer seul trop longtemps, Capitaine. Rentrer au port est plus doux quand quelqu'un t'attend sur le quai pour t'aider avec les amarres. (Elle sort).


SCÈNE 2 : LA CHALEUR DES DEUX COUVERTURES

(Nuit glaciale d'hiver parisien. Le radiateur claque. ÉTIENNE est torse nu ; CAMILLE porte une fine nuisette en soie.)

ÉTIENNE : Tu défies la biologie, Camille. Le parquet est gelé. Tu vas finir avec une fluxion de poitrine.

CAMILLE : (Derrière lui). Ma chambre est un igloo. Les draps sont froids comme de l'acier.

ÉTIENNE : (Il se tourne face à elle). Tu trembles.

CAMILLE : Je tremble de froid… ou de manque d'air. Ma couverture est un mensonge. Elle couvre, mais elle ne réchauffe pas.

ÉTIENNE : La mienne est structurelle.

CAMILLE : (Chuchote) Je pensais… qu’avec deux couvertures sur un seul lit… on pourrait tromper le gel. Deux corps sous les deux.

ÉTIENNE : (Se rendant). Logistiquement efficace. Mais seulement pour le froid, Camille. Pas de bêtises.

CAMILLE : (Souriante) Pas de bêtises, Étienne. Chaque chose à sa place. (Noir).


SCÈNE 3 : LA TABLE BANCALE

(ÉTIENNE sous la table basse en short, travaillant avec fureur.)

ÉTIENNE : Camille ! Passe-moi la pince multiprise. J’ai besoin de quelque chose qui tienne bon, quelque chose qui ne lâche jamais, quoi qu'il arrive.

CAMILLE : (Penchée). Tu as de la sciure sur la cuisse, Étienne. On dirait une marque.

ÉTIENNE : La marque n’a pas d’importance. C’est le bois qui cède. Donne-moi le tournevis cruciforme. Je dois serrer ça fort ; si je laisse du jeu, ça va continuer à tanguer.

CAMILLE : Parfois, trop serrer casse la fibre. On pourrait mettre un carton… quelque chose de plus souple.

ÉTIENNE : Je ne veux pas de pansements. Je veux que les choses restent à leur place, même si ça fait mal de les visser.

CAMILLE : (Chuchotant) Les tables ne savent pas qu'elles sont instables. Mais nous, si.


SCÈNE 4 : L’ARCHITECTURE DU DÉSIR

(ÉTIENNE est seul. Il nettoie le rack de CAMILLE. Il s'arrête devant une cotte de mailles médiévale et un harnais en cuir noir.)

ÉTIENNE : (Rrangeant des cintres) Désordre… pur désordre alternatif. Comment vit-elle parmi ces chiffons ? (Il touche la cotte de mailles ; cliquetis métallique). Acier tressé. Intéressant. (Il sort le harnais). Et ça ? Cuir noir… résistant. L’architecture de cet objet est fascinante. C’est fonctionnel.

(Il retire sa chemise. Il enfile le harnais et une casquette de cuir devant le miroir. Sa posture change en une autorité pure.)

ÉTIENNE : (Voix grave) "Citoyenne… je suis votre supérieur… vous devrez m'obéir. Comme si vous étiez mes… mes instincts de chien."

(GIRARD et LEFEBVRE observent par la porte. ÉTIENNE ne les voit pas. CAMILLE arrive et reste pétrifiée au fond.)

GIRARD : (Chuchotant) Un motard de l'enfer a forcé la porte du 4B.

CAMILLE : Eh bien… on dirait que c’est soirée cuir dans l’appartement.

ÉTIENNE : (Sursaute, tentant de cacher son torse). C’est… c’est un test de matériaux ! Je vérifiais la résistance face à la pression atmosphérique !

LEFEBVRE : (Riant) Fiston… ça vous donne un regard bien plus profond.

CAMILLE : (S'approchant). Ça a du style, Étienne. Beaucoup de structure.

ÉTIENNE : (Fuyant vers sa chambre, trébuchant). C'est fini ! Je ne vous permets pas de rire de mes recherches scientifiques ! Camille, y a un nœud de sécurité—aide-moi !


SCÈNE 5 : L’UNIFORME ET LE FAUX-SEMBLANT

(ÉTIENNE à son PC, tendu. CAMILLE entre habillée en gendarme pour un casting.)

CAMILLE : Citoyen ! Identifiez-vous. Zone de haute sécurité émotionnelle.

ÉTIENNE : (Sans regarder). Camille, arrête. Je n’ai pas le cœur à tes jeux d'actrice.

CAMILLE : (Tournant autour de lui). Je ne suis pas Camille. Je suis l'officier chargé de faire régner l'ordre. Tu trouves que j'impose le respect, Étienne ?

ÉTIENNE : (Déglutissant). Tu as l'air de quelqu'un qui n'accepte pas de "non".

CAMILLE : Si je t’arrêtais pour "omission d’affection"… tu te laisserais faire ?

(GIRARD entre. ÉTIENNE s'écarte brusquement).

ÉTIENNE : Va te changer. Mon rendez-vous arrive. Je n'ai pas le temps pour ça.

CAMILLE : L’ordre est une prison propre, Étienne. Mais quelqu’un doit bien finir par jeter la clé.


SCÈNE 6 : LA TÉLÉCOMMANDE ET LE CRABE ERMITE

(ÉTIENNE nettoie. CAMILLE mange une tartine à la confiture de myrtilles.)

ÉTIENNE : Ne laisse pas de miettes, Camille.

ÉTIENNE : (Touche la télécommande ; sa main reste collée). Tu as couvert la télécommande de confiture !

(La télé s'affole, les chaînes défilent.)

TV (VOIX) : "Le crabe ermite ne reste généralement pas longtemps dans sa vieille carapace..."

ÉTIENNE : La télé a une volonté propre ! Ce crabe est en train de me juger !

(LEFEBVRE entre).

LEFEBVRE : Il faut abandonner les vieilles carapaces quand on n'y tient plus. Parfois, c'est juste une question d'apprécier ce qu'on a sous les yeux. (Sort).


SCÈNE FINALE : L’INAUGURATION DU CHAOS

(Statique bleue sur la TV. ÉTIENNE tient la télécommande avec un chiffon. Il tremble.)

ÉTIENNE : (Voix tranchante) Tu ne peux pas simplement… tout déconfigurer ! Je ne peux même plus regarder les infos chez moi.

CAMILLE : (Se levant) Tu ne préférerais pas rester en silence avec moi, Étienne ?

ÉTIENNE : (Se tourne brusquement). Je n’aime pas quand tu me regardes comme ça—comme si tu savais quelque chose que j'ignore !

CAMILLE : Je sais exactement ce que tu sais aussi… Arrête de jouer la comédie avec moi.

ÉTIENNE : J’avais un plan, Camille. Une carte. Une vie logique… et tu n’étais pas sur cette carte.

CAMILLE : Et ton plan, il prévoyait de me réchauffer à trois heures du mat' ?

ÉTIENNE : (Criant) Je préfère les choses prévisibles à ce "je-ne-sais-quoi" qui me coupe le souffle quand je te vois !

(Un baiser explosif. Reddition totale d’Étienne. La télécommande tombe. Ils s'enlacent avec fureur.)

ÉTIENNE : (Chuchotant) Qu’est-ce qu’on vient de faire ?

CAMILLE : Je… je voulais juste que tu arrêtes de calculer.

ÉTIENNE : (Riant) Dieu ! C’était si facile ! Toute cette carapace brisée par un seul baiser !

(Rire bruyant, libérateur. Ils s'embrassent à nouveau. GIRARD et LEFEBVRE sourient à la porte).

ÉTIENNE : Fini la télé ! Balance la télécommande ! On va rentrer au port ensemble… Ta chambre ou la mienne ?

CAMILLE : La mienne. J’ai mis des draps propres.

ÉTIENNE : Il faudra vérifier ça par une inspection sur le terrain.

(Ils s’enlacent alors que la statique s’éteint, laissant seulement la lumière chaude de Paris sur eux.)

RIDEAU.