Frida, Remedios y el cocodrilo
De Benjamin Gavarre
FRIDA, REMEDIOS Y EL COCODRILO. © 2026 by BENJAMIN GAVARRE is licensed under CC BY-NC-ND 4.0
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🌀 NOTA INTRODUCTORIA (Para el Director y las Actrices)
Esta no es una obra histórica; es un laberinto mental de estética pop-surrealista. El tono debe oscilar entre el misticismo flotante de Remedios Varo y la comedia física absurda. Aunque el texto repite fragmentos debido a los bucles, la acción física nunca debe repetirse igual. En el primer bucle el movimiento es ágil e histérico; en el segundo, es pesado y torpe, como si las actrices tuvieran la ropa empapada en melaza.
La picardía no radica en la vulgaridad, sino en la soltura corporal: son tres mujeres geniales despojadas del pudor de los museos. El público debe sentir que está espiando una pijamada eterna de tres diosas atrapadas en el purgatorio del mercado del arte.
🦎 EL ALEBRIJE (Didascalia de utilería y espacio)
El alebrije en el suelo no es un adorno: es el tótem que ancla el tiempo. Es una iguana gigante con alas de mariposa monarca y patas de gallo, pintada en tonos rosa neón, fucsia y amarillo fosforescente. Debe estar partido exactamente a la mitad.
- La mitad delantera (cabeza y garras) descansa boca arriba, como un lagarto borracho.
- La mitad trasera (la cola espinada de madera tallada) debe ser lo suficientemente resistente y estilizada para que Frida la empuñe como si fuera una daga azteca o un consolador místico, según el nivel de tensión.
- Alrededor del juguete hay pedacería brillante que las actrices patearán o usarán de forma obsesiva a lo largo de la obra.
Acto I: El Hambre y la Rabia
(El interior denso de un departamento de los años cuarenta. Detrás del inmenso ventanal, la Ciudad de México llueve en estricto blanco y negro, vigilada por una arquera monumental de piedra que apunta su flecha al infinito. El ventanal divide el universo: afuera es gris y plano; adentro es un cuadro hiper-saturado de color, a excepción de Frida).
(En el suelo, el alebrije partido a la mitad brilla con su fucsia insultante. Folletos arrugados cubren el parquet. En la oscuridad, se escuchan las voces de las mujeres superponiéndose como un murmullo de fantasmas en un elevador).
REMEDIOS: ¿Oíste eso?
LEONORA: ¿El crujido?
FRIDA: Fue como si el mundo entero se partiera. O tal vez solo mi cabeza.
REMEDIOS: No fue el mundo. Fue solo un juguete. Un juguete con demasiada vida para este lugar.
LEONORA: Era tan vibrante.
(La luz sube sutilmente. Leonora está desplomada en un sillón burgués, con un cigarro apagado entre los labios. Remedios está de rodillas en el suelo, soplando el polvo de una de las alas del alebrije roto con una devoción casi sagrada. Frida está en un rincón, rígida como una estatua de cera sobre un banquito, vestida con un tehuana impecable pero en estricto blanco y negro, como si la hubieran recortado de un periódico viejo).
FRIDA: Vibrante. Como los sueños. Y los sueños siempre se rompen cuando intentas traerlos a la luz de la mañana.
REMEDIOS: (Pasa un dedo por el lomo fosforescente de la iguana y luego se lo lame con curiosidad). ¿Cuánto tiempo lleva lloviendo allá afuera?
LEONORA: Siempre ha llovido. O tal vez nunca ha llovido. El tiempo se detiene cuando estás a color.
REMEDIOS: (Se levanta arqueando la espalda de forma felina y se asoma al cristal). Esa estatua... es tan colosal. Parece que nos mira.
FRIDA: (Sin mover un solo músculo de la cara, solo los labios). No nos mira a nosotras. Mira a la nada. O a lo que solíamos ser.
LEONORA: (Se gira en el sillón de cabeza, dejando las piernas suspendidas sobre el respaldo, revelando unas medias victorianas desaliñadas). ¿Por qué estás en blanco y negro?
FRIDA: Soy un susurro. Una memoria sin voz.
REMEDIOS: (Camina de puntitas alrededor del alebrije, como si bailara ballet). Ella es tan pequeña. Tan confinada.
LEONORA: Estamos tan confinadas como ella. Solo que nuestros vestidos son más pesados. (Se deja caer al suelo del sillón con un quejido dramático y poco elegante, acomodándose las enaguas).
REMEDIOS: ¿Podemos recoger los pedazos?
FRIDA: No hay pegamento para el alma. Solo fragmentos quedan. Fragmentos del blanco y negro.
(El eco de la palabra "negro" se suspende en el aire. Silencio absoluto. Un relámpago mudo ilumina el ventanal y la silueta de la arquera colosal de piedra).
(De golpe, arranca un tocadiscos viejo con un danzón melancólico. El disco está rayado y la aguja se queda atrapada en el mismo compás de forma absurda: "Chachán... chachán... chachán...". El cuarto se tiñe de un tono sepia pesado y caliente).
(Leonora raspa un fósforo contra la madera del alebrije roto con un movimiento rápido y pícaro. La llama ilumina su rostro mientras le da un jalón profundo al cigarro. El tocadiscos se detiene con un chirrido agudo).
LEONORA: (Soplando un chorro de humo espeso directo a la cara de Remedios). Sueño con cocodrilos...
REMEDIOS: (Sin inmutarse, usa el humo flotante para trazar círculos imaginarios con el dedo). Los he visto. Son llamativos, están a la vista de todos... Y tú eres extranjera, ¿cierto?
LEONORA: (Le guiña un ojo a Remedios, rascándose la pantorrilla con descaro). Todas somos extranjeras. Incluso la morenita de la esquina.
FRIDA: (Suelta una risa seca, como de lija, sin moverse del banco). Sobrevalorada, ¿cierto? Si supieran cuánto pesa esta corona. Me volví una estampa.
LEONORA: (Se acerca a Frida a paso de cacería, examinándola como a un insecto). Es como de Alsacia, o Lorena... es tan vieja.
REMEDIOS: Todas somos como los reptiles, Leonora. Más que viejas, somos legendarias. Tú eras inglesa...
LEONORA: (Se estira como una yegua desperezándose). He sido tantas cosas... He tenido amantes... estoy loca. No, eso es decir demasiado. Tus imágenes son formidables, Remedios.
REMEDIOS: Todas estamos locas y todas nuestras imágenes son... inabarcables. Para eso están las imágenes, cuando no se puede encontrar la palabra precisa. (Le da una palmadita suave en la mejilla a Frida, como si fuera una muñeca de porcelana). Ella tenía una condición muy especial...
LEONORA: Querida, todas tenemos condiciones especiales. Yo no sé mucho de ti, Remedios... Extranjera también, ¿cierto?
REMEDIOS: (Se sienta con las piernas cruzadas estilo loto junto a la cabeza del alebrije). A estas alturas, todas somos mexicanas.
LEONORA: No sé, es cierto y es falso... Yo nunca habría estado con un gordo cara de sapo. Yo estuve con Max Ernst... se me mezclan los datos... soy como un espejismo. Soy una rareza. Después de estar en la crème de la crème, en lo mejor del surrealismo francés, fíjate, me vine a quedar en este país tan... pintoresco.
REMEDIOS: Lo adoras, admítelo. (Lanza un pedacito de madera del alebrije al escote de Leonora con picardía). Te casaste con un húngaro... o un polaco... o un fantasma con cámara fotográfica... qué sé yo... Ah, mira, en eso emparento con la que está en blanco y negro. Se parece a Betty Boop.
LEONORA: (Suelta una carcajada ruidosa y se saca el pedacito de madera del escote de un manotazo). ¡No seas grosera!... es un ícono de sí misma... tan difundida que ya nadie ve sus cuadros, ya los habían visto antes de verlos.
(Frida rompe su estatismo de forma violenta. Se desliza del banco con una agilidad felina y amenazante, cojeando pero con una fuerza imponente).
FRIDA: ¡A mi sapo me lo dejan en paz! Ustedes no entienden lo que es el hambre de un sapo de ese tamaño. ¡Te traga, te mastica viva y te escupe convertida en colores!
LEONORA: (Se levanta de un salto, desafiante, poniéndose ponzoñosa). ¡Un sapo monumental aplastando todo a su paso!
FRIDA: ¡Cabrona!
(Frida se agacha de golpe. En lugar de solo agarrar la madera, arrastra la mitad trasera del alebrije —la cola fosforescente con púas de madera— levantándola con ambas manos como si fuera un garrote ritual, y se abalanza sobre Leonora. Leonora grita y tropieza con el dobladillo de su propio vestido victoriano, cayendo de pompas sobre el sillón. Remedios se interpone metiendo las manos, pero Frida lanza un golpe lateral con la cola del alebrije, tirando los folletos al aire).
(Las tres caen al suelo en una maraña ridícula y caótica de faldas, piernas cruzadas, cabello suelto y encajes. Se escuchan quejidos, manotazos ciegos y risas ahogadas).
(Afuera, el claxon de un auto antiguo suelta un rugido metálico distorsionado, agudo y larguísimo que vibra en los asientos del público. Oscuro total).
BUCLE 1
(La luz vuelve con un parpadeo violento de foco viejo. El sonido de la lluvia es ensordecedor y brutal por tres segundos, como si les cayera encima, y luego se corta en seco hacia un silencio absoluto).
(LEONORA aparece de pie en el centro, con el vestido victoriano completamente desaliñado, un tirante caído y la mirada desorbitada, fumando un cigarro tras otro con movimientos robóticos y acelerados. REMEDIOS, sentada en el suelo con el suéter de lana al revés, traza círculos imaginarios con el dedo en la mesa tan rápido que parece que está puliendo madera. FRIDA está de regreso en su banquito, rígida en su estricto blanco y negro, pero ahora respira agitada, con el pecho subiendo y bajando).
REMEDIOS: (Mirando al techo con el cuello rígido, dejando salir un gemido agudo de tripa vacía). ¿No podemos comer algo en este limbo? Ostras… dedos de novia… qué sé yo.
LEONORA: (Le da un jalón frenético a su cigarro y le avienta la ceniza deliberadamente cerca del pie a Remedios). ¿Ostras? Estás en un departamento burgués flotando en la nada, Remedios. Qué tal si les preparo una lasaña.
REMEDIOS: (Golpea la mesa con la palma de la mano, frustrada). No bromeo, Leonora. Siento un vacío en el estómago. Y un frío espantoso. (Mete la mano a su bolsillo de forma torpe, saca tres galletas María arrugadas y se las avienta a Leonora a la cara con total desparpajo). ¡Ahora les comparto unas galletitas que guardé desde… desde no sé cuándo!
FRIDA: (Sin mover un solo músculo de su esquina, con una voz gélida que corta el aire). Guárdate tus migajas de asilada. Aquí no hay hambre, hay aburrimiento. Y ustedes dos me tienen harta con su aire de aristócratas caídas en desgracia.
LEONORA: (Suelta una carcajada sarcástica, se saca una migaja de galleta del cabello y la escupe). Ay, bajó la diosa azteca de su pedestal.
FRIDA: (Los puños de Frida se aprietan tanto que crujen las articulaciones. Su piel monocromática parece estirarse). A mí no me hables así, niña rica. Que yo sí me partí la madre en esta tierra. Ustedes vinieron a refugiarse. No dejas de ser una inglesa en el fondo. Al rato te sentirás la Virginia Woolf de Coyoacán, buscando un río con piedras en los bolsillos.
LEONORA: (Se levanta dando un pisotón dramático que hace saltar los folletos del suelo). ¡Tuvimos que hacerlo, Frida! Fue una odisea que no puedes ni imaginar. (Comienza a caminar en círculos alrededor de la mesa, gesticulando exageradamente con el cigarro encendido). Yo sería tan famosa como tú si no hubiera tenido que venir acá, huyendo de las bombas, perdiéndolo todo. Max y André se quedaron varados en Marsella, ¡y yo acabé perdida en Lisboa! (Se detiene frente a Frida, inclinándose hacia ella, invadiendo su espacio personal de forma pícara y amenazante). Persiguiendo un pasaporte falso con el aliento de los nazis en la nuca y un diplomático mexicano bajo el brazo... a ver si así dejas de mirarnos desde arriba.
FRIDA: (Se baja del banco de un salto limpio, cayendo con todo el peso sobre su pierna buena, quedando a milímetros de la nariz de Leonora). No me vengas con tus cuentos de espías europeos. El verdadero arte se hace con sangre propia, no corriendo de la ajena. Y a mí no me van a venir a ningunear en mi propio país. Especialmente cuando tienen la osadía de hablar mal de Diego.
LEONORA: (Le suelta una carcajada estridente e insolente directo en la cara). ¡Diego! Por favor. Un sapo monumental pintando monotes comunistas para el gobierno.
FRIDA: (Empuja a Leonora del pecho con ambas manos). ¡A mi gordo no me lo traten mal! Escúchame bien, inglesita de internado. Él es más grande que ustedes dos juntas. Él es la historia de este país.
LEONORA: (Se acomoda el vestido con un desprecio aristocrático absoluto). Ah, pues eso nos queda claro. Especialmente cuando pesaba trescientas libras y aplastaba todo a su paso. (Mira a Frida de arriba abajo con malicia). Incluyéndote.
FRIDA: (Suelta un grito primitivo, casi un rugido). ¡Cabrona!
(Frida se agacha con una velocidad que desafía su cojera. Agarra la mitad delantera del alebrije —la cabeza de la iguana neón— y se la lanza a Leonora a los pies como si fuera una bola de boliche. Leonora la esquiva dando un salto ridículo de gacela asustada).
(Frida aprovecha el tropiezo, empuña la cola espinada de madera y arremete contra ella. Remedios se mete en medio gateando con urgencia para salvar sus galletas del suelo, y el manotazo ciego de Frida impacta de lleno en su trasero o su cadera con un golpe seco. ¡Pum! Remedios suelta un grito escandaloso).
(Leonora, enfurecida por el ataque a su amiga, taclea a Frida por el cuello del vestido. Las tres actrices se trenzan en una coreografía de lucha libre surrealista y torpe: ruedan por el suelo del parquet entre los folletos, se jalan las trenzas, se enredan en las enaguas de colores neón y el vestido victoriano, chocando violentamente contra la quietud en blanco y negro de Frida).
(Desde la calle, el claxon de un coche viejo suelta un pitido larguísimo, agudo y completamente distorsionado, como una cinta de audio que se derrite en una fogata. Oscuro total de golpe).
ESCENA INTERCALADA 1
(La luz sube lentamente a una atmósfera de cantina surrealista. Leonora está sentada en el suelo, recargada contra el sillón, haciendo girar perezosamente el hielo de su vaso de whisky con el dedo índice. Remedios está bocarriba sobre la mesa, con una pierna colgando y exhalando el humo de su cigarro hacia el techo, exhausta. Frida ha vuelto a su banquito, inmóvil en su blanco y negro, pero con el peinado de trenzas completamente chueco).
LEONORA: (Haciendo chocar el hielo). ¿Oíste eso? Fue como si el mundo entero se partiera. O tal vez solo mi cabeza. Otra vez.
REMEDIOS: (Sopla un aro de humo hacia una lámpara). No fue el mundo, querida. Fue solo esa... lagartija mágica. Un juguete con demasiada vida para este lugar. Tan vibrante. Como los sueños que se rompen al chocar con el asfalto.
LEONORA: (Se pasa el vaso helado por el escote y el cuello para refrescarse, soltando un suspiro pícaro). ¿Cuánto tiempo lleva lloviendo allá afuera? Esa gigantesca mujer de piedra con su arco es colosal... parece que nos mira. Si nos viera directo a los ojos, quedarían solo plumas, escamas y vasos sanguíneos. Y nosotras aquí, sentadas como momias de Guanajuato. Yo, que he sido tantas cosas... princesa celta, yegua salvaje... Me dicen que estuve loca, pero eso es decir demasiado. Mis imágenes, las nuestras, simplemente son inabarcables.
REMEDIOS: (Se sienta de golpe en la mesa, sacudiéndose las enaguas con gracia). Todas estamos un poco rotas, Leonora. Yo no nací aquí, ya lo sabes. Cuando llegué a este país tan pintoresco ya era una mujer adulta. Venía huyendo de las bombas, cruzando el océano con el corazón en un hilo tras escapar de la guerra en Europa. De codearme con la crema y nata del surrealismo en los cafés de París, terminé vendiendo dibujitos. Y míranos, de exiliadas a legendarias. A estas alturas, todas somos mexicanas.
LEONORA: (Le da un trago largo a su whisky, haciendo una mueca de satisfacción). Lo somos. Aunque me sigue agobiando el ruido. Y no me hagas hablar de los "monotes"... esos muralistas gigantes que acaparan las paredes con sus discursos pesados.
REMEDIOS: (Se desliza de la mesa con un salto juguetón y le da un trago directo a la botella de Leonora). Ay, los monotes... Y los francesitos. Ese tal André que vino a decir que México era surrealista por naturaleza. ¡Eran tan alzados, tan engreídos! Pontificando sobre el inconsciente desde sus escritorios, mientras nosotras pintábamos desde las tripas. El surrealismo es un vaso comunicante, sí, pero nosotras somos la prueba viviente de que se cocina mejor a fuego lento, en el exilio.
LEONORA: (Apunta descaradamente con el dedo del pie hacia la esquina de Frida). Y luego está ella... la que está en blanco y negro.
(Frida, inmóvil en su banco, aprieta sutilmente los puños y levanta un solo dedo de la mano en una señal inequívoca de sutil mentada de madre. Solo el público lo nota).
REMEDIOS: (Le da un manotazo juguetón a Leonora para que baje el pie). No seas grosera. Es un ícono. Tan difundida que ya nadie ve sus cuadros; la gente jura que los ha visto antes de verlos.
LEONORA: (Se arrastra por el suelo hasta quedar a los pies de Frida, mirándola hacia arriba con admiración y burla). Es que... yo nunca habría estado con un gordo cara de sapo. Yo estuve con un Max... Max Ernst, y hasta por él perdí la razón y acabé en un asilo en Santander. Pero ella... convertida en tazas, calcetines, billetes y bolsos de mano. La soberana del sufrimiento sobreexpuesto.
(Frida rompe repentinamente su postura de estatua. Agarra la cabeza neón del alebrije del suelo y hace el ademán dramático de arrojársela a Leonora a la cabeza. Leonora ni se inmuta, solo le sonríe levantando las cejas. Frida suspira con un hastío divertidísimo y abraza la cabeza del alebrije como si fuera un peluche).
FRIDA: (Con voz ronca, arrastrando las palabras con una sensualidad cansada). Tírenme otra pedrada y les rompo la botella de whisky en la cabeza a las dos. ¿Se creen muy listas? Si supieran las náuseas que me da verme estampada en camisetas de gringas en Coyoacán, se ahogarían de risa. Yo no pedí ser un circo. Pintaba mi realidad porque era lo único que conocía bien: el encierro, el corsé, los clavos.
REMEDIOS: (Le guiña un ojo a Frida y levanta su taza de té a modo de brindis, dándole un codazo a Leonora). Lo sabemos. Perdona a Leonora, a veces se le sale el cocodrilo que lleva dentro. En el fondo, le da envidia no salir en los billetes de quinientos pesos.
LEONORA: (Suelta una carcajada enorme y le avienta un folleto arrugado a Remedios). ¡Jamás! Mis cocodrilos flotan en barcos, no caben en las carteras de los banqueros. Pero tienes razón, Frida... Tú no tienes la culpa de tu buena fama. Le habrías tirado con una resortera a toda esa multitud que hoy hace fila para entrar a tu museo.
FRIDA: (Se baja del banquito cojeando ostensiblemente, se acerca a Leonora, le quita el vaso de whisky de la mano, le da un trago generoso y se limpia la boca con la manga, imitando la flema de Leonora y luego rompe con el “de plomazos” super mexicano). Les “habría dado” de plomazos, qué. (Camina hacia la gran ventana). Esa mujer inmensa del arco nos observa. Y miren... ahí abajo los coches avanzan lentos, como escarabajos de metal en su propio desfile fúnebre.
REMEDIOS: (Se coloca detrás de Frida, apoyando la barbilla en su hombro con timidez afectuosa). ¿Vienen por nosotras? ¿O es mi subconsciente platicando con el de ustedes?
LEONORA: (Se levanta del suelo balanceándose un poco, se une a ellas y les pasa los brazos por la cintura a ambas). Ojalá no sea tu marido cara de sapo. Si es así, prefiero volverme polvo de estrellas ahora mismo. A la una...
REMEDIOS: Colores de nuestras paletas hermanas... a las dos...
FRIDA: (Le da un pellizco juguetón en la cintura a Leonora, haciéndola saltar, y sonríe con una complicidad tremenda). Y a las tres, cabronas.
(Telón Rápido. Oscuro total, salvo por un tenue brillo de polvo fosforescente cayendo desde el techo sobre los restos neón del alebrije en el proscenio).
BUCLE 2: El Eco del Asfalto
(La luz vuelve de golpe con un zumbido eléctrico molesto. Un relámpago mudo ilumina a la arquera de piedra a través del cristal. Todo está exactamente igual que al principio: el alebrije destrozado, Leonora en el suelo, Remedios con su té y Frida en el banco. Pero esta vez, las actrices se mueven como si les pesara el cuerpo el doble).
REMEDIOS: (Mira al techo con el cuello laxo, soltando la línea con un hilo de voz y un ligero temblor, sobándose la mejilla derecha de forma inconsciente, como si le doliera un golpe fantasma de la escena anterior). ¿No podemos comer algo en este limbo? Ostras… dedos de novia… (Se detiene en seco, confundida).
LEONORA: (Mira su cigarro apagado con profundo asco y extrañeza). Puedo preparar un delicioso Roast Beef, me sale tan bien como la lasaña... Aunque... (Se toca los labios, pasándose la lengua). Siento que ya dije esto. O dije pizza. Tengo el sabor a sangre en la boca.
FRIDA: (Se mira las manos fijamente en blanco y negro, tratando de frotárselas como si quisiera quitarse la monocromía. Endurece el gesto). Guárdate tus migajas. (Se detiene, baja los hombros con un suspiro de hastío total). No. Más se me antoja un mezcalito, qué no… algo bebible y fumable, pero no tus cigarros pedorros, algo que me eleve… Uf… Siento que llevamos siglos en este cuarto.
REMEDIOS: (Mete la mano al bolsillo arrastrando los dedos. Saca unas galletas, pero al abrirlos, deja caer una lluvia de polvo sobre sus propias piernas; están completamente pulverizadas). Están rotas. Todo aquí está roto. Como en Europa. Cuando aquel diplomático nos consiguió esos papeles falsos en Lisboa... Yo temblaba tanto que rompí mi propia fotografía. Creí que me asfixiaba. Y míranos, cruzamos el océano para terminar encerradas en una cámara de interrogación.
LEONORA: (Se estira en el suelo de lado, apoyando la cabeza en su mano con una pose pícaramente trágica). Es más como una celda. Es un psiquiátrico. Como el de Santander. Me ataron a la cama con correas de cuero, ¿sabes? (Hace el gesto de sacudirse el cuerpo). Me daban Cardiazol para inducirme convulsiones. Me decían que mi mente era un pantano. Y ahora estamos aquí, repitiendo palabras, esperando que la gigante de piedra que está ahí afuera dispare su maldita flecha.
FRIDA: (Se desliza del banco muy despacio, arrastrando los pies y cojeando de forma evidente, sin nada de la agresión del primer acto). Es Artemisa. La Diana grandota, más grandota que la de la avenida. Es una guerrera, como yo… como nosotras… Es de piedra. Pero nunca, nunca dispara. La original no tiene flecha, sabían, solo arco. Nunca, nunca dispara…
LEONORA: (Patea un folleto con desgano hacia el techo). Igual que tu Diego. Mucha revolución en los muros, pero al final...
FRIDA: (Alza una sola mano, firme, cortando el aire). No lo menciones. Esta vez no. Si lo mencionas, Voy a matarte. O eso querría. Y estoy muy cansada para pelear en el suelo otra vez. Ya me duelen demasiado los huesos.
REMEDIOS: (Se sienta en el piso y se agacha con lentitud junto a los restos del alebrije, acariciando la madera). Peleamos, ¿verdad? En un tiempo que ya no está. Te iba a ofrecer estas galletas y tú... tú tomaste este pedazo de madera.
(Remedios levanta la cola espinada de la iguana neón con ambas manos y se la ofrece a Frida de manera solemne, casi como si le entregara una corona o un cetro místico. Frida la toma despacio, sopesándola. El blanco y negro de su mano contrasta brutalmente con los colores fucsia y amarillo fosforescente de la madera).
FRIDA: (Acaricia una de las púas de madera). Estaba furiosa. Siempre estoy furiosa. O adolorida. Es lo que esperan de mí, ¿no? La lisiada rabiosa y apasionada. Adolorida siempre. La que vomita flores y sangre y mota para que los intelectuales aplaudan. (Suelta el pedazo de alebrije desganada; este choca contra el parquet con un eco metálico y seco). Ya no quiero defender a nadie. Ni a mi gordo, ni a mi país, ni a mis cuadros.
LEONORA: (Estira el brazo hacia la mesa, agarra la botella de whisky sin levantarse del suelo y se sirve directamente en el vaso, haciendo resonar el líquido). Eso es lo más sensato que has dicho en cien años, Frida. Las tres fuimos devoradas. A mí me tragó el mito de la musa loca. A ti el del martirio. Y a ti, Remedios... (Le lanza una mirada cómplice) ...a ti te tragó la perfección de tu propia técnica. Fuiste tan meticulosa que te volviste invisible tras tus cuadros.
REMEDIOS: (Se acuesta bocarriba en el suelo, estirando los brazos como si fuera una de sus propias figuras flotantes). Fui una exiliada. El exilio te vuelve transparente. Yo no quería hacer ruido, Leonora. Quería entender el engranaje del universo. Quería saber cómo un gato se conecta con una estrella a través de un hilo de luz. Y terminé... ilustrando las paredes de este limbo.
FRIDA: (Camina pesadamente hacia el gran ventanal, apoyando la frente de golpe contra el cristal frío, dejando una marca de vaho). ¿Ustedes creen que allá afuera hay alguien viéndonos? Alguien en una butaca oscura, repitiendo esta obra una y otra vez.
LEONORA: (Le da un trago largo a su vaso, mirando fijamente hacia el público con los ojos entrecerrados). Si hay alguien ahí fuera... le diría que apague la luz. Ya dimos suficiente espectáculo.
(Desde la calle, el claxon distante de los coches viejos resuena de nuevo abajo en la avenida, como un eco cíclico que se acerca. Los cristales vibran levemente. Por el ventanal, las gotas de lluvia comienzan a deslizarse de abajo hacia arriba de forma mágica).
REMEDIOS: (Levanta un dedo, siguiendo el ritmo del claxon). Ahí viene el sonido. Otra vez. La misma canción.
FRIDA: (Se voltea hacia ellas desde el vidrio, regalándoles una sonrisa resignada, cansada pero sumamente tierna). Abróchense los cinturones, aristócratas. Nos vemos en el próximo round.
(Oscuro total inmediato. Un segundo después, en la negrura absoluta, se escucha el chasquido seco, íntimo y rotundo del encendedor de Leonora).
ESCENA INTERCALADA 2
(La luz sube con una tonalidad cálida de cantina al final de la noche. Leonora está desparramada en el sillón con los pies descalzos sobre la mesa, agitando su vaso de whisky. Remedios está sentada en el suelo, recargada de espaldas contra las piernas de Leonora, sosteniendo su taza de té fría).
(Frida está de pie en su rincón, en estricto blanco y negro, pero ahora está cruzada de brazos, recargando descaradamente la cadera contra la pared con una actitud retadora).
REMEDIOS: (Exhala un suspiro profundo, mirando el techo). Todo es tan frágil, ¿verdad?… ¿Verdad? Todo, tan frágil.
LEONORA: (Suelta una risita, dándole un empujoncito con el pie a Remedios). ¿Verdad?… ¿Verdad? Haces que me acuerde del niño terrible ese. El de la Zona Rosa. El que se sentía la gran apuesta de la ruptura.
FRIDA: (Sin moverse, pero arrastrando las palabras con desprecio). José Luis. El de las ínfulas de gigante. Dibujando la sinrazón desde su soberbia, todo el día con su insoportable muletilla, “¿verdad?” Y al final, “verdad” ¿quién tuvo más altura? ¿Él, o sus monstruos?
LEONORA: (Le avienta un hielo de su vaso a Frida con puntería de tiro al blanco). Tienes toda la razón, Fridita, atrápame éste.
FRIDA: (Se desprende de la pared con un paso fiero y cojea con orgullo hacia ellas). ¿Quieren jugar? Pero se aguantan. A ver mis duendes victorianos. Yo no les voy a aventar hielitos. A ver, atrápenme esto… (Patea la cabeza de la iguana neón del suelo, haciéndola rodar).
REMEDIOS: (Deja la taza de té con un golpe seco en el parquet y se levanta). No, Frida, No patees tu propia historia. Y tú, Leonora... no te pongas a las patadas con Sansón.
FRIDA: (Se lleva las manos a las caderas, retadora). ¡Ah! ¿Sansón? Pues así como estoy toda jodida les parto su madre, ustedes sabrán, turistas de la Roma.
REMEDIOS: (Se sacude las enaguas de forma flotante e indignada). Yo no fui una "turista". Remedios Varo, mira que eras una gran pintora, me decían, pero no todos te conocen... Claro, porque no andaba exhibiendo mis cirugías. Yo era como una aparición de luz trabajando para los humanos, mucho antes de que existieran los hologramas. Ilustrando folletos para ganarme el pan. Una imagen virtual atrapada en un abrigo.
FRIDA: (Suelta una carcajada ronca, camina hacia Remedios y le da un empujoncito pícaro con el hombro). Uy, sí. El misterio andante. Que si hacías brujería en la cocina, que si le rezabas a los gatos, que si eras puro humo. Al final te moriste joven y amargada. No como la señora inglesa aquí presente… (Apunta a Leonora con el dedo del pie). Que a los cien años seguía haciendo esculturas.
LEONORA: (Le da un trago a su whisky y le muestra la lengua a Frida). Eso no tiene importancia. Cien años, doscientos. Una nunca muere, al menos no nosotras. La memoria persiste. O se sobreexpone, ¿no, Frida? Eres toda una franquicia.
FRIDA: (Hace una mueca de auténtica náusea física, metiéndose el dedo a la boca como si fuera a vomitar). Qué te parece mi reina… ¿No te doy envidia? Doscientas cincuenta mil obritas de teatro. Trescientas películas donde lloro a gritos. Yo me vestí de hombre para que no me tragaran viva, me colgué collares para parecer de piedra, como la Coatlicue... Mis ancestros son de Hungría, pero me hicieron estampita mexicana. Todo un souvenir para los ches gringos, eso soy ahora.
REMEDIOS: (Se acerca a Frida y le da palmaditas consoladoras en la espalda, mientras sonríe con malicia). Yo… a mí… también he tenido alguna difusión, importante… una de mis obras alcanzó en la subasta de Nueva York una cifra que...
LEONORA: (Interrumpe a Remedios haciéndole una señal de "blabla" con la mano). Bitch, please. A nadie le importa la caja registradora de los muertos. Si hablamos de grandeza terrenal, piensen en aquel oaxaqueño. El de los murciélagos y los chapulines.
FRIDA: Toledo.
LEONORA: Ese. Con su vocación de no destacar, de parecer pobre andando en huaraches por la calle. Pero sus raíces telúricas atravesaban la tierra hasta el núcleo. Pura magia y sufrimiento sin andar presumiendo. O aquel otro, Rufino, con sus sandías y sus perros aullando a la luna de sangre. El dolor no siempre tiene que estar en un corsé de yeso, Frida. A veces está en las encías de un lobo.
REMEDIOS: (Suavizando el tono, se sienta en el borde de la mesa cruzando los tobillos con coquetería). O en un caballito de circo. Como los de la pobre María Izquierdo. A ella sí le cerraron las puertas, la asfixiaron para que los "monotes" de los muralistas no tuvieran competencia. ¿Qué le quedó? El silencio y su pintura. O Juan Soriano... persiguiendo lunas y pájaros como un niño perpetuo.
FRIDA: (Se mira el cuerpo en blanco y negro, luego mira los coloridos vestidos de sus compañeras. Suaviza la mirada). Puros fenómenos. Todos nosotros. Unos dibujando la sinrazón para sentirse grandes, otros volando papalotes para no olvidar a los desaparecidos. Y nosotras tres, aquí. Dos extranjeras que pintaban laberintos del subconsciente y una lisiada con complejo de pirámide.
LEONORA: (Se levanta y alza su vaso, chocándolo contra la botella de Remedios). A la salud de los fenómenos. Que vengan los coches viejos o las carrozas fúnebres. Al final, los cuadros nos sobrevivieron a todas.
REMEDIOS: (Se agacha con agilidad, recoge el pedazo brillante de la cola del alebrije y lo alza como si fuera un trofeo). Y las chaneques también.
(Frida ríe, una risa ronca, libre y expansiva. La luz de la habitación comienza a cambiar radicalmente, tiñéndose del color de una mandarina madura, cálida, jugosa y profundamente surreal).
BUCLE 3: El polvo de estrellas
(La luz vuelve con un estallido sutil. Un relámpago mudo. El alebrije está destrozado en el suelo. La lluvia cae normalmente afuera, pero adentro el ambiente se siente distinto. Ya no hay tensión asesina ni pesadez; hay un hartazgo lúcido, divertido y libre. Las tres actrices están de pie, juntas, mirando hacia el público).
REMEDIOS: (Mira al techo, recitando la línea con flojera, arrastrando las palabras como si leyera un guion aburrido). ¿No podemos comer algo en este limbo...?
LEONORA: (Deja el vaso de whisky sobre la mesa con un golpe seco, tajante). Basta. No voy a ofrecerte ostras, ni lasaña, ni pizza. Me niego a repetir este libreto una vez más.
FRIDA: (Da un paso al frente de su banquito, estirando los brazos). Y yo ya me cansé de estar furiosa. Ya me aburrió estar en blanco y negro.
REMEDIOS: (Camina con decisión hacia el ventanal, apoyando ambas palmas de las manos en el cristal). El ciclo se está rompiendo. Miren afuera. La mujer monumental ya nos volteó a ver. Me estremece.
LEONORA: (Se coloca a su lado). A mí me parece colosal. Si nos viera directo a los ojos quedarían solo plumas, escamas y vasos sanguíneos. Los autos en blanco y negro allá abajo... es como si nuestra psique estuviera metida en ese tráfico.
FRIDA: (Se mete en medio de las dos, abrazándolas por los hombros frente al gran ventanal). Claro. Metidas en esos autos están platicando mi inconsciente con el tuyo. Y si allá afuera está todo eso... ¿nosotras aquí adentro qué somos? ¿La conciencia?
LEONORA: No, para nada. Somos el subconsciente comentando la otra mitad del universo. La otra mitad, la de allá afuera, es gris.
REMEDIOS: (Apoya la cabeza en el hombro de Frida). Mhhh. Yo sueño a color.
LEONORA: Seguro. ¿Y tú crees que yo no? Yo vivo en la ensoñación. Mis ensoñaciones siempre son a color, ¿no te dije que estoy loca? Imaginemos nuestras verdaderas historias, antes de que vengan a cobrarnos la fama. Yo sería una princesa sumeria...
REMEDIOS: Y tú... una bizantina rubia. Y ella... (Mira a Frida de reojo con admiración) ...como un tótem, cierto, como Coatlicue, pero delgadita, o bien una princesa inca...
LEONORA: ¿Para qué te vas tan al sur? Déjala que sea la sacerdotisa de Huitzilopochtli. Mmm, no sé... mejor reina, soberana. Así como se ha vuelto la más icónica de todas... que ya está hasta en los billetes.
REMEDIOS: (Suelta un bufido cómico). Sí, igual que la monja... A nosotras pues no. No somos íconos mexicanos. Eso de ser güeritas, supongo.
(El tocadiscos de la esquina arranca solo con un rechinido. Empieza el danzón melancólico del primer acto, pero a los tres segundos la música se ralentiza drásticamente: "Chachááán... chachááán...". El sonido se distorsiona de forma grave hasta convertirse en un bucle electrónico, industrial, sordo y violento. Suena exactamente como el golpe rítmico, ensordecedor y mecánico de una bola de demolición contra las paredes del edificio. El suelo del escenario vibra físicamente. Cae una lluvia de polvo blanco desde el techo).
LEONORA: (Mira hacia arriba, abrazando su vaso para que no tiemble). Ya llegaron por nosotras.
REMEDIOS: (Se sacude el polvo del cabello). ¿Es el juicio final o son los del patronato del museo?
FRIDA: (Escupe al suelo con rabia cómica). Son los curadores. Vienen a tirar la pared para hacer espacio para la pinche tienda de regalos.
LEONORA: ¡Qué vulgaridad! Van a vender tazas con la cara de mis duendes.
REMEDIOS: Y paraguas con mis lechuzas. (Un golpe industrial más fuerte sacude el ventanal. Cae más polvo). Se nos acaba el tiempo, aristócratas. Miren abajo... ese coche viejo se detuvo. Mientras no sea su esposo cara de sapo...
LEONORA: Peor. Es el curador en jefe. Vienen a llevarnos a la retrospectiva.
FRIDA: (Con los ojos fijos en el público). Quieren que lloremos para la foto de la entrada.
REMEDIOS: Ah, en un coche viejo de museo. No hay otro tipo de transporte para nosotras. ¿No tendrían una carroza, una lancha cocodrilo, un duende volador?
LEONORA: (El ruido de la demolición es ensordecedor. Agarra a Remedios y a Frida de las manos). ¡Ya sé cómo escapar de sus vitrinas! Volvámonos polvo de estrellas. Claro, eso me gusta... a la una... a las dos... Oye, ¿y ella? (Señala a Frida).
REMEDIOS: No sé, ya subirán por ella, eso te lo aseguro. Está harta de firmar autógrafos y su casa ya es un mercado donde no la dejan dormir. Pero mejor a lo nuestro: polvo de estrellas, colores de nuestras paletas hermanas...
(Frida se zafa sutilmente, se da la vuelta dándole la espalda al ventanal y mira de frente a Leonora y a Remedios. De pronto, ocurre la magia visual: el blanco y negro de la piel y el vestido de Frida comienza a "encenderse", absorbiendo los colores vibrantes del entorno. El escenario entero se inunda de esa luz intensa, color mandarina, cálida, eléctrica y absoluta, ganándole por completo la batalla a la iluminación gris).
FRIDA: (Con una sonrisa enorme, libre, pícara y monumental). A mí nadie me regresa a una puta postal.
(Frida extiende los brazos con fuerza, toma la mano de Remedios y el hombro de Leonora. Las tres sonríen cómplices, inmensas, unidas en un solo bloque de color, mientras el estruendo de la demolición está a punto de quebrar los cristales).
FRIDA: Y a las tres, cabronas.
(El claxon del auto abajo suena enloquecido, fusionándose con el colapso industrial. Un estallido de luces y música surrealista inunda la sala. Oscuro fulminante. Silencio absoluto de golpe).
(Solo queda un seguidor de luz tenue sobre el proscenio, revelando el polvo brillante y fosforescente que flota en el aire y cae lentamente sobre los restos neón de la iguana alada).
TELÓN FINAL.
DOSSIER DE PRESENTACIÓN: FRIDA, REMEDIOS Y EL COCODRILO
De Benjamin Gavarre
📋 SINOPSIS CONCEPTUAL
En el interior denso de un departamento de la Ciudad de México de los años cuarenta, el tiempo se ha roto. Atrapadas en un limbo surrealista y cíclico, Frida Kahlo, Remedios Varo y Leonora Carrington se encuentran confinadas bajo la mirada de una deidad arquera monumental de piedra. Afuera, la ciudad llueve en un estricto blanco y negro; adentro, el espacio se satura de colores fosforescentes disparados por los restos destrozados de un alebrije totémico que funciona como el ancla de su condena.
A través de tres bucles temporales que se deforman progresivamente, las tres icónicas creadoras se enfrentan en un hilarante, pícaro e irreverente ping-pong de reproches históricos, borracheras compartidas y verdades desnudas. Desde el mito del martirio y la sombra aplastante de los "monotes" del muralismo, hasta la comercialización salvaje de sus memorias en camisetas, tazas y exposiciones inmersivas actuales, la obra abandona la solemnidad de los museos para transformarse en una comedia física del absurdo. Al final, ante la amenaza de la demolición de su intimidad a manos de los curadores del mercado del arte, las tres pintoras decidirán fusionar sus paletas para escapar del cautiverio de las postales de souvenir y reclamar su derecho a ser, eternamente, un bloque de indomables fenómenos.
🎨 NOTAS PARA EL MONTAJE Y DIRECCIÓN
- Estructura Metateatral: La obra avanza mediante bucles. Aunque el texto repite fragmentos, la coreografía y la energía de los cuerpos evoluciona drásticamente en cada repetición: desde la histeria física y el combate del primer acto, pasando por el letargo y la resaca lúcida del segundo, hasta la complicidad absoluta y el humor negro del desenlace.
- El Truco Cromático: Frida habita el espacio en un estricto e inmutable blanco y negro (tanto en su piel como en su vestuario). Leonora y Remedios desbordan color. Al final, en un estallido visual y de iluminación, Frida absorbe la calidez mandarina del entorno, rompiendo su propia monocromía para el clímax.
- El Disparador Físico: El alebrije (una iguana neón con alas) partido a la mitad en el proscenio funciona como el juguete místico que detona y reinicia las repeticiones del tiempo cada vez que es agredido o pateado. El humor físico de las actrices en torno a esta pieza de utilería es el motor dinámico de la puesta en escena.
FRIDA, REMEDIOS Y EL COCODRILO. © 2026 by BENJAMIN GAVARRE is licensed under CC BY-NC-ND 4.0
